| Tan sólo una medalla, por Héctor Lese (cuento) |
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Cuento escrito por Héctor Lese Una verdad demasiado compleja, demasiado aterradora, sólo puede ser escondida detrás de una gran batalla, un juicio fallido y una falsa acusación contra el que ha visto aquello que no puede saberse. Me recuerdo en aquel escenario de holocausto mirando las naves cruzar el cielo del desierto: en realidad todo mi planeta Horus es un pedazo de suelo estéril; pero aquello sí que era el suplicio, las llamas del infierno anidaban en esa arena. La única respuesta de los jueces militares del Tribunal de Honor que valoraban si, en mi accionar en la guerra, habrían existido causales para un juicio es que estuve loco. Los extrahorusianos, para los jueces, no existieron. Por supuesto, me mandaron al hospicio para excombatientes, pero aquella tormenta la tengo presente como si fuera ayer: el fuego antiaéreo y aquellos aparatos como buques hidroalas, o tal vez ekranoplanos, de los aliens, que levantaban marejadas de sílice cuando pasaban a baja altura con sus cañones emitiendo virulentos rayos láser que trituraban hasta lo profundo el océano de arena. Ahora me pregunto muchas cosas pero sigo sin encontrar respuestas. Sin embargo, sé que la transformación del múltiple demonio magnético en el cuerpo de una prelada de piel negra —el magnetismo tiene una función preponderante en nuestra esencia— tuvo mucho que ver con el vuelo al infierno de la comandante capitán de navío Tsara Wittar —la horusiana más bella de la escuadrilla— y yo. La idea que tengo de los motivos extraños de todo eso es que ya los aliens tenían atrapado en un recipiente especial el hálito letárgico del mal y ahora iban por el del bien, ambos combinados serían colocados en un ser que convertirían en el Supremo Demiurgo Magnético. Pero no me hagan demasiado caso, según ellos, los que saben, los que mandan, yo era candidato firme para un psiquiátrico, nada más. Muchas veces me pregunto si no tenían razón. Estábamos allí sobre la tempestad —en medio del torbellino del combate entre las fuerzas de los rebeldes y las nuestras que respondían al mandato del Imperio— ella, la comandante Wittar con su aparato, un Raptor diseñado para medición de campos magnéticos y espionaje con ayuda satelital, y yo, con mi cazabombardero sirviéndole de apoyo de combate. Un campo de batalla en el arenal, lleno de blindados —la guerra en nuestro Imperio es cosa de siempre— y, en el firmamento, en la cerrazón abierta sólo por la tormenta eléctrica y los truenos, aquellos extraños aparatos aliens con forma de barcos con sus chimeneas, girando como abejas alrededor de un panal invisible. Esperando. También estaban todos los cadáveres allá abajo y yo adivinándoles su mirada fría. En esa guerra, tan infame como todas, en el cielo del desierto algo me detuvo: el Ser magnético inmortal. Era el bien. —Hor Us, tú puedes. Protégenos. Protégenos. —Yo escuchaba entonces aquella atronadora voz interior—. Quieren las partículas de luz de mi no vida para la esencia de esa mujer con oscuridad en la piel y en el alma. Aparecía como el fluir de mi conciencia, ¿en verdad alguien me hablaba? Sí —me digo ahora, cuando acordarme de ello no es conveniente—, tiene que ver con extrahorusianos. Alienígenas llegados a Horus en el principio de las eras, construyendo pirámides, apropiándose de los cuerpos de los antiguos habitantes. Alienígenas que regresaban por más, tantos siglos después: recuperar el alma magnética de un Ser superior. Una tarde, cualquiera, me dieron de alta de la clínica en la que mis ojos habían aprendido a no cerrarse, donde nunca llegaron las caricias, y tan sólo me quedaba un vestigio de amor a la vida que, al fin y al cabo, me permitió huir de la sinrazón total, desertar de la muerte. Y la historia —no tengo idea de cómo lo sé— en la que todo desaparece de repente es también la de los jerarcas militares que se suicidaron. Estoy seguro, aunque no tenga gollete la relación de una cosa con otra, de que la vieja prelada negra era el Demiurgo, pero nadie conoce su existencia real. ¿Fue malo lo de la clínica? Nada tan grave como haber renunciado a la razón, metido a presión en un aluvión de silencios. Estar tan solo, contemplando la nada, borrado todo vestigio de tragedia. Ser un muerto en vida, un arbusto. Como un desesperado me agarraba a esa tela de araña de pequeñas certidumbres que me retraían de mis obsesiones, en medio de las pesadillas que producían los calmantes. Aquellas tormentas interminables, rodeado por insectos de la arena, respirando suciedad en ese submundo de sombras. —Señor Almirante —yo escuché entonces—, tengo la frecuencia de resonancia que buscamos; nos llega nítida desde las profundidades del oasis. Le envío por satélite las coordenadas. Hay objetos voladores extraños. —Comandante Wittar, limítese a sus indicaciones y coordenadas —respondió con un bramido de búfalo el Almirante. Ser Magnético Inmortal, era el bien, para darle un nombre, no era una entidad pura, sólo una resonancia magnética. No-Ser Magnético Inmortal, otra resonancia de polaridad opuesta, era, en esa tesitura, el mal. Ambos atrapados en el cuerpo de aquella horusiana negra —esa es mi teoría— formarían, según el macabro plan de los aliens de la Casa Militar, el Supremo Demiurgo. No eran Dios y el Diablo pero se parecían mucho. —¡Denles duro, carajo! ¡Ya lo tenemos! —gritaba la bestia, nuestro almirante, desde la sala principal en los subsuelos de la Casa Militar. Las tropas aerotransportadas llegaban en grupo cerrado. La tormenta del desierto arreciaba en su máximo esplendor trágico. Los extraños aparatos, flotando a unos quince metros del suelo, continuaban enviando rayos que penetraban la superficie. Todos querían aquello que se ocultaba allí. —Señor, informo que los misiles que dispara nuestra flota caen en fuego fratricida sobre tropa propia. Solicito con la urgencia del caso una contraorden —grité por la radio salteando la escala de mando e interfiriendo ilegalmente la frecuencia. Tendría que haber llamado a mi portaviones, a nuestro jefe directo y él a su vez al subalmirante a cargo de la flota, y éste al almirantazgo en la Casa Militar. Y yo me cagué, y me cago en todos ellos. No hubo respuesta. En la Corte Militar la capitana de navío Wittar dijo, en su momento, que todo lo manifestado por mí eran puros inventos, que siempre estaba ebrio. —Es un perturbado de carácter patológico y el golpe de la caída agravó su mal. Todo esto del OVNI que brotó del desierto es un cuento absurdo que se ha imaginado —concluyó. —Capitana de navío Wittar —El fiscal era un feto mal parido—, nos interesa sobremanera su opinión respecto de la ebriedad del acusado. —Me duele decirlo pero el acusado es un militar y no cumplió mis órdenes. En cuanto a su forma de beber, ya está probado que es un enfermo y me limito a pedir a la fiscalía la opinión de una autoridad médica sobre su alcoholismo. Lo siento en el alma, pero era un individuo que tomaba mucho —mintió Tsara. A continuación leyó la fiscalía un informe de una autoridad médico militar. —En concreto la amnesia, la mala coordinación motriz, los cuadros de psicosis y demencia tienen mucho que ver con el alcoholismo crónico que sufre el acusado —había terminado afirmando el médico, sepultándome más. —Eso confirma mis dichos —dijo Tsara. Yo la miré a los ojos y no podía reconocer en esa bruja a la horusiana que alguna vez había amado. —Capitana de navío Wittar, este militar salvó su vida y la de cientos de horusianos, evitando con su acto que los misiles atómicos fueran disparados —dijo mi defensor en tono claro y concreto. Infierno total. El pozo insondable se había removido. Ser Magnético Inmortal quería huir. —Almirante, se observan movimientos subterráneos bajo la superficie. Un cráter en erupción —había dicho ella, lo recuerdo con claridad. Algo parecía emerger de la profundidad y se eyectaba entre toneladas de arena y fuego. —Subalmirante, prepare sus mísiles con cabeza atómica. Impida la huida de ese navío —Está probado que esa orden fue claramente emitida desde el Centro de Mando Militar Nacional al jefe de la Flota de Mar. Yo lo supe en el Pre-Tribunal de Honor. Además no podían juzgarme por ser un insano. Durante la batalla actué por instinto sin saber que aquella orden demencial había sido puesta en ejecución y que un enjambre de misiles de cabeza atómica había sido aprontado para ser lanzado desde sus bases flotantes. Los muertos del enemigo no se consideraban. Los de nuestros hombres serían el llamado margen de error. —Vuelvan a casa, su misión de localización magnética ha sido lograda —sonó escueto el llamado desde nuestro portaviones, ordenándonos regresar—. Eviten entrar en combate. —Acá, Capitana de navío Tsara Wittar Morris On, reportándose sin novedad —dijo la comandante, dando su nombre de casada, a propósito, y luego me ordenó—: Cuervo siete, regrese a madriguera. —Comprendido —le respondí. Entonces algo maravilloso e indescriptible surgió de las profundidades, emitiendo luces difusas en medio de la oscuridad y la tormenta. El gigantesco tubo brotó del desierto y flotó un momento suspendido en el espacio. Tenía el tamaño de un gran obelisco, desplazándose con extrema lentitud en sentido vertical. Los extraños aparatos se le fueron encima. —¡Se escapa! —advirtió la comandante. —¡Impidan su huida! ¡Tomen sus frecuencias! —vociferaba el almirante—. Cuervo siete, dispare. Impida a cualquier precio que se aleje. Hijo de puta, pensé, ahora te acuerdas que existo. —¡Se escapa, se escapa! —gritaba Wittar, histérica. —Comandante Wittar, atrape el campo de atracción de Ser Magnético Inmortal —resoplaba el almirante desde la Casa Militar con ladridos de perro sarnoso a las enormes pantallas con información satelital. Entonces mi Tsara, mi comandante, mi ex-novia, se sintió heroína, patriota y kamikaze. Se lanzó en picada a la velocidad máxima que daba su “comadreja”. Llevaba a bordo sólo un misil nuclear, pues la capacidad del Raptor estaba limitada por los instrumentos ultrasensibles y cámaras multidimensionales que transportaba. Seis de aquellos aparatos se echaron sobre ella a la vez que otros lanzaban sus rayos láser, o lo que fuera, al extraño objeto. Sospeché que en algún momento romperían el campo de protección. Tsara se arrojaba hacia una muerte segura con su misil atómico. Marqué en los disparadores los blancos posibles para salvar a la maldita comadreja en vuelo suicida. Conecté los lanzadores simultáneos. Todos sus misiles acertaron y los seis barcos estallaron en el aire como escupitajos de un dragón enfurecido. Tres más, aparecidos de pronto, iban por Tsara y el extraño aparato. Y otra vez la voz desde dentro de mí. Una voz ronca, casi ininteligible, me llamaba en un idioma lejano en el tiempo. Salía por mi boca aullante. Flotaba en el éter. Rebotaba en el plexiglás de mi cabina de comando, se metía en los intersticios herméticos del casco protector de mi armadura de piloto. Traspasaba el circuito de los audífonos, penetraba en mi cerebro. ―Hor Us, tú puedes. Protégenos. Protégenos. No ahorré metralla. Era un infierno de estallidos en el espacio. —¡Aléjate, Cuervo siete! ¡No te metas en esto, salva tu vida! Llevo una ojiva nuclear. ¡Lárgate, hijo de perra! —gritaba mi comandante. Otra vez cruzaba yo el sector de combate. Fue el respiro adecuado para los ¿tripulantes? de aquel navío interestelar, los segundos necesarios para su huída. —Gracias, Hor Us —repetía la voz, como un eco espectral. Según los abogados acusadores, fue una visión paranoica imaginada por mí debido a los reflejos de los rayos láser que iluminaban ese oscuro infierno de nubes tormentosas. ¿El estrés del combatiente? —me pregunto, casi patético, dudando de mis recuerdos. Lo cierto es que “aquello” se alejaba de la zona con un resplandor en su extremo inferior. —El muchacho es un héroe —afirmó el subalmirante a cargo de la jefatura principal de la flota—. Aborten la orden de lanzamiento de los misiles atómicos. —Maldito entrometido —me dijo la casi irreconocible voz de Tsara alejándose entre los ecos sonoros de las ligazones de interferencia de radio, producidos de repente por la tormenta. Y yo le había salvado la vida. ¿Ella estaba con los aliens? ¿Qué carajo era todo eso, si ellos la atacaron? ¿Dos bandos opuestos? ¿Uno el de la Casa Militar y otro el de las naves sobre el desierto? Dos horas más tarde, en los sótanos blindados de la Casa Militar, cuatro hombres del alto mando pasaron a la sala del Comité de Estado Mayor. Los cuatro hombres se suicidaron tomando veneno. Uno era el almirante. —Mis subordinados, que estaban conmigo en la guardia, pueden jurar que lo que voy a decir es verdad, aunque las cámaras de seguridad no captaron su imagen: una vieja prelada de piel oscura estaba con ellos. Nos mostró un permiso especial —declaró el oficial a cargo de la guardia del acceso—; oí que decía “hay que ocupar el espacio con almas”. Llevaba un tubo de bronce en la mano. Junto a mi presunta locura, este testimonio que no se pudo corroborar como cierto y que los fiscales pretendieron borrar evitó que me llevaran a juicio y la consiguiente pena mayor. Sólo se desquitaron dictándome la necesidad de un instituto psiquiátrico. Recuerdo haber visto en la pantalla que mi máquina sería el blanco de un misil. Era el momento señalado para saltar o pudrirme. Eyecté mi butaca antes de que todo fuera destrucción. Una trompada contra el viento. Un porrazo infernal. Conmoción cerebral grave. Aunque no lo recuerdo todo: yo era casi un vegetal cuando me sacaron del hospicio para prender en mi pecho la Medalla del Imperio al Valor en Combate. Y ahora que me dieron el alta soy un desocupado más, sólo un excombatiente. —¿Quién eres? —me pregunta la neuropsicóloga en las visitas externas de rutina—. ¿Hor Us, el halcón? —No… doctora —respondo. Aunque me siento ser, sin embargo, una profecía por germinar en el ovario de la eternidad. “Me impactó de inmediato el ver el dibujo y me puse a escribir. Primero quise desarrollar un tema sobre algún desierto de América, con personajes indígenas mayas. Luego cambié porque me daban más tela para gastar en la guerra del desierto las pirámides de Egipto y una mujer con poderes sobrenaturales presidiendo Norteamérica. Finalmente, en el reelaborado, siguiendo los consejos de Laura, puse los personajes en otro planeta, y las ideas tuvieron a partir de entonces mucho más vuelo. La imagen inspiradora y los consejos de los compañeros talleristas dieron como resultando ‘Tan sólo una medalla’; cambié el nombre inicial por éste a sugerencia de Paula.” Héctor Lese “El relato de Héctor Lese me encantó. Tiene imágenes muy poderosas de batallas que capturaron mi imaginación inmediatamente. Ramón Siverio - Ilustrador
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