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miércoles, 08 de septiembre de 2010
 
 
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Invasores, por Federico G. Witt (cuento) Imprimir E-Mail

Cuento escrito por Federico G. Witt

Cuando una civilización agresiva haya conquistado a todas las demás en sus inmediaciones galácticas, deberá buscar más lejos. El problema entonces es que, debido a ciertas limitaciones físicas relacionadas con la velocidad de la luz, cuando las naves lleguen a su destino habrán transcurrido millones de años.

Invasores, por Ramón Siverio—¿Y éste es el planeta que hay que conquistar?
 
El almirante Lloam-el no ocultó su desilusión ante el panorama que le ofrecía la pantalla de vídeo. Sus elegantes bombarderos de superficie, diseñados a imagen de antiguos buques de guerra y orgullo de la VIII Flota Imperial el-liana, contrastaban con la vulgaridad del terreno que tenían bajo sus quillas: un erial desértico en el que tan sólo sobresalían (si a eso podía llamarse sobresalir) unos objetos en forma de grandes percheros verdes que atentaban contra cualquier sentido del buen gusto y la estética. La flota, a excepción de los mencionados bombarderos, mantenía su impecable formación en una órbita baja de aquel desconsiderado planeta, en espera del informe de la tropa de reconocimiento.
 
Lloam-el estaba harto. El problema residía en la inmensa distancia que separaba su base espacial de cualquier planeta habitado. Para la flota, que se desplazaba a una velocidad cercana a la de la luz y de vez en cuando efectuaba saltos hiperespaciales, los viajes solían durar poco; pero, en realidad, cuando llegaba a su destino siempre habían transcurrido varios millones de años estándar locales.
 
—¿Es que nadie me va a explicar por qué siempre ocurre lo mismo? —continuó—. ¿De verdad no queda ningún planeta con la suficiente decencia como para ser arrasado de una manera digna?
 
—Tal vez sea voluntad de Ay-el —intervino el segundo oficial del buque insignia, un tipo de voz chillona a quien el almirante despreciaba en general y no sólo por su odiosa manía de entrometerse cuando nadie le había pedido su opinión.
 
Lloam-el no recordaba el nombre del oficial que había hablado. No quería saber nada de aquel individuo. Tal vez fuera por eso que pasó por alto su intervención, o quizá la ignoró para evitar volver a sufrir otro aumento de su tensión arterial, que le había dado problemas en algunas ocasiones, sobre todo cuando aquel imbécil se hallaba cerca. Su intención era ignorarlo, hacerle el vacío, condenarlo al ostracismo. La razón fundamental era que, antes de zarpar, a última hora y desde las más altas esferas le habían “sugerido” que lo llevara consigo como segundo oficial. Y la sugerencia incluía, en caso de negativa, ciertas alusiones a la posibilidad de dejarle (¡a él, Lloam-el, cuyos historial militar y hoja de servicios hacían temblar galaxias enteras!) en la reserva durante un tiempo indefinido.
 
—Dígame, capitán —precisó el almirante, dando la espalda al entrometido personaje—: ¿No hay manera de que nuestros científicos den con un planeta que aún esté habitado por seres medianamente inteligentes, o al menos capaces de armar un poco de jaleo cuando lleguemos? ¿Es demasiado aventurado procurar encontrar alguna civilización o raza hostil que podamos someter y esclavizar como Ay-el manda? O, al menos, ¿no sería posible por una vez, aunque sólo fuera por una vez, que si los analistas de vida alienígena no estuvieran seguros de sus cálculos, antes de comunicárselos al alto mando se los metiesen por el sacrosanto agujero del…?
 
—Así se habla, almirante —interrumpió la voz chillona de antes, a la vez que Lloam-el sentía hervir su sangre porque aquel individuo le estaba dando golpecitos en la espalda mientras continuaba—: Es lo mejor que he oído en mucho tiempo. Debería considerar dedicarse a la oratoria. Usted merece…
 
Pero el segundo oficial no pudo continuar con su labor de adulación. El capitán Taili-el, educado en la más rancia de las academias de caballeros del imperio el-liano y conocedor de la escasa simpatía que profesaba el almirante por aquel subordinado, atajó la muestra de entusiasmo de éste al mismo tiempo que eludía la última (y a su juicio poco decorosa) observación del líder de la expedición militar:
 
—Señor, eso ya lo hemos… uh… discutido en diversas ocasiones.
 
—De acuerdo, sí —prosiguió el almirante. No era de esos tipos que dejan un tema a medias cuando han comenzado a sacarle jugo—. Ya sé que todos los planetas lo suficientemente cercanos fueron invadidos al comienzo de nuestra expansión. Y que todas las civilizaciones que hemos localizado han tenido la maldita costumbre de alterar su clima al alcanzar cierto grado de tecnología, lo que a su vez ha provocado su decadencia y posterior extinción. Y que nuestra especie hubiera corrido la misma suerte de no ser por la célebre lluvia de meteoritos que cayó sobre el planeta El-el en tiempos inmemoriales, motivando la no menos célebre emigración a El-el 2. También soy consciente de que a nuestro regreso no será castigado ningún analista de señales porque todos los culpables ya habrán fallecido hace millones de años. En realidad le invito a sugerir algún cambio sutil en nuestra estrategia de invasión, más que nada para que podamos llegar a tiempo y encontrar una raza combativa, o al menos a sus descendientes mutantes.
 
—Me temo que no será sencillo encontrar una solución satisfactoria, señor.
 
—Pero, ¿de verdad no cree que podamos ponerle remedio a este problema? ¿Es que jamás podremos someter y destruir ninguna civilización antes de que ellos mismos ya hayan hecho nuestro trabajo? ¿No se les podría enviar primero un mensaje de paz, informarles del peligro que corren si su nivel industrial alcanza ciertas cotas de desarrollo, y entonces…?
 
—Eso ya lo intentaron los de la segunda flota con el sistema Oberon del sector cinco, señor. Y convendrá conmigo en que no dio muy buen resultado. En Oberon se originó una ecotopía que degeneró en varios fundamentalismos ecológicos enfrentados por sus diferencias acerca de la idoneidad del barbecho frente a la permacultura. Y su civilización quedó aniquilada en una guerra biológica antes de que la flota del almirante Meli-el pudiera someterla.
 
—Bueno —prosiguió el almirante (ya hemos dicho que era un tipo que no abandonaba con facilidad una vez que había abordado un tema)—. De todas formas, aunque no se tratara de seres inteligentes… Dígame, capitán —ahora su tono era de abatimiento—: ¿Cuántos años estándar llevamos navegando juntos?
 
—Ciento diez o ciento veinte, señor.
 
—Mucho tiempo. En fin, le confieso que a estas alturas ya no sueño con encontrar ningún planeta dominado por una civilización desarrollada; ni siquiera alguno gobernado por señores de la guerra o irreductibles amazonas. Tampoco considero indispensable para mi honor entablar combates encarnizados contra hombrecillos verdes dotados de poderes telepáticos. Pero al menos espero encontrar algo de resistencia procedente de formas primitivas de vida. Respóndame: ¿cuántos monstruos de ojos saltones, criaturas viscosas provistas de tentáculos o enjambres de insectos gigantes ávidos de sangre hemos abatido?
 
—Uno o ninguno, señor. Depende de si cuenta aquella vez que se escapó la mascota del teniente…
 
—No cuenta. Y tampoco hemos encontrado babosas parásitas chupadoras de mentes, ni simbiontes que se introducen en las naves después de haberse incubado en el tracto digestivo de algún incauto que husmeara sus huevos. Y es que nunca nos hemos topado con unas condiciones ecológicas adecuadas para estos tipos de seres; siempre encontramos planetas que han sufrido una desertización, y lo que esperaba era tener algún día en el punto de mira un gusano del desierto. ¡Pero jamás detectamos señales de ellos! Y no hablo ya de ésos, colosales, que podrían quedar bien en una foto como trofeos de caza. No. Me conformaría con uno pequeño, uno que pudiésemos guardar y llevar con nosotros como mascota. Eso bastaría para…
 
—Desde luego bastaría. Un gusano, aunque sólo fuera uno de esos pequeños, no de los más grandes.
 
No es necesario repetir cómo era la voz del individuo que volvió a intervenir sin que nadie se lo pidiera. Pero las que surgieron al unísono de las gargantas de sus superiores, ordenando su inmediata desaparición y poniendo a su vez punto y final a aquel diálogo, eran bastante más graves y enérgicas.

 
 
Dos horas después el capitán Taili-el se acercó, dando muestras de agitación, al lugar donde se hallaba el almirante. Éste no pasó por alto el nerviosismo del comandante de la nave, que indicaba que algo había ocurrido.
 
—Señor, ¡hay noticias de la patrulla de reconocimiento!
 
—¡Informe!
 
—Parece que ha habido… er… ciertas señales de resistencia en el planeta.
 
—¿Resistencia?
 
El almirante apenas mostró una sorpresa relativa, único gesto que podía  (y debía) esperarse de un alto mando de la Armada de Su Majestad Imperial ante la posibilidad de una batalla. Pero sus órganos vitales parecían pensar de otro modo, dando brincos en su interior, mientras su famosa presión arterial luchaba por encontrar un orificio de salida.
 
—Así es, señor. Uno de nuestros soldados de asalto ha resultado herido.
 
—¡Perfecto! —Los órganos vitales y la presión arterial habían triunfado.
 
—¿Le parece perfecto que uno de los nuestros haya sido herido? —preguntó el capitán, confundido.
 
—Ha dicho “perfecto”. ¿No ha oído? —replicó una tercera voz que ambos reconocieron de inmediato.
 
El segundo oficial se había deslizado con sigilo hasta las proximidades del lugar donde se celebraba aquella tertulia. Era consciente de que de otra forma nunca podría meter baza. Tenía ciertas sospechas de no ser muy bien recibido por el almirante, sospechas que surgieron cuando el propio Lloam-el le propuso capitanear la nave más alejada que perteneciera a la flota. Conviene mencionar que tal “ascenso” no era precisamente de su agrado, ya que en aquellos momentos la nave que disfrutaba de tan dudoso honor era cierto buque de suministros que tiempo atrás se había incrustado en un asteroide al que ahora acompañaba en su eterno vagar por el inhóspito cinturón de Tau-4, sistema en el que, dicho sea de paso, ya había servido durante el tiempo justo para averiguar cuál era el límite de la paciencia del oficial al mando. La orden de desaparecer de apenas dos horas antes no había hecho sino confirmar sus sospechas. Su primera intención había sido la de enviar un despacho urgente a aquellos que le habían “recomendado”, informándoles del desprecio de que era objeto por parte del almirante. Pero, al ser consciente de la invulnerabilidad que le proporcionaban sus “recomendaciones”, y dado que siempre había hecho gala de un carácter extrovertido, afable y desenfadado, una vez superado el enfado inicial no vio ninguna razón que le impidiera intentar congraciarse con su enojado superior; de ahí que intentara tomar parte en las conversaciones que sostenía éste… una vez más.
 
—Sí. Es perfecto —respondió el almirante, ajeno a las tribulaciones del segundo oficial y acompañando sus palabras con un movimiento enérgico del puño derecho—. Eso significa que al fin tendremos la posibilidad de desplegar nuestro magnífico arsenal. Oh, ya sé lo que piensan ustedes: deberíamos seguir los protocolos habituales, las directivas de Berimea-el; hay que respetar la Convención de Berimea-el en lo que concierne al exceso de artillería en casos de guerra desigual. Y la respetaremos, no lo duden. Ah, ya, y también está el delicado asunto de perder vidas de nuestros hombres, o el de tratar de evitar muertes civiles entre el enemigo. Bueno… procuraremos minimizar las bajas propias y los daños colaterales, no se preocupen. Y ahora —añadió, sin disimular su euforia—, ¡que hablen los cañones! ¡Que corra el plasma! ¡Dé la orden de atacar inmediatamente, capitán!
 
—Eerrr… —contestó Taili-el, dubitativo—. Uhmm… señor, no sé si…
 
—¿Cómo? ¿No ha oído mi orden?
 
—La he oído perfectamente, señor.
 
—Yo también —se sumó el segundo oficial, dispuesto a congraciarse con el almirante aunque fuera a costa de causar problemas a su capitán, por lo que añadió—: Y ha sido una orden directa. Sí, señor, bien directa…
 
—¡Usted cállese! Y usted, capitán, cumpla con su deber como militar y obedezca de inmediato.
 
—Verá, señor. No pretendo desacatar sus órdenes, ni dudo de su autoridad. Es que…
 
—Es que lo que usted quiere es dejar las letrinas de la sección de mercenarios mutantes anaerobios como los chorros del oro, ¿no es así?
 
—Verá… —Taili-el no pudo reprimir un escalofrío al escuchar la amenaza, pero tuvo arrojo suficiente para proseguir—: En realidad no sabemos si lo que ha herido a nuestro hombre es, lo que se podría decir, un enemigo inteligente. No sería conveniente ni recomendable emplearse a fondo cuando aún no conocemos la naturaleza de… Bueno, tal vez debiera relatarle los hechos con algo más de precisión.
 
—De acuerdo. Proceda, capitán. Cuénteme todo sin omitir ningún detalle. ¡Y luego comunique la orden de ataque o lo haré yo mismo!
 
—Pues lo que ocurrió —resumió el capitán, ya más calmado— podría describirse como un desafortunado incidente con un habitante de este planeta, que hirió, probablemente de forma accidental, a uno de nuestros soldados.
 
—¡Perfecto! ¡Al fin! —Sin duda, el almirante se encontraba exultante—. ¿Y qué clase de herida es ésa? ¿Qué armamento han utilizado? ¿Plasma? ¿Láser? ¿Condensado de materia oscura?
 
—Pinchos, señor.
 
—¿Pinchos?
 
—Pinchos.
 
—¿Se refiere usted a esas cosas afiladas que… pinchan?
 
—En efecto, eso parece. Según me han comunicado, nuestro soldado tuvo la idea de trepar a uno de esos objetos verdes que hemos visto antes y al abrazarlo sintió como si… bueno, es mejor que no repita las palabras que utilizó ese hombre, que sin duda no ha sido educado en el ambiente más adecuado.
 
—¿Y no vio antes esos… pinchos?
 
—Sí, le interrogué al respecto y me respondió que no pensaba que pudieran atravesar su traje.
 
—¿Entonces los “percheros” verdes son armas del enemigo? ¿O tal vez trampas? ¿No serán el propio enemigo?
 
—Lo desconocemos, señor. El resto de los hombres fue presa del pánico; todos abandonaron la formación y regresaron a la lanzadera.
 
—¿Huyeron? ¿Insinúa usted que nuestros hombres huyeron?
 
—El informe dice que la desbandada fue consecuencia de los aullidos de dolor de su camarada. No se les puede reprochar ese comportamiento, nunca antes habían entrado en combate.
 
—¿De verdad huyeron? ¿Abandonaron su posición y dieron la espalda al enemigo?
 
—¿Toda la tropa huyó?
 
Ahora era el segundo oficial el que interrogaba a su inmediato superior, dando muestras de apoyo incondicional al almirante. Y para no dejar lugar a dudas acerca de su indignación, asía al capitán de la solapa de su uniforme, atreviéndose incluso a zarandearlo.

 
 
Al día siguiente la superficie del planeta estaba calcinada. Una lluvia de rayos fotónicos, proyectiles nucleares, ondas de choque, radiación ionizante y condensados de plasma y materia oscura, procedente de una flota compuesta de decenas de millares de naves, había dejado aquel mundo raso como un pontón. La Armada Imperial había vencido. Pero, tal y como sugiere la lógica en cualquier estrategia militar, para que la victoria se pudiera considerar absoluta y el planeta tomado, alguien debía plantar una bandera y colocar una baliza de señalización. Esa misión se encomendaría a un hombre, elegido por sorteo entre aquellos que se presentaran voluntarios.
 
—Procedamos al sorteo, capitán —ordenó el almirante—. El programa de lotería del ordenador central servirá perfectamente. Los números se asignarán por orden de inscripción y…
 
—Me temo que eso no va a ser posible, señor.
 
—¿No hay ningún programa de lotería?
 
—Para ser precisos, no hay ningún voluntario. Al parecer se ha corrido la noticia del episodio protagonizado ayer por el batallón de reconocimiento. Tengo mis sospechas acerca del origen de las habladurías…
 
—No hace falta que me informe de sus sospechas, capitán. Supongo que estamos pensando en el mismo individuo.
 
—Es bastante probable, señor. El asunto es que ahora nadie quiere enfrentarse con la posibilidad de que, escondido bajo tierra y esperando a que algún incauto descienda, aceche algún monstruo de decenas de metros de alto y poderosas mandíbulas (según la versión más prudente de las que circulan); o alguno cuyo tamaño supere los cien metros y que, aparte de ser inmune a los proyectiles y a los rayos esté provisto de grandes garras y de una piel recubierta por una rara aleación y además dispare dardos que inyecten ácido urticante. Ésta parece ser la versión más aceptada, señor.
 
—Me hago cargo. Maldito hatajo de cobardes… ¿Propone alguna alternativa?
 
—Con todo respeto, señor, sí.

 
 
El azar intervino relativamente poco en el sorteo.
 
Lo justo.
 
O ni eso.
 
Quien disfrutó del honor de recibir la “invitación” para llevar a cabo tan importante misión fue el segundo oficial del buque insignia, que, según prometió el almirante, en compensación jamás volvería a ser reprendido ni por él ni por nadie.
 
El almirante cumplió su promesa.
 
No le costó hacerlo. No le costó nada en absoluto.
 
Aquella vez, cuando partieron de regreso, el regocijo de Lloam-el era evidente.
 
Parte de la tripulación se preguntaba si su satisfacción se debía al hecho de haber podido probar la eficacia del armamento el-liano.
 
Otros pensaban que era como consecuencia de los rumores, cada vez más insistentes, sobre su victoria contra unas enormes bestias alienígenas, asunto que algún día le convertiría en leyenda.
 
Desert, por Fraga
 
Pero el capitán Taili-el sospechaba que el almirante, de tanto en tanto, imaginaba la cara del segundo oficial, cuyo nombre nadie recordaba, al ver partir a la VIII Flota sin él.
 
    

“La ilustración a partir de la cual debía crear esta historia mostraba una flota naval de aspecto victoriano sobrevolando un desierto que por su flora debería estar localizado en México o en algún lugar al sur de los Estados Unidos de América. Imaginé a los personajes que tripulaban los buques de aquella armada como unos tipos alienígenas humanoides, bajitos y cabezones, ataviados con uniformes muy recargados, similares a los de los oficiales de la casa de Atreides en Dune. Además serían excéntricos, sin duda; incluso su lenguaje debería reflejar cierta afectación. Entre aquellas naves habría un buque insignia, donde iría el almirante, y ése me pareció el lugar idóneo donde centrar el desarrollo de la historia. Es la segunda vez que ‘cuenteo’ una ilustración, así que no ha resultado complicado cumplir la premisa. Por cierto, ¿no es lo que hacemos siempre? ¿No partimos de una imagen, aunque ésta sea mental, y la ‘cuenteamos’? Tal vez lo único que cambia en estos casos, lo que podría dificultar o restringir la libertad creativa, es que la imagen sea invariable. Pero la verdad es que el hecho de disponer de ella te da medio trabajo hecho.”

Federico G. Witt
    

“El relato de Federico G. Witt me resultó muy divertido. Quedé con la sensación de que había estado sonriendo mientras lo leía.  Con eso en mente, le tomé la palabra a su autor y quise reflejar ‘algo’ de lo que él mismo expone como experiencia:

‘Imaginé a los personajes que tripulaban los buques de aquella armada como unos tipos alienígenas humanoides, bajitos y cabezones, ataviados con uniformes muy recargados, similares a los de los oficiales de la casa de Atreides en Dune. Además serían excéntricos, sin duda; incluso su lenguaje debería reflejar cierta afectación. Entre aquellas naves habría un buque insignia, donde iría el almirante, y ése me pareció el lugar idóneo donde centrar el desarrollo de la historia’.

Ya de entrada me había planteado que se debía reflejar sobre todo lo de ‘ataviados con uniformes muy recargados’ y ‘excéntricos’. En el relato tenemos a tres personajes: Almirante Lloam-el (almirante del buque insignia), segundo oficial del buque insignia (‘un tipo de voz chillona a quien el almirante despreciaba en general y no sólo por su odiosa manía de entrometerse cuando nadie le había pedido su opinión’) y capitán Taili-el (capitán del buque insignia, ‘educado en la más rancia de las academias de caballeros del imperio el-liano y conocedor de la escasa simpatía que profesaba el almirante por aquel subordinado’).

Pasemos ahora a la construcción de los personajes. Para el personaje del segundo oficial me inspiré en la película ‘Blade Runner’. Como se recordará, J. F. Sebastian, un ingeniero genético de la corporación Tyrrel, acostumbraba a construir ‘juguetes genéticos’ para que lo acompañaran en su habitación de un viejo edificio venido a menos: The Bradbury. Uno de sus juguetes preferidos es un enano vestido de militar prusiano que lo recibe cada vez que Sebastian llega a casa. Este personaje me sirvió de inspiración para el segundo oficial. Con esto ya tenía también la forma ‘excéntrica’ como vestirían el almirante y el capitán.

Tanto al almirante como al capitán los imaginé con una espesa barba. Blanca para el almirante (para reflejar su experiencia al frente de la VIII flota imperial el-liana) y negra para el capitán (un tipo educado a la manera clásica). Me vino de perlas no agregarle barba al segundo oficial, porque así se nota más lo imbécil que es. Sí le agregué un bigote ‘en puntas’ al estilo Dalí para que se notara su excentricidad.

Como Federico G. Witt sitúa la acción en el puente de mandos del buque insignia era necesario imaginar cómo sería ese puente de mandos. Pensé en agregar controles, pero esto me parecía muy obvio. Preferí añadir pantallas de video que presentaran el panorama del planeta que los el-lianos iban a invadir. Agregué, además conexiones y tuberías que reflejaran esa excentricidad que debían mostrar sus tripulantes.

Listo. Ya tenemos los ingredientes. La cosa quedó de la siguiente manera: En el puente de mandos del buque insignia de la VIII flota imperial el-liana, el almirante Lloam-el y el capitán Taili-el discuten las acciones a seguir para destruir al enemigo que se visualiza en varias pantallas: los cactos del planeta a invadir. Al lado del almirante, se encuentra el segundo oficial con cara de idiota.

La cocina:

Empecé bosquejando a lápiz la escena. Luego que estuve satisfecho con el trabajo, pasé en limpio el dibujo y lo entinté. Luego lo digitalicé a 300 dpi para tener una resolución aceptable con la cual trabajar en el paquete de dibujo vectorial, CorelDraw.

El programa utilizado fue la Suite de CorelDraw 12 (favor leer el ‘cómo se hizo’ del relato de Carlos Morales, Las apariencias, para ver información valiosa sobre el programa utilizado). Aquí utilicé Photopaint 12, CorelTrace 12 y CorelDraw 12, en ese orden de ejecución.

Imaginé una portada de cómic. El título del relato de Federico G. Witt, Invasores, me sugirió utilizar texto extra para ‘recrear’ un poco más la escena. Pensando en la realidad política internacional de estos momentos, decidí utilizar el idioma inglés para dicho texto extra. ¿Quiénes son los invasores en estos momentos? Eso me llevó también a usar la estrella blanca de cinco puntas en los uniformes y en los cascos de los personajes, así como en el logotipo del cómic.

El otro programa utilizado fue LIghtWave 3D 9.2 con el que compuse las imágenes que se ven en las diferentes pantallas del puente de mandos. Puse esas imágenes en cada una de las pantallas de video y por último firmé el trabajo con mi correo electrónico.

El proyecto me llevó alrededor de 8 horas de trabajo. Espero que les guste.”

Ramón Siverio - Ilustrador
 
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