Advertisement
Inicio arrow Crónicas de la Forja arrow Nº 6 - Técnica: Cambios de narrador arrow El oráculo, por Laura Ponce (cuento)
lunes, 08 de febrero de 2010
 
 
Menu principal
Inicio
La Forja
Los Forjadores
Crónicas de la Forja
Noticias
Reseñas
Artículos
Tira cómica
Buscar
Libro de visitas
Ingresar





¿Recuperar clave?
¿Quiere registrarse? Regístrese aquí
Más populares
Licencia
Creative Commons License
El portal de Los Forjadores utiliza una licencia Creative Commons para su contenido. Haz click en el enlace para saber que puedes y que no puedes hacer con el mismo.

Estadísticas
573,819Visitors:
403Visitors today:
565Visitors yesterday:
2,144,344Page views:
1,209Page views today:
2,457Page views yesterday:
 
2006-10-05Statistics started:
El oráculo, por Laura Ponce (cuento) Imprimir E-Mail

Cuento escrito por Laura Ponce

Uno puede vivir rodeado de magia y no advertirlo. Eso le pasaba a Mario, hasta que encontró ese libro en la mesa de saldos.

 

Para Martín

 Como todos los días al salir del trabajo, Mario recorrió sin apuro las cuatro cuadras que separaban su oficina de la estación de subte. Había vuelto a vivir solo, nadie lo esperaba en casa; tenía tiempo de sobra para curiosear entre las ofertas de las librerías y lo hacía sin sospechar que eso cambiaría su vida.

Hada, por FragaEn una de las mesas de saldos, abajo de “Aprenda sueco en una semana” y “Usted puede sanar su vida”, vio el libro que lo estaba esperando. Le llamó la atención el dibujo de la tapa: un hada recostada sobre un tronco. Lo sorprendió el aspecto de la piel, que le pareció una superficie radiante y aterciopelada, viva. Lo primero que pensó fue que se trataba de un libro de cuentos para chicos, pero al leer el título —“El Antiguo Método Adivinatorio de las Hadas”— se dijo socarronamente que era un libro de cuentos para grandes.

Sin embargo, lo tomó y se acercó a la chica de la caja.

Dolores, que ya lo conocía, sonrió.

Algo incómodo, Mario le pidió que envolviera el libro para regalo.

Para ese momento yo ya lo entendía mejor de lo que él se entendía a sí mismo.
 

Cuando entró al departamento, las hadas lo recibieron con algarabía. Le tenían la ropa fresca y perfumada para que se cambiara y lo ayudaron a preparar algo de comer mientras canturreaban en torno suyo.

Lo acompañaron a la cama temprano y se tendieron a su alrededor. Mario hacía zapping mientras ellas no lograban ponerse de acuerdo. Licke quería ver un programa de cocina y Habetrot uno de costura, Aine prefería Animal Planet y Cluricaune, Films and Arts…

—Skilly eligió anoche —protestó Gull—, hoy me toca a mí…

—Pero vos lo hiciste comprar “Cosmopolitan”. ¡No tenés derecho a pedir nada por un mes! —respondió Sib.

—Haya paz, niñas —intervino Mab—. Miren la cara de aburrimiento que tiene este hombre. Vamos a dejarlo dormir; mañana será otro día.

Mario apagó la televisión y luego la luz. Pero pasaban los minutos y no podía conciliar el sueño. Estaba incómodo, no encontraba posición. Al final, encendió el velador y fue a buscar el paquete.

Las hadas lo rodearon curiosas mientras rasgaba el envoltorio y cuando vieron la tapa del libro lanzaron exclamaciones de sorpresa.

—¡Miren! —dijo Sili Ffrit señalando el anuncio resaltado en el margen inferior— “¡Incluye Cartas y Tablero a todo color!”.

A Mario le causó gracia. Fue pasando las páginas y las hadas vieron las láminas satinadas de las que podían recortarse las partes del tablero y las cartas en las que ellas doce aparecían retratadas con sus nombres y características.

—¡Yo no soy tan petiza! —se quejó Skilly.

—Por lo menos no te pusieron con todos los pelos parados como a mí —se lamentó Pinch.

Él se detuvo en la carta que mostraba al hada de la tapa. En esta nueva imagen, bañada de sol, ella sonreía.

—¡Miren qué linda que salió Gille!

—¿Te parece? ¿No me veo gorda?

—¡Nada que ver! Es la túnica…
 

“Gille Dubh”, leyó Mario al pie, “la que muestra el camino”.

Después de algunos minutos tuvo recortadas las cartas y armado el tablero con las seis posiciones: Círculo mágico —revelación—, Puente —lo que vendrá—, Puerta —lo que debe quedar atrás—,  Manantial —lo que favorece—, Piedra —lo que se opone— y Tabú —lo que debe respetarse—. Al contemplar el tablero, que representaba el bosque sagrado al que los caballeros acudían buscando el consejo de las hadas, Mario sintió una repentina aprensión. Por primera vez admitió la posibilidad de que no se tratara de un juego y se preguntó si aquello sería capaz de establecer una conexión, si realmente le permitiría conocer las respuestas a sus preguntas.

—¡Vamos! ¡Vamos! —dijeron todas— ¡Empezá de una vez!

Él respiró hondo y comenzó. Mientras mezclaba, me hizo la pregunta:

—¿Silvia va a volver?

—¡Obvio que no! —respondió Sib.

—Además para qué querés que vuelva, si nunca te quiso —agregó Sili Ffrit.

—Esa chica no era para vos —dijo Mab.

—Vos necesitás a alguien que te comprenda, que comparta cosas con vos… —opinó Llul.

Y las cartas fueron saliendo del mazo y ocupando sus posiciones en el tablero: Habetrot, Sili Ffrit, Pinch, Lull, Cluricaune y Guille Dubh.

Mario consultaba el libro y hacía anotaciones. Rodeado de comentarios y opiniones,  finalmente llegó a la conclusión de que esa tirada debía leerse como: “La trama está tejida”, “Presta atención a los detalles”, “Quien no acepta el cambio, retrocede”, “Apóyate en tu fuerza interior”, “No te dejes llevar por la ansiedad”. “Durante siete días deberás utilizar caminos alternativos para llegar a tu casa”.

Las hadas intercambiaron miradas y se despatarraron de risa.
 

A la mañana siguiente, mientras se lavaba los dientes, Mario repitió:

—“La trama está tejida”.

Las hadas, que se peinaban y acicalaban en torno suyo, se rieron. Él también lo hizo.

No sabía qué le parecía más gracioso: la vaguedad de la predicción o su resistencia a desestimarla por completo.

Sin embargo, preparando el desayuno ayudado por ellas, admitió que cumplir con el mandato sería una buena excusa para romper con la rutina.

Para cuando lo acompañaron a la puerta y tomó su abrigo, Mario estaba decidido a buscar todos los días durante una semana caminos alternativos para regresar a casa.

Antes de salir se miró de perfil en el espejo que había junto a la puerta y palmeándose el estómago se dijo que no le iba a venir mal, a ver si bajaba un poco esa panza que estaba criando…

Las hadas se miraron entre sí y sonrieron cómplices.

Yo también estaba satisfecho.
 


Poco a poco, Mario hace del regreso un arte. Se transforma en su mayor fuente de entretenimiento y pasa cada vez más tiempo planeando el intrincado recorrido que realizará al salir del trabajo. Toma colectivos en dirección contraria, hace extrañas combinaciones de subte, transita calles de su barrio que en quince años nunca ha recorrido. Casi no ha vuelto a pensar en Silvia.

Se sorprende de lo mucho que disfruta estos paseos.

Piensa en que esta noche —la séptima noche— no hace frío ni calor, está lindo para caminar, y cuando va llegando a casa decide dar un nuevo rodeo. Entusiasmado por la idea, apura el paso y dobla siguiendo la ochava, sin sospechar que Dolores está a punto de salir del negocio de la esquina cargada de paquetes.

El choque es inevitable, con gran desparramo asociado.
 

Mario está tan mortificado que no deja de disculparse mientras la ayuda a reunir los paquetes, le toma un instante reconocerla. Entonces una sonrisa se instala en la cara de Dolores. Una sonrisa que lo deslumbra. A Mario le recuerda la de Guille Dubh en la carta satinada. Pero al instante se da cuenta de que es a la inversa, de que siempre fue a la inversa. Se da cuenta de que la sonrisa de Guille Dull lo impresionó porque le recordaba la sonrisa de Dolores. Una sonrisa que siempre lo fascinó. Una sonrisa que nunca dejará de fascinarlo.

Mi trabajo está hecho.

A lo largo de los años Mario contará esta historia muchas veces, se convertirá en la favorita de sus hijos y después de sus nietos, que pedirán escucharla casi todas las noches antes de que las hadas les canten para que se duerman. Durante mucho, mucho tiempo seguirá disfrutando de sus paseos aunque ya no lo hará solo, y que cada tanto Dolores venderá alguno de los infinitos ejemplares de mi libro a alguien deseoso de conocer las respuestas de las hadas a sus preguntas.

Regreso a la mesa de saldos y espero.
  

“Disfruté y aprendí mucho con este ejercicio. Descubrí que el cambio en el narrador modificaba la perspectiva, cambiaba ‘la mirada’ sobre lo que se contaba y esos cambios fueron los que le dieron el rumbo que finalmente tomó la historia. El narrador del consolidado tenía que ser una voz que lo contara desde el futuro y que lo hiciera conociendo cada aspecto de los hechos. Me pareció que necesariamente tenía que ser una presencia sobrenatural, algo que estaba más allá de las limitaciones temporales, y traté de reflejar eso jugando un poco con los tiempos verbales. La etimología de la palabra y sus diferentes significados terminaron de definir al narrador, porque ‘oráculo’ es el lugar donde la entidad divina responde, pero también es la entidad a la que se le consulta y también es la respuesta.”

Laura Ponce
  

Texto original 

Como todos los días al salir del trabajo, recorro sin apuro las cuatro cuadras que separan la oficina de la estación de subte. Ahora vivo solo, nadie me espera en casa; tengo tiempo de sobra para curiosear entre las ofertas de las librerías y lo hago sin sospechar que eso cambiará mi vida.

En una de las mesas de saldos, abajo de “Aprenda sueco en una semana” y “Usted puede sanar su vida”, veo un libro que me llama la atención. En la tapa tiene el dibujo de un hada recostada sobre un tronco. Me sorprende el aspecto de la piel, que parece una superficie radiante y aterciopelada, viva. Lo primero que pienso es que se trata de un libro de cuentos para chicos, pero al leer el título —“El Antiguo Método Adivinatorio de las Hadas”— me digo socarronamente que es un libro de cuentos para grandes.
 

Sin embargo, lo compro.

La chica de la caja, que ya me conoce, sonríe.

Le pido que lo envuelva para regalo.
 
 

Al llegar al departamento, me fijo si hay mensajes en el contestador y luego me cambio de ropa. Mientras preparo algo de comer, miro desde lejos el libro envuelto.

Me voy a la cama temprano. Miro un poco de televisión, pero no tarda en aburrirme y la apago, lo mismo que a la luz. Pasan los minutos y no puedo conciliar el sueño. Estoy incómodo, no encuentro posición. Al final, enciendo el velador y voy a buscar el libro.

La ilustración en la tapa vuelve a impresionarme. Veo en esa imagen algo tan… verdadero.

Me causa gracia el anuncio resaltado en el margen inferior: “¡Incluye Cartas y Tablero a todo color!”. Hojeo el libro y encuentro láminas satinadas de las que pueden recortarse las cartas y las partes del tablero. Ahí están todas, las doce hadas de la Corte Bendita, algunas con rostro y cuerpo de niña, otras con rostro y cuerpo de mujer, todas con el mismo aspecto vivo y fascinante. Ahí están sus nombres y sus características. Ahí encuentro al hada de la tapa; y en esta nueva imagen, bañada de sol, parece sonreírme. “Gille Dubh,” leo al pie, “la que muestra el camino”.

En minutos tengo recortadas las cartas y armado el tablero con las seis posiciones: Círculo mágico (revelación), Puente (lo que vendrá), Puerta (lo que debe quedar atrás),  Manantial (lo que favorece), Piedra (lo que se opone) y Tabú (lo que debe respetarse). Al contemplarlo, siento una repentina aprensión. Sin embargo, respiro hondo y comienzo.

Mientras mezclo, hago la pregunta:

—¿Silvia va a volver?

Y voy ubicando las cartas en las posiciones del tablero según el orden en el que aparecen.
Habetrol, Sili Ffrit, Pinch, Lull, Cluricaune y Guille Dubh.

Según el libro, esta tirada debe leerse como: “La trama está tejida”, “Presta atención a los detalles”, “Quien no acepta el cambio, retrocede”, “Apóyate en tu fuerza interior”, “No te dejes llevar por la ansiedad”, “Durante siete días deberás utilizar caminos alternativos para llegar a tu casa”.
 
 


A la mañana siguiente, mientras me lavo los dientes, repito:

—“La trama está tejida”.

Y me río. No sé qué me parece más gracioso: la vaguedad de la predicción o mi resistencia a desestimarla por completo.

Un poco por esto último y otro poco por considerarlo una buena excusa para combatir la rutina, decido cumplir con el mandato y buscar, todos los días durante una semana, caminos alternativos para regresar a casa. Me miro de perfil en el espejo y, palmeándome el estómago, me digo que no me va a venir mal. A ver si bajo un poco esta panza que estoy criando…

 

Poco a poco, hago del regreso un arte. Se transforma en mi mayor fuente de entretenimiento y paso el día planeando el intrincado recorrido que realizaré al salir del trabajo. Al cabo de una semana, tomo colectivos en dirección contraria, hago extrañas combinaciones de subte, transito calles de mi barrio que en quince años nunca había recorrido. Casi no he vuelto a pensar en Silvia.

 
< Anterior   Siguiente >
»
Taller literario
Taller de creación literaria de habla hispana especializado en ciencia ficción, fantasía y terror




Powered by groups.yahoo.com

 
Top! Top!