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jueves, 09 de septiembre de 2010
 
 
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Alta moda, por Marcelo C. Cardo (cuento) Imprimir E-Mail

Cuento escrito por Marcelo C. Cardo

El mundo de la moda es sofisticado, selecto, atrayente, único, misterioso. Quien lo domine, quien pretenda ser su más brillante estrella no puede admitir competencia.

Sólo cerrando las puertas detrás de uno
se abren ventanas hacia el porvenir.
Françoise Sagan

Siempre aposté al riesgo, a descubrir o fallar. La palabra nostalgia nunca tuvo cabida en mi diccionario. Lo desconocido siempre me atrajo sobremanera. Eso, junto con mi ambición personal, fue lo que me llevó hace veinte años a dejar el taller familiar en Milano y establecerme en esta ciudad.

Ya en mis primeras presentaciones las mujeres más importantes de la sociedad se atrevían a sentarse en las primeras filas, desde donde me rendían homenaje y pleitesía. Todas las grandes modelos aparecían por primera vez en alguno de mis desfiles. Las crónicas especializadas en moda quedaban sorprendidas con mis diseños. La frase: “Es un auténtico della Chiesa...”, marcaba insoslayablemente la identidad de mis vestidos.

Sí, ese soy yo: Norberto della Chiesa. El que primero aprendió y cumplió todas las reglas de la moda para así después poder romperlas.

Lo que nunca imaginé es que ese aprendiz de costurera, ese recién llegado, un tal Jacinto Rodríguez, pudiera hacer temblar todo aquello que yo había ganado con tanta sangre y sudor. Que con sus lentejuelas, pieles, animal print y volados fascinara a grandes y chicas a tal grado que su boutique estuviera siempre llena, mientras mi clientela mermaba.

Dicen que es un trasgresor. ¿Lo es? ¿Sólo porque en su último desfile hizo modelar a una gorda vestida de novia? ¿Y yo? ¿Ya se olvidan de cuando hice subir a las tablas a esa pareja de enanos? ¡Eso sí es anti-fashion!

Los críticos señalan que él está inyectando un toque de sangre nueva al mercado de la alta costura con sus más recientes producciones. ¡Canutillos engarzados a mano! ¿Eso es innovador? ¿Ya se olvidaron del vestido para la fiesta de quince años de la hija del embajador? ¡Fue una de mis creaciones más impresionantes, bordado a mano durante seis meses y cargado con cinco kilos de flecos de cristal! ¡Eso sí es glamour!

No sé qué ven de nuevo en sus trabajos. Su colección “Hadas” es un burdo plagio de mi “Ninfas del bosque”.

Es un imitador que lo único que busca es arruinarme. Luego de haber reducido mi clientela, quiere inculparme en la serie de asesinatos de modelos que está asolando la vecindad. Sólo porque las cinco chicas trabajaban para mí y la última víctima fue encontrada totalmente desangrada en el callejón a la vuelta de mi local, le hizo creer a muchos que yo era el culpable.  Si hubieran investigado, al igual que yo, no hubiesen pasado por alto la coincidencia. Todo había comenzado a partir de su llegada.

Consciente de que en los tiempos que corren sonaba inaudito, estaba completamente seguro de que el responsable de la muerte de esas chicas era un vampiro. Sus cuerpos desangrados, sin otra marca aparte de dos pequeñas incisiones en la yugular, lo certificaban. Estaba tan convencido de la culpabilidad de Jacinto que terminé de idear un plan para probarlo.

Llamé a la prensa y anuncié que, como el show debía continuar, realizaría un espectáculo de moda en homenaje a las jóvenes víctimas y que destinaría todo lo recaudado a la caridad. Dije que se llamaría “La vida y la muerte según della Chiesa”, que las más grandes modelos del mundo participarían del mismo y que como símbolo de paz invitaría a mi mayor competidor.

La repercusión fue impresionante. Una semana antes del evento las entradas se agotaron. Tanto en los medios como en la calle no se hablaba de otra cosa que no fuera mi presentación.

La noche llegó. Las instalaciones estaban llenas. En primera fila se encontraba toda la gente importante y en el lugar de honor Jacinto, claro.

Al comenzar el show, un centenar de modelos de entre dos meses y ochenta y cinco años desfilaron representando todas las etapas de la vida hasta la muerte. Tweed, chifon, encaje, satén, tul bordado y crochet. Pantalones anchos, minis, shorts, polleras con talle a la cintura, drapeado y straples, puse todo en escena. La gente aplaudía de pie asombrada, aclamaban mi nombre, en fin, no los podía hacer esperar más. La pasarela se cubrió de niebla y caminé hasta el centro. De pronto todos callaron. Vestido con una túnica negra y guadaña en mano, aparecí y dije al micrófono: “Yo soy la muerte y la resurrección”. Del suelo surgieron cinco ataúdes los cuales, al abrir sus tapas, dejaron ver a las cinco mannequin muertas cubiertas de sangre que, de a poco, se acercaban a mí. Todos quedaron pasmados ante tal visión, menos Jacinto, que gritó:
 
Alta moda, por M. C. Carper
 —¡No! ¡No puede ser! ¡Están muertas! ¡Yo no les di el don!

Con una velocidad inusitada se abalanzó sobre mí. Su mascarada se desvaneció: sus colmillos se dejaron ver amenazantes. A pesar de su resolución, fui más rápido y con un solo golpe de la filosa hoz lo decapité.

Un “Ohh” se dejó oír entre la multitud al mismo tiempo que su cuerpo se convirtió en polvo y desapareció.

Luego de eso tuve que explicar a la policía que las modelos fueron contratadas por su parecido con las desaparecidas y que estaba seguro de que eso desequilibraría al homicida, que yo tenía razón acerca de la existencia de los vampiros y que Jacinto era uno de ellos. Montones de personas pudieron dar fe de eso y ser testigos de mi buen obrar. Así, todo terminó.

Ha pasado un mes desde ese acontecimiento y de nuevo puedo ocupar el lugar que vos, Jacinto, trataste de arrebatarme.

Caminando por el balcón miro tu foto y digo:

—Con cada nueva colección, más allá de su éxito, siempre entierro a la anterior, y con ésta te entierro a vos. Esta ciudad es demasiado chica para dos diseñadores top… y para dos vampiros.
  

“A pesar de que muchos piensan que los vampiros no son humanos y, por ende, carecen de sentimientos, no vacilaría en afirmar que, de tenerlos, el engreimiento, la jactancia, la vanidad y la falta de modestia formarían parte de su inventario. Esa certeza me daba vueltas por la cabeza al momento de leer la premisa. ¿Y en qué otro mundo, además del vampírico, resultaría posible encontrar esas pasiones entrelazándose? En el de la moda, por supuesto.”

Marcelo C. Cardo
 
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