Advertisement
Inicio arrow Crónicas de la Forja arrow Nº 7 - Naves cruzando el desierto arrow En el museo de los sueños verdaderos, por Néstor Darío Figueiras (cuento)
viernes, 03 de septiembre de 2010
 
 
Menu principal
Inicio
La Forja
Los Forjadores
Crónicas de la Forja
Noticias
Reseñas
Artículos
Tira cómica
Buscar
Libro de visitas
Ingresar





¿Recuperar clave?
¿Quiere registrarse? Regístrese aquí
Más populares
Licencia
Creative Commons License
El portal de Los Forjadores utiliza una licencia Creative Commons para su contenido. Haz click en el enlace para saber que puedes y que no puedes hacer con el mismo.

Estadísticas
691,399Visitors:
62Visitors today:
661Visitors yesterday:
2,582,606Page views:
238Page views today:
2,244Page views yesterday:
 
2006-10-05Statistics started:
En el museo de los sueños verdaderos, por Néstor Darío Figueiras (cuento) Imprimir E-Mail

Cuento escrito por Néstor Darío Figueiras

¿Cuánto vale la vida de un hombre en este mundo desértico? Para las Cactáceas y sus sacerdotes, los Hombres-Raíces, la medida de ese valor está dada por la cantidad de información que pueda contener su carne. Por eso, un Perito de la Bitácora no tiene derecho a amar.

I

En el museo de los sueños verdaderos, por Ramón SiverioEl joven Danza-sobre-un-Volcán despertó en la oscuridad de su tienda. Ansioso, se incorporó y abrió el cierre a cremallera. Asomó la cabeza. El viento frío del alba le cortó la cara. Se cubrió con su manta y salió. Rodeó el grupo de tiendas remendadas y comprobó que ninguna nave se había estrellado en las inmediaciones. Más tarde, la partida matutina saldría a explorar el desierto profundo. Sabía que si no se hallaba ningún vestigio ésa sería una mañana como todas.
 
Colocó un dedo índice a dos o tres centímetros de sus labios y recitó:
 
—El cielo del amanecer resplandece como una fragua.
 
Miró las plantas cactáceas de varios metros de altura que se recortaban contra el Sol. Continuó:
 
—Las Inmortales se yerguen altivas. “Un gesto de intolerable arrogancia para las nubes descarriadas que vagan sobre el arenal”, dicen los más viejos del clan. Ellos afirman que su carnoso y erecto verdor proclama que no necesitan su agua. Hoy, como todas las mañanas, el Sol intentará quemarlas. A ellas y a los Hombres-Raíces, sus furtivos sacerdotes. Pero sabemos que nunca lo conseguirá. Las Perpetuas se alzan desde tiempos inmemoriales, apuntando el desdén de sus agujas en todas las direcciones. Los más jóvenes creemos que no sólo desafían al firmamento sino que también rezan a algún dios privado, que ruegan que sea abatida alguna de las naves que siguen desfilando a velocidad de crucero día tras día, moviéndose como cachalotes torpes a través de un océano de fuego. Las únicas diferencias notables de esta mañana: las naves se desplazan más lentamente que de costumbre y su número parece haber decrecido.
 
Corrió a despertar a Pez-en-un-Cuenco, su Padre en la Profecía, quien yacía en el rincón más oscuro de la tienda. Cuando se acercó a él, vio que el hombre barbudo ya estaba despabilado. Anhelante, Danza-sobre-un-Volcán le metió el dedo índice en la oreja mugrienta. Pez-en-un-Cuenco oyó con atención el registro y luego le habló. Sus palabras golpearon el rostro del joven, empujadas por vaharadas de un aliento hediondo:
 
—Una fragua: ¡linda imagen! Luego citas el saber de los viejos. No está mal, pero no exageres. Ayer usaste el mismo recurso. Recuerda que la lisonja es una falta tan grave como la omisión.
 
—La lisonja es una falta tan grave como la omisión —repitió mansamente el aprendiz.
 
—Ahora bien, ¡borra esa bobada del “dios privado”! —El joven intentó explicar algo, pero el barbudo le tapó la boca con una mano metálica—. ¡Shhh! ¡Escucha! Sé cuál era tu intención. Pero, ¿desde cuándo la Divinidad debe rezar? Los viejos pensarían que tu comentario pretende ser tan soberbio como la derechura de las Sempiternas: ¡una herejía! Recuerda que para convertirte en Perito de la Bitácora debes manejar con precisión el balance entre las viejas tradiciones y las nuevas ideas. Balance. Métetelo en la cabeza, hijo. —Le dio un coscorrón suave con los nudillos plateados—. Después comparas a las naves con esos cetáceos… Podría resultar un acierto magistral. ¡Pero sólo si todos recordaran lo que es un cachalote! Debes tener presente cuáles son los símbolos que se van perdiendo. También deberás tomar nota de aquellos que se añadirán con la caída de una nave. —Los ojos del Danza-sobre-un-Volcán brillaron esperanzadamente. ¡Documentar la caída de una nave! ¿Le tocaría esa suerte a él? —. Por último: has terminado el registro con una nota trágica. Deberías haber dicho algo como “la lentitud de las naves es buen augurio: si pierden velocidad, hay más posibilidades de que alguna de ellas caiga sobre las dunas”. O tal vez “su número ha decrecido: esperamos que varias se hayan desplomado más allá del horizonte”. Recuerda que tu tarea como Perito será Registrar, Anunciar y Entusiasmar. De nada sirve Registrar y Anunciar si no Entusiasmas al clan.
 
—Registrar, Anunciar y Entusiasmar —coreó.
 
—No olvides que tu registro tiene que ser Poético, Profético y Poliédrico. Pero nunca Polémico.
 
—Poético, Profético y Poliédrico. Nunca Polémico.
 
—Eso es. Buen muchacho. —Y el hombre barbudo le acarició la cabeza rudamente—. Ve y corrige la grabación. Hoy no me siento bien. Seguiré recostado un momento más.
 
Danza-sobre-un-Volcán regrabó la bitácora. Los riborecs que pululaban bajo la yema de su dedo índice se afanaron a velocidades impensadas: borraron la información desechada y enlazaron nuevas series de ARN dentro de cada célula.
 
Una vez que fuera Perito de la Bitácora, y después de haber hecho numerosas grabaciones en ese dedo, los Hombres-Raíces le cortarían la falange distal y archivarían el registro. Entonces él continuaría con la siguiente falange. Cuando le hubieran amputado el dedo completo, comenzaría a grabar en otro. Y así sucesivamente.
 
Miró de soslayo a su Padre en la Profecía. Recostado, se desenredaba la barba con una de sus manos cibernéticas. El antebrazo derecho estaba hecho con la aleación corroída que revestía a las naves, desde la punta de los dedos hasta el codo. Las otras prótesis colgaban pesadamente, estructuras alambicadas que los Hombres-Raíces le habían fijado quirúrgicamente en los muñones de ambas rodillas y del hombro izquierdo.
 
Sabía que algún día el Protésico del clan no se levantaría más. Y entonces haría falta otro Perito.
 
¿Cómo es posible que algunos hayan olvidado qué es un “cachalote”?, se preguntó. En tal caso, difícilmente recordarían qué es un “pez”; ni sabrían qué es lo que hace dentro de un cuenco, se dijo Danza-sobre-un-Volcán.
 
No verbalizó la ironía, porque sabía que era inútil contradecir a su maestro. Pero también porque, si su suposición era cierta, Pez-en-un-Cuenco moriría pronto.

II

Cierta tarde Danza-sobre-un-Volcán visitó a Almíbar-en-la-Mirada. Charlaron distraídamente. Las palabras encubrían el otro dialogo, uno más directo, que entablaron con sus ojos ávidos.
 
Cuando Crótalos-bajo-el-Cráneo, Madre en los Quehaceres de Almíbar, abandonó la tienda para ir a buscar despojos semienterrados en la arena, la joven le descubrió sus pechos al aprendiz. Se abrazaron precipitadamente. Él se apresuró a apretar esa carne tan suave y tersa; pero no se atrevió a lamer los pezones hinchados. Con gesto decidido ella se deshizo de la falda y se lanzó sobre él, envolviéndolo con las piernas y los brazos. Cayeron sobre el suelo.
 
Derribados y enredados, él inició la improbable tarea de desvestirse. Lo consiguió a medias. La arena fina que se había filtrado en la tienda se interpuso entre ellos, colándose entre concavidades y convexidades que ya empezaban a ajustarse. Sus cuerpos se restregaron entre sí y los granos de sílice, atrapados, tornaron abrasivos los roces. Pero sobre la piel igual fermentó la pasión. Aunque labios y lenguas se arremetían toscamente, esos besos torpes bastaron.
 
Mientras tanto, bajo la tempestad febril que barría la superficie cutánea, espiaban los riborecs, los insectos miniaturizados que eslabonaban interminables cadenas de datos.
 
El arrebato que los trenzó fue fugaz, como un relámpago en la noche del desierto, porque ella lo rechazó súbitamente. Alguna alarma secreta hizo que lo apartara de sí con brusquedad. Empezó a vestirse, exigiéndole con urgencia que hiciera lo mismo.
 
Danza-sobre-un-Volcán terminó de abrocharse los pantalones un instante antes de que se abriera la tienda. Crótalos ingresó y les dirigió una rabiosa mirada inquisidora, pero sólo dijo con esa voz carrasposa:
 
—No hallamos nada. Las malditas no caen.
 
El joven se despidió de Almíbar con un leve dolor en las ingles y se dirigió a su tienda. La arena crujía bajo sus botines como la lengua de Crótalos lo hacía bajo su cráneo.
 
Sabía que el hormigueo que sentía en las venas no sólo se debía a la erección que trataba de disimular. Allí estaban también los nanobots hambrientos de información.
 
Se estremeció al pensar que alguna vez sólo podría tocar los pechos de Almíbar con manos de aleación.

III

Llegó el día en el cual el viejo Pez-en-el-Cuenco no se levantó más de su catre. Algunos achaparrados Hombres-Raíces lo sacaron de la tienda y se lo llevaron tras las Dunas Prohibidas. Luego le dieron la Sepultura de las Dunas, un honor que merecía todo Protésico.
 
Esa noche las Imperecederas fosforecieron.
 
Una semana después, todos olvidaron definitivamente lo que era un pez, y los más viejos convocaron a Danza-sobre-un-Volcán para que cubriera el puesto vacante.
 
La noche siguiente, el nuevo Perito de la Bitácora Anunció y Entusiasmó al clan con su primer registro oficial. A pesar de su ostensible nerviosismo y de algún tartamudeo leve, aquellos que se habían reunido en torno de la fogata lo aclamaron con aplausos y vítores, augurándole así una gran carrera.

IV

Un estruendo sordo sacudió el desierto en medio de la noche.
 
El Perito de la Bitácora despertó con el corazón agitado. Preguntó en la oscuridad de su tienda:
 
—¿Será posible que…?
 
Saltó del catre y abrió apresuradamente el cierre de la tienda con sus manos plateadas: un acto muchas veces repetido, pero siempre cargado de honda expectación. Atisbó en medio de las tinieblas.
 
¡Allí estaba! ¡Una gran nave había caído! La sección inferior de la proa se había sepultado en la arena. Yacía como una ballena varada. Pasmado, vio como un ejército multitudinario de Hombres-Raíces cubrían con rapidez el casco hirviente, ingresando al pecio a través de los motores, los ojos de buey resquebrajados y las fisuras en el metal. Las criaturas enanas y nudosas tomaron la nave con ferocidad, paralizando con sus púas venenosas a los criotripulantes que habían sobrevivido. Los convirtieron en momias, amortajándolos con las secreciones viscosas que fluían de sus miembros sarmentosos. Luego apilaron a sus presas prolijamente tras las Dunas Prohibidas.
 
En tanto, otro grupo de Hombres-Raíces, ayudado por varios de los miembros del clan que habían despertado a causa del escándalo, se dedicó a desmontar la nave.
 
Al mediodía siguiente, en la zona del impacto sólo se veían algunos pocos tornillos y unas abrazaderas desperdigados sobre la arena removida. Cada una de las miles de piezas desmanteladas había sido sepultada junto a las Eternas por sus sacerdotes. En pocos días, las plantas se multiplicarían sobre el arenal infinito, cubriéndolo de nuevos y divinos retoños.
 
Danza-sobre-un-Volcán había estado toda la noche relatando los sucesos, entusiasmado, con los labios casi pegados a su bíceps izquierdo. Los riborecs infatigables colmaron de información las células del tejido muscular.
 
Sabía que esa noche le amputarían el brazo, y le colocarían otra prótesis entre el hombro y el codo de aleación. Pero no le importó, porque él había sido el bienaventurado que había registrado la caída de una nave, algo que no sucedía desde hacía mucho tiempo.

V

Almíbar-en-la-Mirada todavía era capaz de acelerarle el corazón.
 
Ella había engordado. Sus senos, que él recordaba firmes, ahora se adivinaban caídos bajo la ropa de arpillera. Con miradas disimuladas, había comprobado que tenía estrías en la piel. La maternidad no había sido muy benigna con su cuerpo. Pero él seguía sintiendo ese cosquilleo en las ingles cuando la veía emparchar las tiendas, cargar leña, o amamantar a los críos que le había dado al zopenco que la había desposado.
 
Ella lo esquivaba. Pero él podía ver que detrás de sus ojos ambarinos aún latía con fuerza el ardiente recuerdo del amorío adolescente que alguna vez los había hecho suspirar.
 
Danza-sobre-un-Volcán se consolaba diciéndose que él era un Perito de la Bitácora, que había documentado una Caída. Un Protésico que servía a las Perennes. Él era especial.
 
Pero cuando soñaba con esos pezones que nunca había osado besar, despertaba llorando, deseando ser un zopenco más del clan.

VI

—¿Por qué tu registro debe ser Poético, Profético y Poliédrico?
 
A Rizos-en-el-Lodo le tembló la voz cuando respondió:
 
—Debe ser Poético para seducir el oído de quienes escuchan. Tiene que ser Profético para provocarles sed por el futuro. Y también Poliédrico porque debe encerrar esa ansia por el porvenir dentro de un espacio limitado por expectativas realizables.
 
—Bien, chico. ¿Y por qué no debe ser Polémico?
 
—Porque la Bitácora no debe suscitar controversias.
 
Danza-sobre-un-Volcán sonrió satisfecho. Ya estaba listo para la Sepultura de las Dunas: tenía un sucesor confiable. El joven Rizos había sido uno de los amortajados de aquella noche lejana y jubilosa. La momificación lo había preparado y los Hombres-Raíces lo habían elegido.
 
Del mismo modo había pasado con él mucho tiempo atrás.
 
—Padre en la Profecía, ¿puedo hacerte una pregunta?
 
—Sí.
 
—¿Qué es un “volcán”?
 
El interrogante lo tomó desprevenido.
 
—Es sólo un nombre, chico. Sólo eso. Ahora ve a buscar yesca para esta noche.
 
Cuando el aprendiz salió de la tienda, el Protésico se alisó la barba con los dedos metálicos: su discípulo había olvidado lo que era un volcán.
 
Recordó aquella lejana mañana, cuando supo que a su maestro le quedaba poco tiempo. Murmuró:
 
—Mocoso insolente
 
El joven Rizos-en-el-Lodo no había sido tan compasivo como él lo había sido con su Padre en la Profecía.

VII

Danza-sobre-un-Volcán había permanecido todo el día recostado, las prótesis colgando a los lados del camastro. Hacía tiempo que no sentía la agitación de los riborecs bajo su piel.
 
Pronto vendrían por él y entonces las Perdurables fosforecerían de nuevo.
 
La luz del ocaso aunaba cielo y arena cuando cuatro Hombres-Raíces entraron en su tienda. Lo cargaron, llevando el catre sobre sus hombros rugosos, como si se tratase de una litera. Detrás de las Dunas Prohibidas lo aguardaba un quinto Hombre-Raíz, más robusto, que lo miró a los ojos y le dijo:
 
—Protésico, te daremos la Sepultura de las Dunas.
 
Su voz era un balbuceo chasqueante que resonó dentro de su cabeza. El Hombre-Raíz no tenía boca. Ninguno de ellos la tenía.
 
—Pero antes te inocularemos Sueños. Porque tus registros, debidamente Poéticos, Proféticos y Poliédricos, han preparado al clan para la caída de una nave. Y tú has documentado el hecho.
 
A Danza-sobre-un-Volcán se le ensanchó el pecho al oír esas palabras. Presumió que los Sueños eran una distinción que no cualquiera recibía.
 
El Hombre-Raíz parlante hizo un gesto, y los otros cuatro llevaron la litera hacia un promontorio que se alzaba entre los médanos. Danza-sobre-un-Volcán pudo ver numerosas grutas que socavaban la base del peñón. Lo introdujeron en una de ellas. De inmediato lo asaltó el seco aroma a pedernal que flotaba en el aire estanco de la cueva. Observó que un sinfín de tunas oblongas y pulposas, enervadas de pinchos, tapizaban las paredes pétreas, iluminando la estancia con la fosforescencia que irradiaban.
 
Depositaron el camastro delante de un estrado de piedra que parecía estar embadurnado con alguna clase de saliva. Al principio creyó que los bultos multiformes que estaban amontonados sobre el pedestal eran más tunas pinchudas. Pero cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, descubrió con asombro que estaba frente al archivo de los registros.
 
Los Hombres-Raíces le desligaron las prótesis de las amputaciones. Cuando en su cuerpo no hubo más piezas de metal, empezaron a injertarle los miembros que habían descansado durante décadas enteras sobre el podio de roca, untándole los muñones con la misma melaza que los cubría.
 
—Protésico —chasqueó la voz—, he aquí los Sueños.
 
Gracias a la acción milagrosa de la secreción que manaba de la piedra los dedos, manos, pies, brazos y piernas de todos sus antecesores se habían conservado en perfecto estado. Los Hombres-Raíces fueron acoplando los miembros a su cuerpo, uno por uno, empleando sus extremidades minadas de púas húmedas para unir los tejidos, mientras los riborecs despertaban de su letargo y comenzaban a alborotarse nuevamente.
 
Entonces soñó.
 
Soñó con grises imágenes rotas. Sorbió las aspiraciones vanas y los agrios desencantos de los Peritos que le habían precedido. Y los sueños se replegaron más y más, trayendo recuerdos inhumados:

Los preparativos en el planeta Azkev ’Ar, que buscan ganar la carrera a la enana blanca del sistema binario en torno del cual orbita, una estrella moribunda. El plan minucioso que ha involucrado a varias generaciones de azkevitas en un intento desesperado de evitar el destino fatal. La puesta a punto de la inmensa flota de astrobuques, reservada para evacuar a cientos de miles de individuos elegidos: los más sabios, los más capaces, los más bellos. Un hatajo de almas afortunadas que preservarán la semilla y la cultura de Azkev ’Ar, dignas de recibir un legado tal. La inoculación masiva de riborecs, los nanobots que amplificarán las mentes de los elegidos, que transformarán sus cuerpos en contenedores del monstruoso cúmulo cultural de la civilización azkevita. Es un bautizo cibernético en el cual se les proporciona nuevos nombres, los tetranoms, capaces de cifrar y empotrar cientos de miles de nociones y símbolos dentro de cuatro vocablos.
 
A medida que se acerca el final, el alivio, la tristeza y el miedo se mezclan en los portadores de los tetranoms, y el odio enardece a los que se saben sentenciados, aquellos que, una vez abandonados, vivirán algunas semanas más antes de que las mareas de radiación arrasen el planeta. Las protestas y las manifestaciones multitudinarias. Las familias que se desgarran, los vínculos ya desmenuzados por la potencia de los incontables megatones que serán liberados. Los intentos de sabotaje. Las guerras que amenazan con desangrar al mundo antes de que sea destruido por la estrella agónica.
 
El cruel y penoso adiós en medio de la anarquía. El embarque y la criogenización de los tripulantes. El despegue exitoso de la flota y la huída a toda velocidad, devorando años-luz sin descanso. Una ilusoria sensación de resguardo invade los sueños criogénicos de quienes han sido expatriados por la muerte de su sol.
 
Entonces, la trepidación de la supernova que, irresistible y fatal, escupe colosales chorros de plasma hacia el infinito. La catastrófica onda de choque altera el encadenamiento del continuo y alcanza a las naves rezagadas de la flota, golpeándolas como un tsunami atroz. Una, dos… tres centenas de astrobuques caen en un maelstrom y son recluidas en un bucle espaciotemporal.
 
El mismo planeta apareciendo una y otra vez, un enorme mundo desértico que ejerce misteriosas y tenaces fuerzas tractoras sobre los astrobuques. El nacimiento y el olvido de las leyendas entre los muchos criotripulantes despiertos, un ciclo que se repite indefinidamente. Las fantasmales fábulas urdidas en cada iteración van ensayando diversas variantes, todas verosímiles: un mundo sirena que seduce al metal con inaudibles cantatas y que manipula a la inteligencia artificial por medio de un embrujo como de mandrágora; un mundo vampiro que bebe en el borde del torbellino que zarandea el continuo, nutriéndose de los azkevitas, un maná que cae desde otra eternidad; una civilización vegetal que se alimenta con carne y sangre, civilización feroz que codicia, que esclaviza, que lava cerebros y que despliega esquemas religiosos…

Danza-sobre-un-Volcán imploró. La sucesión discordante de rememoraciones lo estrujaba y aplastaba. La desesperación y la duda lo enloquecieron. Podía sentir cómo los riborecs saturaban cada una de las células de su cuerpo mutilado.
 
La voz del Hombre-Raíz parlante chasqueó:
 
—Otro que no resiste la verdad de los Sueños Verdaderos. Informad que hemos comprobado una vez más que en nuestra jurisdicción no hay posibilidad alguna de fugas. —Señaló a Danza-sobre-un-Volcán con un dedo erizado de pinchos—: Que sueñe sus propias y ridículas abstracciones hasta morir en la inclemencia del amanecer. Luego, ordenad las piezas del museo.
 
Los que habían cargado la litera obedecieron con diligencia. Le reinsertaron sus miembros, que habían sido amputados uno a uno a lo largo de su carrera. Y Danza-sobre-un-Volcán soñó sus propios sueños:
 
Museo de los sueños verdaderos, por sergioÉl se apresuró a estrujar esa carne tersa; pero no se atrevió a lamer los pezones, aunque ansiaba hacerlo. Ella se lanzó sobre él y ambos cayeron al suelo. Él intentó desvestirse, pero sólo lo consiguió a medias. La arena se interpuso entre sus cuerpos, que se frotaron con roces abrasivos. Sin embargo, sobre la piel igual fermentó la pasión. A pesar de que labios y lenguas se arremetieron torpemente, esos besos fueron suficientes.

Cuando el cuerpo dejó de agitarse, los Hombres-Raíces le quitaron los miembros injertados y los dispusieron sobre el altar, junto a los otros. Luego lo sepultaron en la arena, mientras el alba recibía a las naves que fatigaban invariablemente la misma ruta irrevocable.
 
Durante toda esa noche las Indestructibles habían fosforecido con intensidad.
 
Una semana más tarde los viejos llamaron a Rizos-en-el-Lodo.
 
  

“Los disparadores de la historia fueron dos: la imagen de Ramón Siverio, desde luego, poderosa y muy sugerente; y el primer track del álbum ‘A trick of a tail’, de Génesis: ‘Dance on a volcano’, Danza sobre un volcán, que terminó siendo el nombre del protagonista. Me dispuse así a bautizar a todos los habitantes de las tiendas con los tetranoms, aunque este concepto surgió luego, en las reescrituras originadas por los comentarios de los Forjadores. Uno de los ejes de la historia se originó al plantear la rutina de las naves cruzando el desierto cada mañana, las mismas naves. Esto era atrayente. Un ciclo, un loop incesante, causado por alguna catástrofe cósmica, que propiciara el surgimiento y desarrollo de una especie parásita y esclavizante. (Se trata de las Cactáceas. Es que no me pude resistir al ver en mi mente a vegetales sirviéndose del metal y de la sangre, dominándolos y usándolos sin escrúpulos. Las plantas inteligentes son un tópico clásico en la CF que está en desuso desde hace mucho, creo. Vaya mi ‘homenajito’ a Wyndham y sus terribles trífidos.) Y por último, lo interesante era plantear un marco de opresión, un esquema de vasallaje tal que se aceptara la mutilación progresiva del cuerpo como parte de la existencia misma; y en él, la vida de un hombre elegido como sirviente, sus anhelos de amor truncados por la labor que le asignaron. Toda la mística que surge en torno de la tarea casi monacal de los Peritos de la Bitácora (el axioma que dice que sus registros deben ser Poéticos, Proféticos y Poliédricos, pero nunca Polémicos, por ejemplo) está inevitablemente minada de las cualidades de la función de Jonás Angélico, el protagonista de Fábulas Invernales, maravilloso libro de Carlos Gardini que terminé de leer durante la elaboración de mi relato. Los riborecs y el uso que le dan los Hombres-Raíces no reflejan otra cosa que mi creencia obsesiva en la capacidad que tienen nuestros tejidos de ser almacenes de la memoria. Algún día continuaré con la historia de las Sempiternas, e intentaré explicar el surgimiento de los Hombres-Raíces (si puedo, je).”

Néstor Darío Figueiras
  

“El relato de Néstor Darío Figueiras, En el museo de los sueños verdaderos, está muy bien escrito. Lo considero una pequeña joya.

Para este relato consideré que el siguiente texto llenaba las expectativas de ‘Registrar, Anunciar y Entusiasmar’ de una ilustración:

‘¡Allí estaba! ¡Una gran nave había caído! La sección inferior de la proa se había sepultado en la arena. Yacía como una ballena varada. Pasmado, vio como un ejército multitudinario de Hombres-Raíces cubrían con rapidez el casco hirviente, ingresando al pecio a través de los motores, los ojos de buey resquebrajados y las fisuras en el metal. Las criaturas enanas y nudosas tomaron la nave con ferocidad, paralizando con sus púas venenosas a los criotripulantes que habían sobrevivido. Los convirtieron en momias, amortajándolos con las secreciones viscosas que fluían de sus miembros sarmentosos. Luego apilaron a sus presas prolijamente tras las Dunas Prohibidas.

En tanto, otro grupo de Hombres-Raíces, ayudado por varios de los miembros del clan que habían despertado a causa del escándalo, se dedicó a desmontar la nave.

Al mediodía siguiente, en la zona del impacto sólo se veían algunos pocos tornillos y unas abrazaderas desperdigados sobre la arena removida. Cada una de las miles de piezas desmanteladas había sido sepultada junto a las Eternas por sus sacerdotes. En pocos días, las plantas se multiplicarían sobre el arenal infinito, cubriéndolo de nuevos y divinos retoños’.

Pensé entonces en representar a la nave enterrada por la proa en la superficie del planeta y una multitud de Hombres-Raíces rodeándola. Por supuesto, en el relato es de noche y pensé en agregar una Luna llena. Tenía además que agregar al personaje principal, Danza-sobre-un-Volcán, con su brazo cibernético, y a un Hombre-Raíz (desde un principio me parecieron lindos de dibujar). Estos dos personajes estarían en primer término en la ilustración.

Se me ocurrió también en componer la escena para que funcionara como la ilustración de la cubierta de un libro de ciencia ficción, perteneciente a una colección imaginaria, que veremos más adelante.

La ferretería:

He de decir que el proyecto completo me llevó realizarlo alrededor de siete horas. Sin contar con el tiempo de lectura del relato, el cual leí dos veces, debido a lo profundo y denso de la historia.

Compuse el desierto, la nave, las montañas de fondo (favor leer el ‘cómo se hizo’ de la ilustración del relato Naves cruzando el desierto, de Susana Cárdenas, para ver cómo se hicieron las montañas), los cactos, la Luna llena y el cielo estrellado en mi programa favorito LightWave 3D 9.2. Hice un render y guardé esta composición.

Con el render listo, abrí el paquete de Photoshop CS3 y le agregué un filtrado a la imagen del render para luego guardarlo. Esta imagen tratada con Photoshop CS3 la utilizaría más adelante como fondo para componer la ilustración final.

Luego tomé papel y lápiz me puse a bosquejar a Danza-sobre-un-Volcán (siguiendo las directrices del relato) y al Hombre-Raíz del primer término (en este caso lo dibujé a tamaño normal, aunque el relato dice que son pequeños). Luego dibujé dos Hombres-Raíces pequeñitos para colocarlos alrededor de la nave. Terminado el dibujo a lápiz, lo digitalicé en el escáner a 300 dpi y lo guardé como un archivo JPG.

He aquí cuando entra en juego el poder de un paquete como la Suite de CorelDraw 12. Primero que nada, vectoricé el dibujo realizado (favor leer el ‘cómo se hizo’ de la ilustración del relato Las apariencias, de Carlos Morales, para apreciar las bondades del paquete de CorelDraw 12) con CorelTrace 12. Luego lo llevé a CorelDraw 12 y allí compuse la imagen junto con el fondo elaborado con Photoshop CS3, agregué color a los personajes y los escalé. Copié y pegué varios Hombres-Raíces y los coloqué alrededor de la nave.

Como quería realizar una ilustración para la cubierta de un libro, inventé el logotipo del editor: ‘Siverio SF’ (Science Fiction). También agregué el logotipo de la colección en la parte inferior de la portada, junto con un arabesco que parece ser una gárgola.

Luego escogí un tipo de letra moderno y con adornos que me transmitiera la idea de un libro sobre ciencia ficción. Le agregué un color amarillo para que destacara en el fondo obscuro y de paso llamara la atención primero que nada. Luego agregué el nombre del escritor en color blanco y de una manera discreta con respecto al título del libro, para que siguiera en prioridad de lectura. Por último, agregué mi correo eléctrónico.

Ahora sólo queda esperar a que Néstor Darío Figueiras escriba cómo fue que surgieron los Hombres-Raíces. Me emociono de sólo pensar en cómo será cuando lea ese relato.

Espero que les guste mi ilustración.”

Ramón Siverio - Ilustrador
 
< Anterior   Siguiente >
»
Taller literario
Taller de creación literaria de habla hispana especializado en ciencia ficción, fantasía y terror




Powered by groups.yahoo.com

 
Top! Top!