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lunes, 08 de febrero de 2010
 
 
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2006-10-05Statistics started:
La percepción surrealista tras las novelas venezolanas, por Laura Ponce (cuento) Imprimir E-Mail

Cuento escrito por Laura Ponce

 

Miss Improvisación: la mejor improvisación

y

Miss Poesía: la improvisación más poética

Julio, que siempre había vivido solo, vio repentinamente transformada su existencia, Incluso con los problemas y las privaciones cotidianas, cada día era una promesa de serena felicidad. Por supuesto, algo así no puede durar, se decía Julio; como en las telenovelas: cuando creés que por fin van a ser felices…

—Me mentiste, Carlos Alfredo. Me mentiste otra vez —decía la mujer mientras las lágrimas corrían por su rostro impecable.
 
Julio la observaba en la pantalla y no podía dejar de maravillarse ante la calidad del maquillaje, sin duda a prueba de agua. A prueba de agua y de guiones malos, se dijo socarronamente. Cuando la imagen se congeló y comenzaron a correr los títulos del final, se puso de pie y se dirigió hacia la cocina.
 
Don Julio, por Fraga Julio era jubilado y tenía mucho tiempo libre. A veces no sabía qué hacer con él. Vivía en un departamentito frío y oscuro, en el barrio de Congreso. Se había mudado allí para cuidar a Gladis, su hermana. Se habían encontrado una tarde por casualidad, después de vivir muchos años distanciados, habían descubierto que los dos estaban viejos y achacosos y que se necesitaban pero, sobre todo, que nunca habían dejado de quererse. Tenían tanto en común que les seguía alcanzando una mirada para entenderse, parecía mentira que hubieran pasado tantos años sin tener contacto. Julio, que siempre había vivido solo, vio repentinamente transformada su existencia. Incluso con los problemas y las privaciones cotidianas, cada día era una promesa de serena felicidad. Por supuesto, algo así no puede durar, se decía a sí mismo; como en las telenovelas: cuando creés que por fin van a ser felices…
 
Gladis era una mujer fuerte y decidida; luchó, pero su enfermedad terminó por consumirla. Y Julio volvió a quedarse solo. Más solo que nunca.
 
 
Una madrugada de insomnio y zapping, varios meses después de la muerte de Gladis, Julio descubrió que estaban dando otra vez “El verano en que te conocí”. Ésa era la telenovela favorita de su hermana, de la que no se perdía un solo capítulo. Muchas tardes la habían visto juntos mientras la cuidaba. En sus últimos días ella no dejaba de decir que lo que más le molestaba de la proximidad de la muerte era que se perdería el final de la novela. Y se lo perdió nomás la pobre, pensó Julio con tristeza. Pero no cambió de canal.
 
Comenzó a mirar la novela salteada, un episodio cada tanto. Cuando no podía dormir o se sentía especialmente nostálgico, aquello lo reconfortaba. Era como si durante los sesenta minutos que duraba cada capítulo estuviera con Gladis otra vez y todo fuera como antes. Fingía que compartía con ella el sillón y ambos se conmovían o se indignaban ante lo que ocurría en escena. Más de una vez hizo un comentario en voz alta y tuvo, al instante, la certeza de saber lo que ella hubiera respondido.
 
El ritual se hizo frecuente y luego cotidiano. Se fue metiendo cada vez más en los pormenores de la historia. A partir del capítulo en el que María de las Mercedes —la protagonista— perdió su embarazo por culpa del ataque de una competidora y fue encarcelada por un crimen que no cometió, Julio no volvió a perderse una sola emisión. Semejante drama lo tenía atrapado, pero algo más captó su atención: la entrada de un personaje que él no recordaba haber visto antes. Anabel era una mujer de mediana edad, culta y atractiva, una prestigiosa cirujana con hijos ya crecidos y un acaudalado aunque aburrido esposo al que había dejado para viajar por el mundo.
 
Después de mucho observarla, Julio se vio forzado a admitir que Anabel le recordaba a su hermana. No es que realmente fuera parecida a Gladis, pero había algo en su apariencia, en la forma en la que hablaba o se movía... Como si hojeara un gran álbum que se vuelve correntada, Julio recordó a su hermana adolescente, las fotos de lugares exóticos que pegaba en la pared de su cuarto, aquellos prometedores primeros años en medicina, aquel novio que había llevado a la casa familiar...
 
Se acercó a la pantalla y le pareció que esos ojos grandes y brillantes lo observaban desde el otro lado, creyó detectar una mirada cómplice y hasta un guiño divertido destinados sólo a él. Con un escalofrío, con tristeza, con alegría, tuvo la certeza de que ella le estaba diciendo: Quedate tranquilo, ahora el final lo voy a decidir yo.
 
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