| En las inmensas soledades, por Enrique Layna (cuento) |
|
|
|
Cuento escrito por Enrique Layna Una jornada alucinante a través del desierto en donde el peyote, un guía y naves extraterrestres convergen para crear lo que a los ojos de cualquiera de nosotros es un milagro. El hombre de origen huichol le explicó cómo se desarrollaría la experiencia y le aseguró que no lo abandonaría en ningún momento. Anduvieron varias horas; le dolía un poco la pierna izquierda, en la que de la rodilla hacia abajo utilizaba una prótesis desde que un mal conductor se encargó de convertir en astillas su tibia y su peroné, hacía unos años. De pronto el guía se detuvo y le indicó que caminara solo, el mismo híkuri se le revelaría; luego tendría que pedirle permiso para ingerirlo. Deambuló hasta encontrar la cactácea, se dirigió al espíritu de la planta, a la que él, urbanoide de la capital, siempre se refirió como peyote, y cuando le pareció que el espíritu lo aceptaba la arrancó. Mientras el amargo sabor inundaba su boca, miró alrededor, ahí estaba sentado el guía, quien no lo perdía de vista. Pero lo que causó su asombro fue observar la cantidad de peyotes que había en la zona, no entendió por qué no los había visto antes. Al cabo de unos minutos inició su viaje.Fue bastante confuso, colores brillantes y figuras antropomorfas que se transformaban unas en otras, pero hubo dos imágenes y algunas sensaciones que quedaron claramente grabadas en su recuerdo. Al parecer se había recostado, pues todo su campo de visión lo ocupaba el insondable azul del desierto del norte de México; entonces comenzó a levitar, aunque a poca distancia del suelo, sentía la reverberación cálida de la arena en su espalda. Se empezó a estirar, sintió que su cabeza se alejaba en dirección al guía mientras sus pies permanecían en el mismo lugar, reconoció el movimiento de sus dedos dentro del amplio interior de sus botas. Volteó a su derecha y vio al huichol que, con una sonrisa en el rostro, alzaba el brazo y le indicaba mirar hacia el oriente. No podía precisar su tamaño, tal vez estaban cerca de sus ojos y en ese caso eran naves diminutas, o podían situarse a kilómetros de distancia y ser gigantescas. Carecía de un punto de referencia. Si tenía manos, éstas estaban desconectadas. Contó cinco, vagamente le recordaron barcos, navíos transdesérticos surcando majestuosos los siete aires. Cuando recuperó la conciencia estaba llorando, no sabía por qué. Era de noche y seguía los pasos del guía rumbo al poblado. La imagen de las naves era vívida en su recuerdo. En lugar de hacer caso al huichol, quien le aconsejaba descansar, recogió el campamento; con la gran mochila a la espalda montó en su bicicleta y se dirigió al este. El guía lo observó alejarse y lo siguió viendo durante mucho tiempo, a pesar de la distancia, a pesar de la débil luz de las estrellas. El de la bicicleta tenía suficiente agua, unas cuantas provisiones y un presentimiento. Se sentía atraído por una energía difusa, aunque imperiosa. Debía emprender la ruta lo antes posible. No le quedaba mucho tiempo. Como a las dos de la tarde, bajo la radiación solar que llevaba el mercurio de su termómetro cerca de los cuarenta grados centígrados, reventó la llanta trasera. Era difícil evitar todas las espinas: extrajo una de varios centímetros de la cámara y procedió a parchar la llanta, para luego inflarla con la pequeña bomba que llevaba. Siguió su camino cuando empezaba a soplar el viento del norte; el aire cada vez más frío le secaba el sudor. Para la noche, mientras dormía abrigado en su saco dentro de la tienda de campaña, el agua de sus cantimploras que había olvidado afuera se congeló. Entrada la mañana del segundo día llegó a la Zona Silenciosa, el Vértice Trino, la confluencia de las provincias de Chihuahua, Durango y Coahuila. Lo supo desde varios kilómetros atrás, cuando el pedaleo se hizo más ligero y la suave pendiente le confirmó que iba en la dirección correcta. Al divisar un pequeño montículo decidió que sería el lugar adecuado; hacia allí se dirigió. Procedió a reconocer el terreno. Luego de remover algunas piedras descubrió que tarántulas y alacranes dormitaban a su sombra; también era probable la presencia de coralillos en los alrededores. Esto le convenció de que debía extremar precauciones por la noche, empezando por cerrar bien la tienda. Levantó el campamento en un promontorio de rocas y comenzó la espera. Más tarde, en la parte inferior de una gran piedra, reconoció un fósil apenas marcado, un trilobite como los del libro de estampas “Animales del pasado” que su madre le había comprado cuando él iba en tercero o cuarto de primaria. Repasó mentalmente lo que había leído en Internet: que alguna vez hubo aquí líquido en abundancia lo atestiguaban los restos fósiles de organismos que vivieron en aguas del llamado Mar de Thetis, ahora El Bolsón de Mapimí, y justo en su centro, la Zona Silenciosa, llamada así porque en algunos sitios de no más de mil metros de diámetro los campos magnéticos impiden la transmisión de señales de radio. Por eso no funcionaba su localizador satelital, aunque él sabía que se encontraba entre los paralelos 26 y 28. En la Zona Silenciosa también abundan restos de aerolitos, nadie sabe si es debido a la misma actividad magnética, o a una extraña casualidad, el que estos inmigrantes del espacio vengan a establecerse aquí, donde además muchos tipos de cactáceas han mudado de color: son violetas luego de soportar las fuertes cargas de viento solar. Perdido en estos pensamientos fijó su mirada en una salamandra. El reptil estaba inmóvil sobre la superficie de una roca. La cola incompleta hablaba de lucha. Tal vez con otro macho por hembra o territorio, quizá la había perdido huyendo de algún depredador; sin embargo, le estaba creciendo. Pronto sería un organismo completo otra vez. Las vio desde lejos, surcaban las inmensas soledades lentamente, a muy baja altura. Eran cinco naves proyectando sombras enormes de al menos un kilómetro de largo por cien metros de ancho. Su ritmo cardiaco se aceleró: la premonición se confirmaba. Se humedecieron sus ojos en medio de la aridez absoluta. “Naves a falta de nubes”, pensó. No eran barcos, pero se asemejaban; tenían protuberancias superiores parecidas a grandes chimeneas. Entre ellos, los vehículos compartían estructuras idénticas. El negro mate que los cubría engullía los rayos solares, se recortaban claramente contra el fondo del cielo. Falsas nubes prometiendo lluvias. Se detuvieron sin ruido, sin dar señales de ninguna clase. Al llegar la noche fue como si las naves devoraran a los astros, huecos negros abiertos contra la imagen de nuestra propia galaxia, las constelaciones y nuestros planetas vecinos. Hasta algún pequeño satélite artificial emitiendo destellos rojos fue eclipsado mientras pasaba veloz por detrás de los vehículos estacionados; de ellos, ni una luz, ningún movimiento: un eclipse parcial de estrellas. El ruido comenzó al amanecer. Eran motores; el volumen era altísimo, pero sonaba como la máquina de un automóvil nuevo, un rumor, casi un zumbido que no lastimaba los oídos, todas las piezas perfectamente ensambladas. La arena se empezó a alborotar, se levantaba para formar pequeños torbellinos alrededor de las naves. Estaban succionando aire, acaso comprimiéndolo en el interior de sus estructuras. Al irse vaciando las capas bajas de la atmósfera, los remolinos eran cada vez más parecidos a tornados danzando en círculo alrededor de las naves. El viajero aseguró su bicicleta entre dos rocas; él también se protegió ahí mientras el viento desperdigaba el campamento. La tormenta de arena duró todo el día y terminó a la mañana siguiente. No pudo dormir. Con las primeras luces del día descubrió que las naves habían invertido su posición, las chimeneas ahora apuntaban hacia abajo. Entonces, de ellas empezó a salir agua; cantidades ingentes de líquido caían y hacían crecer una laguna, pequeña al principio, pero que con el transcurrir de los minutos se fue convirtiendo en un lago de proporciones cada vez mayores. Su mente intentó calcular cuánto aire tendrían que haber aspirado para lograrlo. La cantidad de hidrógeno en la atmósfera es infinitesimal en proporción al oxígeno y debieron necesitar el doble de átomos del primero que del segundo. Pero, mientras intentaba reflexionar sobre ello, su cerebro también le anticipaba otras cosas. No era seguro estar ahí, tenía que alcanzar terrenos más elevados. Comenzó a pedalear lo más rápido que pudo pero, media hora más tarde, la inundación lo alcanzó, volviendo lodosa la superficie en la que se atascaban las llantas de su bicicleta. La tiró y la dejó cubierta por el agua. Probó el líquido; notó rastros de arena que aún no se asentaba del todo, pero por lo demás era potable. Sació su sed. Continuó caminando trabajosamente. Cuando el líquido le llegó al pecho inició el nado. El agua se había extendido al menos unos dos kilómetros más allá de donde se encontraba, pero ya casi no se percibía movimiento; un espejo líquido de unos diez kilómetros de diámetro cubría la oquedad milenaria del terreno. El agua provocó la pérdida de su pierna ortopédica, mas ya no pudo recuperarla: ésta se fue a pique y él necesitaba alcanzar la orilla. Ya habría tiempo para preocuparse de eso. Conforme pasaban los minutos, la fatiga fue dejando lugar, poco a poco, a una energía que nunca antes había experimentado. Le pareció que podría seguir nadando hasta el otro lado del mundo. Aunque la distancia todavía era considerable, se sorprendió enfocándose en los guijarros de la playa recién creada; con un pequeño esfuerzo llegó a distinguir cada grano de arena. Esto le sobresaltó e interrumpió su recorrido para echar un vistazo atrás. Algo surcaba la superficie del lago rumbo a las naves. Ajustó la mirada; era su guía. Cuando estuvo a la sombra de uno de los vehículos, el huichol se detuvo y buscó su mirada. La misma sonrisa. Salió disparado del agua y de un salto desapareció a través de una de las chimeneas. Entonces las naves iniciaron majestuosas la rotación que ponía los tubos apuntando de nuevo al cielo. Se elevaron velozmente hasta que fueron minúsculos soles negros contra la vastedad azul celeste y desaparecieron. Él continuó su recorrido todavía sin entender; los pensamientos, las sensaciones, los sentimientos aún eran confusos en su mente. Cuando sus brazos tocaron la arena se incorporó sobre ambas piernas. Se dirigió feliz hacia las rocas pensando en regresar a casa cuanto antes. Tenía que difundir la Buena Nueva. “Honestamente yo no le había hecho caso a la premisa, pero a fuerza de leerla en títulos de mensajes o de cuentos ocupó mis pensamientos. Ni siquiera había entendido qué tenía que ver la imagen en archivos. Sin embargo, un buen día imaginé las naves, en mi mente avanzaba una en primer plano. No era como pensé en primera instancia, cromada y cegadora a la luz solar, sino negra mate. La visión era clara: se recortaba nítida contra el azul profundo del desierto mexicano (donde nunca he estado pero que ‘conozco’ a través de otros textos). Lo demás fue la alquimia de siempre, ideas inconexas que de pronto se relacionan: una plática sobre el peyote, el desierto, las naves, la Zona del Silencio, un relato de viaje en bicicleta por la zona que encontré en Internet, y entonces sí, la imagen propuesta. Ahí conocí las chimeneas, le sumé algo de imaginación y me robé una frase para el título de uno de los cuentos más hermosos que he leído: salió de ‘Coyote 13’ de Arturo Souto. Luego algunos reproches y consejos de los Forjadores y... ¡listo!” Enrique Layna “Tengo que empezar reconociendo que para poder alcanzar la profundidad del relato de Enrique Layna, En las inmensas soledades, tuve que leerlo dos veces. Y agradezco que ocurriera así, porque este cuento termina con un gran mensaje de esperanza. Maravilloso. Me recordó a Encuentros cercanos del tercer tipo. Ramón Siverio - Ilustrador |
| < Anterior | Siguiente > |
|---|





El hombre de origen huichol le explicó cómo se desarrollaría la experiencia y le aseguró que no lo abandonaría en ningún momento. Anduvieron varias horas; le dolía un poco la pierna izquierda, en la que de la rodilla hacia abajo utilizaba una prótesis desde que un mal conductor se encargó de convertir en astillas su tibia y su peroné, hacía unos años. De pronto el guía se detuvo y le indicó que caminara solo, el mismo híkuri se le revelaría; luego tendría que pedirle permiso para ingerirlo. Deambuló hasta encontrar la cactácea, se dirigió al espíritu de la planta, a la que él, urbanoide de la capital, siempre se refirió como peyote, y cuando le pareció que el espíritu lo aceptaba la arrancó. Mientras el amargo sabor inundaba su boca, miró alrededor, ahí estaba sentado el guía, quien no lo perdía de vista. Pero lo que causó su asombro fue observar la cantidad de peyotes que había en la zona, no entendió por qué no los había visto antes. Al cabo de unos minutos inició su viaje.


