| Naves sobre el desierto, por Erath Juárez Hernández (cuento) |
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Cuento escrito por Erath Juárez Hernández La curiosidad humana hace que sea imposible no ir a ver qué son esas naves de guerra surcando el aire sobre el campo mexicano y aterrizando suavemente sobre la arena. Don Filemón miraba incrédulo hacia el cielo. Lo que más le extrañaba era que ese día no había comido peyote ni bebido una gota de sotol, así que no se trataba de una alucinación. ¿Será que ese méndigo de Pancracio me está dando alcohol del noventa?, se dijo así mismo. Se restregó los ojos para estar seguro de que no fuera un espejismo. Un silencio sepulcral se apoderó del ambiente, no se escuchaban ni siquiera los cascabeles de las serpientes que por las tardes lo arrullaban. Lucifer, su fiel perro, echó a correr con la cola entre las patas y se refugió debajo de la vieja camioneta Ford. En las alturas, con la puesta del sol como fondo, barcos de guerra volaban sobre su cabeza. Como si fueran plumas de ave arrastradas por el viento, se posaron sobre la arena. Filemón contemplaba el espectáculo petrificado por el miedo. —Pero, ¿qué carajos será eso? —dijo entre dientes. Por fin pudo moverse. Corrió lo más rápido que le permitió su reumatismo en busca de su escopeta y municiones. Llamó a Lucifer pero éste no se movía de su escondite. Tuvo que arrastrarlo para subirlo dentro de la camioneta. Encendió el vehículo, el motor sonó como si tuviera tuberculosis, pero al final salió a toda velocidad rumbo a Desolación, el poblado más próximo de apenas cien habitantes que estaba a tan sólo diez minutos de ahí. ¿Desolación? Yo lo hubiera nombrado “Porquería”, pensó el viejo.Se dirigió a la estación de policía de aquel pueblucho. Entró directo a la oficina del Teniente López ignorando por completo a su asistente que miraba despreocupado una revista pornográfica. —¡Teniente, estamos siendo atacados! López lo miró extrañado, un poco sorprendido al verlo entrar de improvisto. —Oye, Filemón, ya ni la chingas, ¿qué no sabes tocar la puerta? —¡Nos atacan! ¡Se ha desatado la guerra! —No me digas que los tanques gringos cruzan la frontera. —Nada de tanques, son barcos de guerra. El día que crucen tanques por esa frontera, serán los nuestros para recuperar el territorio que nos robaron. El policía esta vez lo miró directo a los ojos, luego lo inspeccionó de arriba a abajo y se aguantó las ganas de carcajearse. —Estás pero bien pedo, ¿verdad, Filemón? ¿O comiste peyote? —¡Claro que no! Lo acabo de ver con estos dos ojos que algún día se comerán los gusanos. Hasta mi Lucifer estaba muerto de miedo. Le digo que hay naves atacándonos. —A ver si te entendí: ¿En pleno desierto? Mira, Filemón, no estoy para bromitas, si resulta ser uno de tus chistes te juro que… —Pues si no me crees ven a verlo por ti mismo. La camioneta de Filemón iba al frente. Detrás, a corta distancia, lo seguía la patrulla de López que, junto a su ayudante, había aceptado ir a investigar los sucesos, no sin antes amenazar al anciano con que lo iban a guardar a la sombra por una temporada en caso de que todo fuera una de sus ocurrencias. A medida que se acercaban a la cabaña, las naves se hacían cada vez más visibles. Filemón se rió al ver por el espejo retrovisor la cara de estupefacción de los policías. Pero la sonrisa no le duró mucho tiempo. Unas luces en el cielo lo hicieron frenar de golpe. La patrulla apenas y tuvo tiempo para evitar colisionar con el Ford del viejo. El objeto radiante se posó justo arriba de las naves. Los tres hombres salieron de sus autos y se refugiaron detrás de la camioneta. —¿Qué es eso? —dijo el ayudante. —Parece un OVNI —dijo Filemón —¿No que no eran naves espaciales? —gritó asustado López. —Ésas acaban de llegar, las otras lo habían hecho primero —aclaró Filemón, señalándoles hacia donde se encontraban. Justo detrás de un montón de cactus. —Tenemos que acercarnos a investigar —dijo López. —¿No será mejor avisar al gobernador? ¿Pedir refuerzos? —dijo el ayudante. —¿Estás loco? Lo primero que van a preguntar es qué fumamos —dijo Filemón que se asomaba por un lado. —Síganme. Esa cosa parece que se detuvo —interrumpió López. El sol terminaba por ocultarse y una terrible oscuridad empezó a rodearlos. Los dos policías iban al frente; cada uno empuñaba en una mano la linterna y en la otra el revólver. Filemón iba detrás de ellos junto con Lucifer, que no quiso quedarse solo. Avanzaban con lentitud por miedo a las alimañas del desierto. Se encontraban a unos cuantos metros de las naves, pero el OVNI había desaparecido. Ahora lo que más les inquietaba era el silencio, que no era al que estaban acostumbrados en el desierto; era como si todo hubiera callado, sólo se podía escuchar sus respiraciones agitadas. Se detuvieron al pie de uno de los gigantescos barcos de metal. —¿Hay alguien ahí? —gritó López. El eco de su voz rebotó por todas partes repitiéndose decenas de veces. Los tres se miraron sin saber qué decir o hacer. López intentó tocar la superficie metálica pero su mano la traspasó como si fuera agua. —Pero, ¿qué es esto? Parece como si fuera un proyección de cine —dijo López, que agitaba la mano como si quisiera descubrir el truco. De pronto el ladrido desgarrador de Lucifer los volvió a la realidad. Todos voltearon hacia donde se escuchó el alarido y sólo Filemón corrió angustiado hacia allí. Encontró el cuerpo del pobre animal lleno de sangre; quiso tomarlo entre sus brazos, pero se le deshizo en las manos formando en la arena un charco de fluidos y entrañas. Filemón empezó a descargar su rifle por todos lados, pero sólo fueron balas que se perdieron en el aire. El eco del ruido que provocó su arma retumbaba en sus oídos. —¡Salgamos de aquí, pronto! ¡Es una trampa! —gritó López. Fue tanto el terror que los dominó, que los tres huyeron en distintas direcciones. Filemón no podía creer lo que pasaba. Lloraba desconsolado por la pérdida de su fiel y único amigo. ¿Por qué?, se repetía una y otra vez. Es una pesadilla, tiene que ser una pesadilla, pensaba. Se había quedado a oscuras. Por más que intentaba ver, no lograba saber cuál era su ubicación. Tenía que llegar hasta su camioneta e irse lo más lejos posible de aquel infierno. Quienquiera que hubiera sido el que mató a su perro había utilizado las naves como señuelo para atraer a sus presas. Tenía que hacer algo antes de que más personas se acercaran a averiguar qué hacían esos barcos en medio del desierto. Se ocultó detrás de un enorme cactus y decidió que lo mejor era esperar a que hubiera un poco de luz para poder escapar. El cansancio lo venció y se quedó dormido. López llegó hasta un pequeño montículo de piedras y se resguardó tras ellas. Con su linterna iluminaba hacia todos lados, trataba de descubrir qué era lo que los atacaba. Su corazón latía a mil por hora y sentía como si quisiera salirle de su pecho. El silencio a su alrededor lo angustiaba aún más. No vio cómo por la arena se deslizaba un tentáculo que iba dejando un rastro de líquido viscoso. Cuando pudo reaccionar, se encontraba aprisionado por lo que al principio pensó era una serpiente. Sólo que ésta era enorme como una anaconda y mucho más fuerte que cientos de ellas. Se escuchó un sonido muy parecido al que se produce al aplastar una sandía. Los ojos de López salieron despedidos hacia la arena por la presión de la poderosa extremidad. Todos los huesos se partieron en mil pedazos. Por lo menos su muerte había sido rápida. El ayudante de López corrió en dirección contraria de los demás. Tantos años sin ejercitarse le pasaban factura. Su ropa estaba húmeda de sudor y de quién sabe qué más, pero en esos momentos lo que más importaba era sobrevivir. Arrastraba los pies como si tuviera plomo en las botas. Hasta que vio algo que lo dejó paralizado. Se encontró con una majestuosa estructura oval hecha de un material plateado mucho más brillante que el platino. Flotaba sobre el suelo como a diez metros de altitud. Un poderoso haz de luz salía de su centro y bañaba la arena. Se acercó para tocarlo… Cuando recuperó la conciencia estaba sobre una plancha metálica, tenía tubos incrustados por todo su cuerpo y lo cegaba una luz. Sentía mucho dolor. Gritó. Quiso mover sus manos, pero no le respondieron. Escuchó un sonido que le hizo recordar el aserradero de su pueblo. De reojo vio un brazo mecánico plateado con una sierra en la punta acercarse a la pierna que le quedaba. En su superficie se reflejaba el muñón que quedaba donde alguna vez tuvo la otra extremidad. Un chorro de sangre le salpicó la cara y fue lo último que sintió. Un ruido extraño despertó a Filemón; parecía que algo se arrastraba directo hacia él. Salió de su escondite y echó a correr sin dirección alguna. No había amanecido, por lo que la visibilidad seguía siendo escasa. Chocó de frente con un cactus, provocándose dolorosas heridas. Su cuerpo se parecía al de un puercoespín. Lo que lo perseguía estaba muy cerca de él. Escuchaba que algo se movía a gran velocidad sobre la arena. Con mucho cuidado, tomó su escopeta y apuntó hacia el lugar de donde provenía el sonido. Las heridas provocadas por las espinas sangraban profusamente y el dolor que sentía ya no lo dejó moverse. Un extraño ser parecido a un calamar gigante lo tenía acorralado. —¿Qué chingados eres? ¿Qué deseas? De lo que parecía ser la boca de aquel monstruo salió un órgano tubular. A Filemón le recordó a los mosquitos. Se le acercó hasta quedar a tan sólo centímetros de él. Sintió un fuerte dolor de cabeza y luego escuchó muy claro que alguien le hablaba. El ser se comunicaba por telepatía. —Humano, prepárate a morir. —¿Por qué carajos nos hacen esto? —gritó asustado. —Necesitamos sobrevivir. Nuestro planeta ha sido destruido por el impacto de un asteroide por lo que necesitamos el suyo. —¿De cientos de millones de lugares que hay en el pinche universo tuvieron que venir a México, carajo? —Es porque es muy parecido a mi planeta Qundo, pero lleno de alimento. —¿A quién se le ocurrió lo de las naves? Dígale de mi parte que es un cabrón. —Sabemos que son curiosos por naturaleza. Fue idea del Gran Cerebro. —No se saldrán con la suya. Pelearemos. ¡Viva México, cabrones! —Eso está por verse. Filemón alzó el rifle y le apuntó al ser, pero no tuvo tiempo de disparar. Sintió un aguijón que le penetró por la cabeza. Le succionaron los sesos. En otra parte de México, alguien miraba atónito las noticias en la televisión. En las principales ciudades del planeta se reportaban apariciones de naves de guerra en el cielo. Se hablaba también muertes extrañas en París y en Londres. En ese momento transmitían en vivo el aterrizaje de una de las naves sobre el Zócalo de la Ciudad de México. Miles de personas se acercaban a mirarlas de cerca sin saber lo que les esperaba. El que miraba la tele la apagó aburrido. Ya no saben qué inventar para tener más rating, pensó. Se asomó por la ventana y descubrió una gran nave estacionada frente a su casa… “Me gusta hacer cuentos a partir de imágenes, pero ésa en especial fue muy difícil. Al final, no sé por qué, pero me recordó un poco a la escena de una película de los 80´s, y de ahí surgió un cuento al mero estilo de las películas de extraterrestres de antaño. Espero que el autor de la imagen no se haya sentido defraudado.” Erath Juárez Hernández “Me encantó el relato de Erath Juárez. Tiene un estilo muy cinematográfico. La entrada me pareció efectiva y desde un principio me encontré con tres elementos que me recordaron el libro ‘Señales en el camino’ de Roger Selaznyc: una vieja camioneta Ford, un perro fiel de nombre ‘Lucifer’ (amo los perros) y Don Filemón, un personaje pintoresco del noroeste mexicano. Ramón Siverio - Ilustrador
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