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lunes, 08 de febrero de 2010
 
 
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Rojo Rubí, por Yoss (cuento) Imprimir E-Mail

Cuento escrito por Yoss (invitado especial)

¿Es la Señora del Placer una diosa o un pérfido demonio? Solomon tendrá que vérselas con ella para averiguar quién de los dos saldrá victorioso de ese encuentro dulce y terrible a la vez.

Para Susana Sussmann: física, escritora, editora, ¿amiga…?
Para Han Solo y Robert E. Howard

 
 
Rojo Rubí, por Ramón SiverioMuchos la conocen como Señora del Placer. Y creen, a la vez con lujuria y respeto, que más allá de su apariencia multiforme, pero siempre joven, es tan antigua como el Universo mismo, el último vástago de una raza poderosa e ignota que en tiempos inmemoriales dominó las galaxias para desaparecer luego en terribles hecatombes o tal vez en una larga decadencia similar pero muy anterior al Ocaso Humano y sus Siglos Tristes…

Para la mayoría de los hombres, que viven existencias monótonas sin nunca atreverse a mirar más allá de su sombra, Ella, aunque también puede ser Ello, Ellos, Eso o incluso Aquello, es sólo uno más de entre los muchos monstruos míticos que pueblan las encrucijadas del vasto cosmos. Un ente extraño y perturbador, ajeno e inalcanzable.

Pero, para los otros, los pocos que siempre buscan el reto con miradas inquietas, Ella es Lo Irresistible, La Tentación Definitiva, el Desafío Final, a la vez el Gran Premio y el Supremo Castigo.

Hay quien dice que es en extremo inteligente; otros, como los agentes de Reconstrucción, le niegan todo raciocinio y creen que sólo reacciona a los cambios en su ambiente, como una planta, un hongo o un infusorio. En cualquier caso, no es una diosa, aunque muchas veces ha sido adorada como tal. Tampoco un demonio, aunque la maldigan millones, tanto quienes no fueron considerados dignos de encontrarla como esos otros, mucho menos numerosos, que llevan la marca inconfundible e indeleble de tal encuentro… generalmente con más vergüenza que orgullo, aunque de todo hay en la galaxia.

Ha sobrevivido a explosiones nucleares, terremotos y otros cataclismos similares, pero no es inmortal ni indestructible… al menos no mientras se está alimentando y otorgando su don y maldición. Pero, por suerte o desgracia, ninguno de los miles que se han propuesto librar al cosmos de su presencia ha logrado jamás reunir el autocontrol necesario para golpearla en ese breve instante de vulnerabilidad.

Todavía…

Muchos la conocen como Señora del Placer… pero muchos más, quizás aludiendo a la forma del signo que la distingue, lo mismo que a quienes han saciado su eterna hambre y recibido a cambio su regalo y maldición, prefieren llamarla simplemente Rojo Rubí…




En Shan-Kien o Aldebarán III es la pausa para almorzar del mediodía, y el tráfico peatonal un río de cuerpos que fluye a través de Xin-Ju, la mayor avenida de la antigua capital del Imperio de los Siete Soles: Mao-Xien, una urbe que, aunque muy venida a menos durante los Siglos Tristes, sigue siendo una de las mayores del Dominio Humano.

Sin embargo, la corriente viva respeta y evita cuidadosamente la pequeña rotonda de cabinas teletransportadoras. Quizás porque la protege un anillo de Guerreros Forjados, inmóviles como gárgolas de bronce, pero perpetuamente dispuestos a metamorfosearse en tornados imparables de fuego y furia, si fuese necesario.

Entretanto, con las armas listas y sus inmensos corpachones que las armaduras de combate hacen aún mayores, incluso sin moverse resultan suficientemente intimidantes para que los ciudadanos comunes no se les acerquen demasiado.

Ocasionalmente alguien se separa del denso torrente de transeúntes de Xin-Ju y se acerca a los colosales soldados genéticamente modificados con el brazo en alto, para que los escáneres de sus yelmos puedan leer los datos de su chip de identificación y créditos y acto seguido comprobar que no lleva armas o detonadores de energía.

En caso contrario, la orden que ha dado a los Forjados el gobierno de Shan-Kien, la Cámara de los Ocho Diamantes, es clara y estricta: golpear o disparar primero, preguntar después… si queda a quien hacerlo. La guardia de élite sólo permite atravesar sus filas a quienes demuestren, fuera de toda duda, tanto que no amenazan la integridad del sistema TP, como que pueden pagar la carísima teleportación y están autorizados a emplearla.

Ninguna precaución es excesiva. En los últimos meses los atentados suicidas del fundamentalista y reaccionario FHGNPB (Frente Humano Galáctico de Negación del Pasado Blasfemo) se las han arreglado para destruir demasiadas de las pocas telecabinas que quedan en la galaxia como para arriesgarse a relajar las medidas de seguridad. Perdido el secreto de la tecnología de su fabricación durante el Ocaso, cualquier componente del sistema de transporte más rápido a través de la galaxia resulta irremplazable… y por eso mismo valiosísimo.

Al otro lado del anillo de guerreros gigantes, varios fuyedas se encargan de recibir a los diversos recién llegados y ayudarlos a entrar en las tres cabinas que han reservado durante dos horas para su uso exclusivo, a un precio astronómico.

Pese a su estructura antropomorfa, otras características como su elevadísima estatura, su piel violeta, sus enormes ojos dorados y el rombo cristalino y carmesí que llevan orgullosamente entre ellos, vuelven definitivamente impropio llamar hombres a los hijos del planeta Fuye; cuando más, humanoides. Todos visten amplios ropajes de un escarlata tan intenso que casi hiere los ojos: el color que los distingue en toda la galaxia como miembros de la última generación de acólitos semisecretos de la Señora del Placer… Rojo Rubí.  

Sin siquiera mirar a los fuyedas, justo en la frontera entre el ajetreo de la calle y la relativa tranquilidad de la isla, dos hombres conversan en voz baja.

La cabeza del más alejado de las telecabinas llega hasta la cintura del inmenso Guerrero Forjado; medirá, por tanto, poco menos de dos metros de altura. Es delgado y por sus movimientos se adivina nervioso y ágil, casi hiperkinético. Pero nada más puede saberse de él; ni edad, ni raza, porque el neutritraje convierte sus facciones y ropas en un impreciso, irreconocible manchón negro.

Solo usan el neutritraje los agentes de Reconstrucción en servicio, y los peatones evitan rozarlo al pasar del mismo modo prudente que lo hacen con los titanes Forjados. O tal vez con mayor aprensión aún.

Su interlocutor, por el contrario, es un hombre tan pintoresco que ni en la multitud más nutrida podría aspirar a pasar inadvertido… suponiendo que alguna vez pretendiera tal cosa.

Aunque de estatura apenas mediana, posee la apostura a la vez atléticamente relajada e insolentemente alerta que distingue a los gatos y a algunos avezados hombres del espacio. Sus facciones, finas y regulares, podrían incluso considerarse atractivas de no ser por esa chispa a medio camino entre locura y frialdad que danza en sus grandes y oscuras pupilas. Pese a su sonrisa afable, se capta a la primera ojeada que no es del tipo de hombres con los que se puede uno equivocar impunemente. Todo él exuda peligro.

Contra la costumbre de los astronautas, va pulcra y totalmente afeitado, y ninguna argolla indicadora de travesías exitosas adorna tampoco los lóbulos de sus intactas orejas. Cubre en cambio su frente con un viejo pañuelo que alguna vez fue negro, estampado con calaveras grises, que ya no blancas, y que fracasa en contener la cascada de indómitos cabellos cuyo color noche no mancha ni una sola cana, pese a que su dueño ya está más cerca de los cuarenta que de los treinta y las arrugas en su rostro dicen bien claro que nunca se ha permitido frivolidades como la cirugía cosmética ni mucho menos la terapia de regeneración celular.

Otra calavera plateada pende de su cuello y, engarzadas en sendos anillos, otro par aún adorna sus dedos cordiales. La melena inverosímilmente oscura le cae sobre los hombros de la única prenda con que se cubre el torso velludo y musculoso, aunque todavía muy lejos de la grotesca hipertrofia de los culturistas dopados con anabólicos. Es una simple chaqueta de cuero negro de los Exploradores, de un modelo ya hace años en desuso y muy ajada, las mangas cortadas a ras de los hombros, las iniciales S.S. bordadas en plata en la solapa izquierda y otra pequeña calavera metálica brillando en la derecha. Tatuajes gemelos en espiral del mismo servicio adornan los bíceps a la vez gráciles y prominentes de sus brazos desnudos, cuyos antebrazos quedan casi por completo ocultos bajo un par de largos brazales portacuchillas de plástico y metal, idénticos a los que usan los gladiadores araxas.

El hombre es un arsenal viviente; como si no le bastara con el par de hojas cortantes retráctiles que deben ocultar sus brazales, tanto de su ancha faja como de múltiples cartucheras ad hoc y hasta de los diversos bolsillos de su pantalón militar (con el holocamuflaje inservible o, al menos, desconectado) y de las cañas de sus altas botas de desembarco asoman un par de sais niqueladas, dos lanzadardos, una pistola neuroparalizadora y por lo menos media docena de puñales u hojas cortantes arrojadizas de diversos tipos. Lleva además casi dos metros de cadena arrollados a la cintura… y esas son solo las armas visibles.

Por supuesto, no porta ni desintegradores, ni máseres, ni pistolas de pulso, ni mucho menos granadas de impacto. Nadie en su sano juicio lo haría para teleportarse. Los celosos guardias Forjados nunca permitirían que alguien pertrechado con armas o explosivos de energía capaces de dañar las telecabinas atravesara su cordón.

—Fuiste muy imprudente acompañándome, Menisco —dice el hombre del espacio con una curiosa sonrisa, a la vez irónica e inocente—. Ahora todos esos fuyedas me han visto hablando contigo. No creo que acepten llevarme a su mundo secreto ni por un millón de créditos… aunque tampoco tenía grandes esperanzas de pasar esa misteriosa Doble Prueba y que ese monstruo de Rojo Rubí me escogiese a mí para su noche de placer entre todos los candidatos posibles. Ni mucho menos de que, aún si eso sucediera, lograra hacer lo que me pides. No tengo opción, lo sé, me atraparon con una carga de cristales de wolframio suficiente para cubrir las necesidades de un pequeño planeta durante un año, y no es mi primera falta. Así que es esto o la cárcel y el borrado de memoria… Pero todavía no entiendo bien por qué me elegiste para esta misión.

—Cómo te gusta hacerte el modesto —suspira el agente de Reconstrucción, y el neutritraje vuelve tan anodina e irreconocible su voz como sus facciones y su silueta—. Porque conoces a cabalidad decenas de antiguos y modernos estilos de pelea, humanos o no, lo que te convierte en uno de los mejores luchadores a mano limpia del Dominio Humano. Porque sabes manejar cientos de armas arcaicas o exóticas y hasta las que nunca has usado parecen revelarte al instante sus secretos, como dicen que les ocurre a ciertos músicos virtuosos con cada nuevo instrumento que tocan. Y como si eso no bastara, porque, aunque finalmente hayas caído en nuestras redes, eres también el más hábil contrabandista que nunca haya perseguido Reconstrucción…

—No creo que mis habilidades como transportista ilegal me sirvan de mucho con los fuyeda o con la Señora del Placer. Ni que pueda ganarle tan fácilmente a uno de estos —ironiza el Explorador, señalando a uno de los inmensos Forjados.

—¿Dudas? ¿Ahora? ¿Tú? —se asombra sarcástico el hombre enmascarado por el neutritraje—. ¿Solomon Sussmann, el niño que fue criado por los cánidos racionales de Canem cuando fue el único sobreviviente del aterrizaje de emergencia de la nave de sus padres en la helada estepa del planeta? ¿Sussmann, el más célebre de todos los Exploradores renegados y convertidos en contrabandistas del espacio? ¿Sussmann, alias “glaciar de lava”? ¿Más frío que el hielo y más apasionado que el fuego? ¿El hombre al que tanto le gusta decir que es más fuerte que los que son más ágiles que él, más ágil que los que son más astutos que él, y más astuto que quienes lo superan en fuerza?

—No te creas todas esas bravatas de cantina. Sólo soy un humano, por bien que sepa pelear —se justifica Sussmann, con una sonrisa torcida—. Y, además, un humano con muy pocas probabilidades de sobrevivir a esta misión desde que esos acólitos humanoides me han visto hablando con un agente de Reconstrucción.

—Despreocúpate: no tienen micrófonos ni intensificadores sonoros. No pueden saber lo que hablamos. Y, por paranoicos que sean, esos fuyedas no sospecharían de ti ni en mil años; lo mejor de tu leyenda como capitán contrabandista es que es cien por ciento verdadera. Y, como bien sabe toda la galaxia, nosotros no solo perseguimos terroristas reaccionarios opuestos al espíritu de la Reconstrucción, sino que también vigilamos de cerca a los delincuentes que empiezan a destacarse demasiado… Como tú, por ejemplo.

—Igual sigue sin gustarme que me despidas en persona —gruñe Solomon.

—Entonces considera que sólo estoy aquí para reforzar tu fachada. Te admitirán y entonces, gracias al localizador orgánico que llevas implantado junto a tu corazón, sabremos al fin dónde está escondido ese maldito mundo de Fuye con todas sus pintorescas y derrochadoras naves-ciudades flotantes, podremos invadirlo… y, sobre todo, saquearlo.

—Suenas más como pirata que como agente de la ley —observa Sussmann, divertido—. ¿No se supone que el contrabandista y bandido del espacio soy yo?

—En todo caso, en esta misión serías corsario. Tienes nuestro visto bueno. Además, no se trata de piratería sino de simple justicia. La Reconstrucción necesita desesperadamente la mayor cantidad posible de tecnología de antes del Ocaso. No es justo que esos supersticiosos humanoides tengan más generadores antigrav funcionando para sostener sus malditos museos flotantes que los que quedan en activo en todo el resto de la galaxia —explica pacientemente la sombra oscura e imprecisa que es el agente Menisco—. Volviendo al grano: recuerda que, adopte el aspecto que adopte, ese demonio siempre tendrá ese rombo semitraslúcido y carmesí en la frente. Suponemos que es su núcleo, su ganglio central, lo que sea… Su punto débil, en todo caso. Golpéala ahí, ya sabes. Y tampoco olvides que sólo podrás hacerlo con probabilidades de éxito justo en ese momento… Si te adelantas, ni siquiera la arañarás, y si te atrasas… ya sabes lo que te espera.

—Pasar el resto de mi vida convertido en un absoluto eunuco mental como todos ésos —Sussmann señala despectivo con un hombro a los acólitos fuyedas de rojas vestiduras—. Y ellos, al menos, eligieron serlo…

—Pero confiamos en que lo harás bien —suspira Menisco—. Si hay algún humano capaz de hacerlo, ése eres tú: el contrabandista tramposo, el niño criado por lobos inteligentes...

—Basta, Menisco. Si no hablaras tanto, tal vez me habrías atrapado antes… —El Explorador se encoge de hombros nuevamente, ahora mirando de reojo hacia las tres cabinas TP momentáneamente vacías, pero en torno a las cuales los acólitos fuyedas aún se arremolinan como inquietas avispas rojas—. ¿Sabes algo? No me trago eso de reforzar mi fachada. ¿Por qué insististe tanto en venir? Y no me digas que de tanto perseguirme has acabado por cobrarme afecto, porque podría incluso creérmelo.

—Afecto ni afecto. Déjate de estupideces sentimentaloides. Tenía que recordarte lo importante que es esta misión —Ahora es el agente de Reconstrucción quien se encoge de hombros. O al menos así parece, porque su neutritraje deforma curiosamente el gesto—. Hay que eliminar a toda costa a ese monstruo. Su leyenda está creciendo demasiado… lo mismo que el número de sus adoradores. No queremos más mito que el nuestro. Incluso tratándose de fe, la libre competencia es mala; el monopolio se impone. Además, ¿no dicen que matándola se liberará a todas sus víctimas de su maldición?

Solomon Sussmann lo mira de hito en hito, su incalificable sonrisa brillando más enigmática que nunca en sus labios.

—Vamos, Menisco, pudiste inventar algo más verosímil. Ni tú mismo te crees eso de liberar a esos pobres eunucos. ¿Conque temen de veras que esa Rojo Rubí pueda hacerle sombra a Reconstrucción? ¿No será que te impulsa otra razón más personal? Como, por ejemplo, la venganza…

El gesto de Sussmann, simultáneo con su última palabra, es casi inhumanamente veloz. Y su sai, brillante plata silbando en el aire, corta la capucha del neutritraje de Menisco a la altura de su sien derecha. El tejido hendido se abre como la cáscara de un fruto demasiado maduro, revelando debajo la sonrosada piel humana… y algo más.

—¡Mierda! ¿Qué haces? ¡Pudiste matarme con esa cosa! ¿Te has vuelto loco o qué? —aúlla el sorprendido agente de Reconstrucción, intentando volver a cubrir el lado de su rostro… demasiado despacio y demasiado tarde para impedir que Solomon distinga el traslúcido rombo escarlata que brilla entre su ojo y su oreja derechas— Sussmann, hijo de la gran puta... —masculla furioso el funcionario, comprendiendo al fin el sentido del inesperado ataque de su astuto interlocutor.

—No insultes a mamá, hermanito Menisco —ríe ásperamente el exExplorador, devolviendo con parsimonia la sai a su sitio en la faja—. ¿Conque tú también caíste ante la Señora del Placer? ¿Te enviaron o fuiste por decisión propia? Bueno, lo mismo da: mis saludos para tu esposa… Ahora entiendo el por qué de toda su amabilidad conmigo. La buena señora convertida en ninfómana por la vista del viril y simpático delincuente… Menos mal que nunca me lo tragué. Aunque claro, con un marido como tú…

—Si vuelves te mataré… —masculla Menisco, resentido. Pero acto seguido rectifica—: No, no “si” vuelves; cuando vuelvas, te mataré…

—Eso, si te deja tu esposa. ¿Quién sabe? Tal vez la señora quiera otra dosis de mi medicina —sonríe sarcástico el Explorador—. Adiós, y esperen mi señal. Puede que me tome mi tiempo para matar a esa Rojo Rubí —tras lo que, dando media vuelta, alza el brazo y atraviesa sin el menor problema la inspección de los Forjados.

Los acólitos fuyeda lo reciben sin afectar la menor sorpresa y lo ayudan a entrar en una de las telecabinas sin tampoco pedirle que entregue ninguna de sus armas.

—Sussmann… Eres un hijo de puta como no hay dos —rezonga de nuevo el agente Menisco, mientras lo ve marcharse con destino para él desconocido—. Por eso mismo eres tan valioso. Mucho me temo que si matas a ese monstruo perverso tendré que perdonarte lo de mi esposa, así como Reconstrucción tus demás fechorías. Aunque todos creamos que esta galaxia estaría mucho mejor si murieras… convenientemente después de cumplir la misión, claro.



Los supersaguaros brotan de las arenas parduzcas como titánicas torres vegetales. Las cúspides verdes, espinosas y sin hojas de los cactus mayores y más antiguos casi rozan el fuselaje del odonóptero, aunque el pequeño aparato se desplaza a unos trescientos metros de altura.

Sujetándose al pasamano para resistir mejor la incómoda vibración que generan las cuatro largas y estrechas alas móviles del vehículo volador con forma de libélula, Solomon Sussmann observa el exótico paisaje por uno de los amplios ventanales.

Tiene bien presente el hecho que, aunque él sea solo un colaborador ocasional independiente y no un agente de número, igual es el primer hombre de Reconstrucción que visita Fuye, uno de los planetas de más secreta ubicación en toda la galaxia… Y por eso mismo aparenta el más aburrido desinterés. Se lo hace algo más fácil el que el panorama, pasada la impactante impresión inicial, resulta en realidad bastante monótono… a la vez que tristemente familiar para cualquiera que, como él, haya viajado un poco por la galaxia llena de planetas que la larga incomunicación de los Siglos Tristes dejó aislados a su propia suerte.

Para Sussmann, Fuye es solo el enésimo mundo abandonado a sus propios recursos y que perdió su biosfera terramorfa por la guerra o la contaminación. Por lo menos en éste el suelo, aunque arenoso y agostado, nutre a los inmensos cactus mutantes. Aunque no hay más vegetación. Ni montañas, ni barrancos. Solo supersaguaros y dunas de arena. Aquí y allá rompen la uniformidad marrón del desierto planetario montones informes de ruinas. ¿Ciudades? ¿Fábricas? Restos fósiles de un pasado de prosperidad,  obviamente abandonadas largo tiempo atrás, quizás desde el mismo Ocaso.

La única huella de actividad inteligente en el Fuye actual hay que buscarla en los cielos, de un puro azul que no mancha ninguna nube. En las miríadas de gigantescas estructuras, todas similares, que los surcan mayestáticas. Sostenidas por los valiosos generadores antigrav cuya compleja tecnología de fabricación se perdió ¿para siempre? durante los largos Siglos Tristes, las famosas naves-ciudades de los fuyedas recuerdan algo a los barcos de los antiguos mares terranos. Tanto a las patanas de carga, por su perfil anguloso, masivo y en absoluto aerodinámico, como a los buques de guerra, por sus cuatro chimeneas, altos mástiles de comunicaciones y sobre todo por las torrecillas giratorias erizadas de armas que brotan de los lugares más inesperados de sus macizos fuselajes, concediéndoles un aire curiosamente ominoso.

De reojo, el Explorador observa a sus compañeros de viaje. Ejemplifican a la perfección la sorprendente diversidad humana que produjo el largo y casi total aislamiento entre los antiguos mundos coloniales. Separados por las inmensas distancias del cosmos, con todo intercambio físico o siquiera de datos vuelto dificilísimo por el colapso de las comunicaciones hiperlumínicas, obligados a sobrevivir en planetas con gravedades, atmósferas y otras características muy distintas, ya fuese por pura evolución o modificación genética voluntaria, los hombres se fueron paulatinamente diferenciando en multitud de fenotipos locales… y algunos, como los fuyedas, tan exóticos que apenas si se les puede considerar humanos.

Es solo en los últimos dos siglos que, gracias a las hipernaves o las telecabinas recuperadas por Reconstrucción, los hijos las múltiples culturas humanas se han reencontrado…  y para descubrir demasiado a menudo que se han vuelto tan extraños unos para otros como si todos fuesen alienígenas.

Ni siquiera Solomon Sussmann, que tanto cosmos ha recorrido, es capaz de identificar a todas las variedades humanas representadas en el pequeño grupo de aspirantes a los favores de la Señora del Placer.

Como él mismo, todos usan de una u otra forma las distintivas túnicas rojas que les entregaran los acólitos fuyedas de la diosa. Aquellos dos son Forjados, inconfundibles con sus cuatro metros de musculosa altura y sus piernas como columnas. Más allá hay tres kobolds, de apenas un metro de estatura por casi otro tanto de ancho, resultado patente de los 2,4 g de Thoraida. Y aquella criatura de piel verde y escamosa, agallas en los lados del cuello y aletas plegables es inequívocamente una nereida anfibia de Atlantis…. Pero, ¿qué es y de dónde viene ese ser delicado y grácil cuya piel cambia de color a cada instante? ¿Qué mundo produjo a ese pigmeo de menos de veinte centímetros y movimientos tan rápidos que cuesta hasta seguirlos con la vista?

Sussmann suspira y vuelve a concentrar su atención en el árido paisaje que sobrevuela el odonóptero de enlace. Habían llegado al planeta a través de una cabina TP ubicada en el corazón de una de las naves-ciudades flotantes y, por supuesto, no se quedaron allí. Le gustaría saber a dónde se dirigen, pero comprende que el exceso de curiosidad puede costarle caro, así que ni siquiera lo pregunta.

Sin embargo, la suerte parece favorecer su curiosidad; uno de los fuyedas que sirven de la Señora del Placer se acerca a él, y con evidentes ganas de conversar, lo interpela:

—Son hermosos, ¿eh?

—¿Las naves o los cactus gigantes? —inquiere el Explorador renegado, aceptando tácitamente el diálogo.

—Ambos —aclara orgulloso el espigado humanoide de piel violeta y ojos dorados—. Hoy construimos las unas; hace milenios, antes del Ocaso, vivíamos en agujeros excavados en los otros. Hola, yo soy Fuyua Ekuyaa, pero puedes llamarme simplemente Ekuyaa.

Sólo ahora Sussmann se digna echar una mirada a su interlocutor. Tiene que alzar los ojos para ello; el acólito de Rojo Rubí es un buen ejemplo de modificación fenotípica extrema. Para empezar, está más cerca de los tres que de los dos metros. Con su exótico color de piel, sus grandes ojos y su huesuda, longilínea anatomía apenas disimulada por sus amplísimas vestiduras escarlatas, parece más bien un pariente gigante de insectos como la mantis religiosa terrana que el resultado de complejas y cuidadosas manipulaciones genéticas sobre el biotipo humano original que en realidad es.

—Me llamo Solomon Sussmann, y puedes llamarme Solomon, Sol, Sussmann, Suss  o como te venga en gana —informa el colaborador encubierto de Reconstrucción, y acto seguido pregunta—: Ekuyaa, se ve que te gusta tu mundo. Entonces, ¿por qué sirves a ese monstruo? Reconstrucción desea tanto eliminarlo que no vacilaría en destruir todo un planeta con tal de lograrlo.

—Los hombres pueden hacer dos cosas ante el Absoluto —responde enigmático el fuyeda—, negarlo o aceptarlo. Yo, necio orgulloso, primero quise conocerlo —Se señala el rombo escarlata que brilla entre sus grandes ojos dorados y suspira—. Y sólo entonces comprendí que aceptarlo era mi destino. Para expirar mi soberbia. Y tú, ¿qué senda piensas elegir?

—Supongo que también quiero conocerla primero —se evade Sussmann. Y, mirando de hito en hito a Ekuyaa, le pregunta—: ¿Cómo es? ¿Vale la pena?

—¿Estar con ella? —sonríe el acólito—. Sí, vale la pena. Leerá tu mente y más allá de tu mente. Tomará la forma de tus más secretos deseos hasta que La reconozcas sin error posible como tu personal encarnación de la lujuria, y entonces dará satisfacción a tus más perversos sueños. Luego no habrá nada, es cierto… pero también justo. ¿Qué puede haber después del Todo? Y Ella Es Todo en el sexo.

—No me impresionan esas mayúsculas que tan claramente pronuncias. Entonces, ¿ni una sola vez has lamentado ya no poder, nunca más…? —el Explorador deja colgando en el aire la reticencia, con sus negras pupila clavadas en las doradas del fuyeda.

Ekuyaa sonríe de nuevo, casi condescendiente.

—Solomon, creo que no has entendido bien lo que hace la Señora del Placer. No Te da un rato de satisfacción a cambio de la libido del resto de tu existencia. No. Ella agota toda la libido de tu vida, y quizás hasta la de tu próxima encarnación, durante los pocos minutos que estás con ella, los que segundo a segundo son tan exquisitos que parecen años —Vuelve a señalarse el rombo carmesí, que resalta como una extraña joya viva en su ancha frente violeta—. Sí, ahora soy un completo eunuco mental. Ella devoró toda mi libido; de eso se alimenta. Sigo teniendo órganos sexuales, pero ya no podré nunca más dar satisfacción a ninguna mujer, ni siquiera concedérmela yo mismo. Y, ¿sabes lo mejor? Tampoco lo deseo. Es más; la simple idea de volver a tocar otra carne después de que Rojo Rubí Me bendijo con el erotismo supremo de Su contacto me parecería la más horrenda de las blasfemias —Vuelve a sonreír, y en sus ojos dorados brilla una luz de absoluta fe—. Su recuerdo basta para que así sea, y por eso La sirvo, yendo a los lugares que Ella no podría visitar sin peligro y ayudando a los que necesitan de Su contacto a llegar hasta Ella. ¿Que mi planeta corre peligro por eso? —Se encoge de hombros, un gesto que su huesuda y longilínea anatomía hace parecer totalmente insectoide—. Vivir es peligro. Lo que cuesta vale, y se sabe que siempre es alto el precio que se paga por difundir la verdad…

—Tu verdad, en todo caso —reflexiona Sussmann en alta voz—. Los de Reconstrucción dicen que esa Señora del Placer no es más que un parásito monstruoso que está obstruyendo su misión de reunificar el Dominio Humano, castrando al cosmos de sus mejores hombres.

—Los de Reconstrucción se creen los ángeles elegidos del mismísimo dios del Progreso Humano y por eso no toleran que nadie reverencie a otra deidad —dice suavemente el fuyeda y, mirando a través del ventanal, le advierte a Sussmann—: Sujétate, Sol; hemos llegado.

El Explorador gira sobre sus talones para poder observar el gran vehículo con sostén antigrav sobre cuya cubierta superior el odonóptero ya se apresta a posarse. Es básicamente idéntico a todos los demás: kilómetro y medio de eslora y casi doscientos metros de manga por unos cien de alto desde la torreta artillada más baja de su fuselaje hasta la cúspide del mástil de comunicaciones. Todo pintado de un mimético pardo arenoso que debe funcionar casi tan bien como el holocamuflaje sobre ese fondo tan uniforme.

—Esperaba que se distinguiera de algún modo —comenta, afectando desencanto—. No sé, más lujoso, más grande, quizás con un rombo rojo gigante dibujado en su fuselaje lateral…

—Las apariencias son solo asuntos de Ella —sonríe una vez más Ekuyaa, mientras que la libélula mecánica se inmoviliza—. Además, de este modo sería más fácil confundir a Reconstrucción y sus naves, si alguna vez dan con la localización exacta de este mundo. Todas las que pueden albergarLa son idénticas. Cada ciudad es un clan, y cada clan reconoce la suya sin necesidad de marcas.

—Han pensado en todo —aprueba el agente encubierto de Reconstrucción y, mirando brevemente en derredor, le pregunta en voz baja y con aire cómplice al acólito fuyeda—: Oye, Ekuyaa… ¿cómo elige ella a su víctima de cada noche? Esa Doble Prueba, ¿en qué consiste? ¿No podrías ayudarme? Te pagaré bien, mi chip de créditos está tan cargado que suspira por liberarse de algunos miles…

La puerta abatible del odonóptero se abre, convirtiéndose en calzada inclinada por la que los hombres comienzan a descender. Solomon Sussmann es el último; en apariencia, su demora se debe a que ha elegido justo ahora introducirse cuidadosamente dentro de su pantalón los largos faldones de la túnica roja que viste bajo su eterna chaqueta de cuero sin mangas… pero en realidad está esperando la respuesta del acólito de vestiduras escarlatas.

Al fin el fuyeda resopla y lo mira de hito en hito:

—Solomon Sussmann, no sé por qué, pero me resultas simpático. Lástima que de todos modos no pueda ayudarte; el dinero no tiene ninguna importancia aquí. Créeme; solo Ella sabe qué usará esta vez como Doble Prueba para Sus candidatos… y solo Ella sabe cómo elegirá entre ellos al adecuado.



—¿De verdad insistes en combatir a ese monstruo con ese ridículo ganchito? —susurra Ekuyaa al oído de Sussmann, antes de entregarle definitivamente el curioso puñal con garfio afilado sujeto a un ancho anillo de acero por cinco metros de fina cuerda—. Mejor te hubieras quedado con esa vara extensible que usaste para vencer a la nereida. Claro que, frente a un Forjado, un simple garrote sería casi inútil… Pero todavía puedes optar por otra cosa más apropiada, como una lanza… o ese coloso te va a convertir en comida para mascotas con su espadita. Ya viste lo que le hizo al liliputiense y al kobold.

—Deja que se crea que ya me ha vencido y dame de una vez esa mierda —gruñe simplemente el Explorador.

—Bueno, si tanto insistes. Pero creo que estás cavando tu propia tumba. Te deseo toda la suerte del universo, Solomon Sussmann, la necesitarás —susurra el joven acólito fuyeda y, señalando respetuosamente hacia el alto palco cubierto con tupida cortinas desde el que se supone que Rojo Rubí observa la Doble Prueba, añade—: Nadie puede leer el futuro; pero ojalá Ella confunda tu estúpido orgullo con valor y ordene que se te respete la vida aunque seas derrotado. Cosas mucho más raras La he visto hacer…

Pero Sussmann el renegado ya no responde. Ni siquiera mira hacia el palco; como todo en el anfiteatro, copia en pequeño de aquellos en los que combaten hasta la muerte los gladiadores araxas, se le antoja un decorado demasiado ampuloso, casi teatral.

Prefiere clavar sus ojos oscuros en las grandes pupilas azul hielo de su gigantesco contrincante. Siempre se ha preguntado cómo sería luchar contra un Forjado… y parece que finalmente va a poder averiguarlo.

Han sido dos días tensos y difíciles, pero éste es el último desafío. El final de la senda. El que venza ahora encontrará cara a cara a la Señora del Placer. Solomon sabe que tendrá que emplearse a fondo... y usar todos sus trucos, si quiere que la victoria suya.

Al otro lado de la arena, el Forjado BA-789987391, alias “Montaña Viva”. Grande hasta para los estándares de su raza, genéticamente modificada para lograr el guerrero ideal. Cuatro metros veinte centímetros de estatura, 375 kilos de hueso, músculo y armadura natural de grueso cartílago. Con piernas como monolitos de piedra, la fuerza de un rinoceronte, reflejos que harían parecer lerdo a un gato histérico, la resistencia metabólica a venenos y privaciones de una rata de alcantarilla… y, además, adiestrado desde su nacimiento para usar casi cualquier arma como si fuese una extensión inerte de su cuerpo vivo.

Pero, sobre todo, dispuesto a matarlo sin dudar un instante en nombre del placer supremo que Rojo Rubí representa. Y, para dejar bien clara su decisión, con una sola mano y como si pesara menos que una caña, blande la misma aterradora arma con la que ya borrara de la existencia a sus dos oponentes anteriores: una espada enorme, con la hoja de un palmo de ancho y más de dos metros de longitud total, incluyendo la larga y cómoda empuñadura con guarda en cruz.

Un fanático de la historia de las armas humanas y de toda clase como es Solomon Sussmann no podría confundir jamás el inmenso espadón de su antagonista: es un Zweihänder Schlachtschwerter, que en antiguo alemán significa simplemente “espada de batalla a dos manos”. La usaban los doppelsolders o luchadores con doble paga, vanguardia de los cuerpos mercenarios prusianos del siglo XVII, los pintorescos y aguerridos lansquenettes, para romper a mandobles los cuadros de picas de sus adversarios y dar así entrada a sus compañeros.

Es la espada funcional de batalla más grande jamás desarrollada por ninguna cultura humana. Para el Explorador renegado ha sido una auténtica sorpresa encontrárselas, incluso en una armería tan bien surtida como la que poseen los acólitos de Rojo Rubí.

El gran espadón a dos manos resulta la opción ideal para un guerrero tan alto y corpulento como lo es el Forjado, lo que de paso demuestra su inteligencia al escogerlo.

Esta segunda mitad de la Doble Prueba es mucho más que un simple test de fuerza o agilidad. Definitivamente, la Señora del Placer no escoge a la ligera a sus compañeros de lecho. La mitad de los candidatos fracasaron en la primera parte de la selección, aunque parecía la simplicidad misma: disponer flores de varias especies en un ramillete artísticamente agradable.

Por suerte para él, Sussmann había tenido siempre por costumbre sumergirse lo más profundamente que le era posible en cada cultura mientras estudiaba sus armas y estilos de combate. Cuando aprendía en el planeta Amateratsu algunas antiquísimas y casi olvidadas disciplinas de combate de los samurais nipones como el jiu-jitsu, el kyu-do y el iai-do, también tuvo tiempo de familiarizarse con el igualmente milenario ikebana, el delicado arte del arreglo floral sin cuyo perfecto dominio ningún antiguo bushi o guerrero podía preciarse de ser tal.

Así que, si bien algo sorprendido por el carácter de la primera prueba, lograr un ramo estéticamente agradable con tres crisantemos, un gladiolo, dos girasoles y cuatro violetas fue para él bastante fácil.

En cambio, dos de los kobolds y uno de los Forjados fracasaron vergonzosamente en la empresa. Sussmann había contado de antemano con la excelencia artística del hombre-mariposa y el liliputiense y, en efecto, el pequeño humano y el nativo de Heliconia lo superaron ampliamente. Sus ramos eran auténticas obras maestras de armonía. Y la nereida de Atlantis se las arregló casi tan bien como él.

Pero, para sorpresa suya y probablemente general, tanto el Forjado “Montaña Viva” como el kobold Niels Hal Ver Halgersson aprobaron también el test, aunque por muy escaso margen.

La segunda parte de la Doble Prueba fue el Desafío: un sorteo decide parejas de combatientes y cada uno puede elegir el arma que quiera de la amplísima colección de los fuyedas, para luego enfrentar a su antagonista con ella, en combate singular.

La morning star o morgenstern que escogió el bajo y fornido nativo de Thoraida debía pesar más de 20 kilos, pero él blandió la gran clava erizada de púas con tal maestría y ligereza que no solo bloqueó fácilmente el único trallazo del látigo con punta cortante que logró propinarle Suabbirussi, el hombre-mariposa de Heliconia, sino que al segundo siguiente aplastaba su delicado cráneo con un revés casi desdeñoso.

“Montaña Viva” pasó un poco más de trabajo para vencer al liliputiense Blefuscus Mnhabib. El pequeño luchador optó por las saetas ponzoñosas y, gracias a su sorprendente rapidez, pese a la indiscutible maestría del Forjado con la gran espada a dos manos, logró clavarle un dardo a su inmenso antagonista relativamente rápido. Lástima que el veneno que contenía su punta fuese uno de los tantos inocuos para el ultrarresistente metabolismo del coloso. Y que al cabo de un minuto escaso de saltar arriba y abajo esquivando amplios tajos y barridos, el diminuto humanoide ya estuviese tan agotado que simplemente no puedo apartarse lo suficiente de la larga y pesada hoja que blandía el Forjado que, más que cortarlo, lo aplastó.

Siempre según el sorteo, Solomon Sussmann tuvo que combatir con la nereida, que nunca reveló su nombre. El Explorador renegado, considerando que la recia, escamosa y resbaladiza piel de su antagonista sería bastante difícil de penetrar con armas cortantes o punzantes, sabiamente eligió enfrentarla con el nibrakak, el garrote extensible de metal ligero, favorito de los luchadores shakobsa de Darrakis. Un arma contundente en extremo versátil, bien que de difícil manejo: básicamente, tres secciones de tubo que se deslizan una dentro de otra, con lo que su longitud puede variar desde menos de uno hasta casi tres metros en una fracción de segundo.

Pero, además de rápida y fuerte, la anfibia de Atlantis resultó ser también una profunda conocedora de las artes marciales exóticas. Sussmann lo intuyó con solo ver que escogía para enfrentarlo una de las armas más raras de todas las de la riquísima panoplia del antiguo wu-shu de la China terrestre: los luijiao dao, o cuchillas “tarro de ciervo”, hojas gemelas que, al extremo de los brazos guarnecidos con aletas de la nereida, la convertían en un adversario formidable.

Cruento fue el enfrentamiento, auténtico duelo de habilidad y resistencia. Al cabo de media hora los golpes del nibrakak diestramente manejado por Sussmann aún parecían no hacer mella en la recia anatomía de la mujer-pez, mientras que, de no ser por los brazales araxas (aunque los meticulosos fuyedas ya los habían despojado de sus hojas retráctiles ocultas, por supuesto), los luijiao dao de la nativa de Atlantis habrían arrancado muy pronto hasta la última brizna de carne de los antebrazos del Explorador renegado, que intentaba en vano mantenerla a distancia con largos ataques de su garrote extensible.

Solomon decidió entonces variar su estrategia; comenzó a jadear pesadamente, afectando estar exhausto y, cuando la nereida arreció su ofensiva con la clara intención de aprovechar su cansancio, esperó el momento oportuno para cambiar el objetivo del ataque: en vez de dirigir sus golpes al resistentísimo cuerpo escamoso, los concentró en las armas gemelas que esgrimía su oponente.

Un lance rapidísimo que reveló lo fingido de su agotamiento le bastó para despojar a la atónita nativa de Atlantis de una de sus dos cuchillas “tarro de ciervo”. Y, cuando ella intentó recuperarla atacando aún con más furia, se encontró de repente conque uno de los extremos del escurridizo nibrakak de su contrario, reducido a su mínima longitud, se las había arreglado para deslizarse debajo de su opérculo branquial y hacer palanca, abriéndolo y exponiendo al aire la sensible superficie respiratoria.

Loca de dolor, intentó librarse de la inmediata amenaza de desecación. Pero entonces Sussmann la golpeó con su propio luijiao dao, que aún sostenía, en el único sitio donde estaba seguro de causarle daño: los ojos. Y el grito de terrible agonía taladró los tímpanos de los espectadores de la lucha.

Pero incluso sangrando a chorros por las cuencas vacías pretendió seguir luchando la empecinada nereida, insultando temeraria a su evidente vencedor. Tuvieron que intervenir varios de los acólitos de la Señora del Placer con una red para lograr reducirla y sacarla de la Doble Prueba entre los aplausos de todos. Y mucho que se los agradeció en su fuero interno el agente independiente de Reconstrucción; le habría disgustado dar muerte a aquella rival tan aguerrida, mientras que ahora, cualquier banco de órganos del Dominio Humano podría proporcionarle sustitutos para sus ojos destruidos.

En cualquier caso, no fue ése sino el que protagonizaron “Montaña Viva” y Niels Hal Ver Halgersson el duelo más salvaje, enconado y espectacular de la Doble Prueba.

Al menos hasta el momento…

El sorteo decidió el enfrentamiento Forjado contra kobold. Músculos inmensos genéticamente modificados contra otros más pequeños pero casi igual de potentes, moldeados por una gravedad inmensa. Fuerza contra fuerza y arma medieval contra arma medieval: Hal Ver Halgersson, fiel a las armas contundentes y a la vez punzantes, decidió esta vez oponer al espadón a dos manos de “Montaña Viva” no una maza de pinchos, sino un gran mangual, de seguro por su mayor alcance.

La pesada bola de bronce erizada de púas giraba zumbando amenazadora, muerte en potencia al extremo de su cadena de casi un metro, cada vez que el nativo de Thoraida blandía enérgico el garrote apenas más largo que era su empuñadura. Y cada vez, prudentemente, “Montaña Viva” retrocedía lanzando grandes tajos verticales u horizontales con su larga espada, pero evitando siempre el contacto de su arma con la terrible esfera, que podría hacer pedazos la hoja de acero pese a su exquisito temple.

Y así estuvieron mano a mano durante casi una hora, sin que aparentemente el kobold se cansara de sus amplios movimientos de péndulo ni el Forjado de sus largos tajos verticales y horizontales. Músculo contra músculo, resistencia contra resistencia, cada uno esperando que el cansancio creciente hiciese cometer un error al otro, sin atreverse a arriesgar un ataque más comprometido ni tampoco a ralentizar el ritmo de intercambio de golpes.

Finalmente fue la astucia y no la fuerza la que resolvió el empate. “Montaña Viva” pareció resbalar y caer, soltando su espadón en el impacto. Niels Hal Ver Halgersson vio los cielos abiertos y, con un tremendo golpe de arriba abajo, intentó concluir el combate.

Y de cierto modo, lo consiguió… solo que no a su favor.

El enorme Forjado solamente había fingido agotamiento; cuando las púas de la pesada cabeza del mangual se clavaron a varios centímetros de profundidad, lo hicieron en la densa plastimadera y no en su cuerpo, porque ya había girado rápidamente, recuperando la gran espada en la maniobra.

El kobold luchó casi medio segundo por extraer su arma, tirando con todas sus fuerzas… y se derrumbó sin conseguirlo, partido en dos por el tajo bestial del Forjado, que quedó así como único adversario posible para Solomon Sussmann.

Ahora, a la vista de todos los acólitos de rojas vestiduras, en el pequeño anfiteatro bien protegido en el corazón de la gran nave-ciudad flotante que vuela sobre el desierto y sus altísimos saguaros, en el Fuye cuya localización exacta todos los agentes de Reconstrucción darían un brazo por conocer, el titán Forjado y el antiguo Explorador decidirán quién merece conocer cara a cara a la misteriosa Señora del Placer… que presenciará su duelo desde su encortinado palco.

Solomon Sussmann observa el rostro de “Montaña Viva”, inequívocamente humano pese a las grotescas deformaciones que las masas de músculo y cartílago marcan bajo la piel color hierro a la que su raza debe el apelativo. En sus ojos, azules como el cielo sin nubes de Fuye, solo hay confianza. Evidentemente, por muy bien que se pueda haber desempeñado frente a la nereida, no cree que necesite recurrir a la astucia para vencer a un adversario tan débil y además empeñado en luchar con un arma tan ridícula.

El Explorador renegado sonríe torvamente. En efecto, el corto puñal con gancho afilado unido por una fina cuerda de cinco metros a un anillo de metal que sostiene en sus manos parece insignificante frente a la gran Zweihänder Schlachtschwerter que enarbola con diestra prepotencia “Montaña Viva”. Tan insignificante como sus propios músculos frente a los del coloso Forjado.

Pero no hay enemigo pequeño, ni arma inofensiva, si el uno y la otra saben encontrar su punto de poder frente a un adversario confiado.

Sussmann se adelanta, haciendo girar sobre su cabeza con su mano derecha la cuerda con el anillo de acero al extremo, la mano izquierda baja y sujetando el puñal de dos hojas extendido a lo largo de su antebrazo. Si fuese un cuchillo simple, en tal posición resultaría casi invisible para su antagonista, pero tratándose de un kyoketsu shoge, su hoja secundaria en forma de hoz o kama sobresale imposible de disimular, curva, filosa y perpendicular a la recta y primaria. Porque no es ocultar su arma lo que pretende el Explorador renegado.

El pesado aro metálico zumba al cortar el aire en círculos cada vez más amplios y rápidos, y el Forjado alza en guardia delantera su gran espada, mientras una sonrisa confiada se dibuja en su rostro. ¿Es ésa la mayor amenaza que se le ocurre a su pequeño antagonista? ¿Algo tan fácil de evitar?

De repente, Solomon se estira y deja fluir la fina cuerda por entre sus dedos. Arrastrado por su propio peso, el anillo parece saltar hacia la cara de “Montaña Viva”. Es un ataque veloz… pero no tanto que el titán no pueda rechazarlo con un ágil movimiento de su gran hoja de dos filos.

Terco, Sussmann lo repite, con el mismo pobre resultado. El Forjado lo bloquea con un revés casi desdeñoso; acto seguido amaga una estocada baja sin lograr involucrar a su oponente en la evidente finta… y ahí viene de nuevo el ataque alto del anillo de acero, directo a su cara.

Ahora “Montaña Viva” demuestra por qué todos temen enfrentarse a los de su raza: además de fuerza bruta, también están dotados de reflejos felinos. Sosteniendo la enorme espada con una sola mano, deja libre la otra, que se mueve tan rápida como el pensamiento y atrapa limpiamente el anillo metálico en su vuelo a través del aire.

Una gran sonrisa de triunfo se dibuja en su rostro deforme… y se convierte en una mueca desconcertada cuando, al instante siguiente, con un par de fluidos pero milimétricamente calculados movimientos, Solomon Sussmann envía a través de la cuerda una onda que concluye en un nudo corredizo cerrándose en torno a la inmensa muñeca del Forjado. Entonces tira con todas sus fuerzas, como un pescador que ya sabe al pez atrapado sin remedio en el anzuelo.

Es uno de los trucos preferidos y a la vez más secretos de los antiguos shinobis o ninjas, los evasivos “guerreros de la sombra” del Japón feudal, espías y asesinos sin escrúpulos, pero habilísimos peleadores… creadores entre muchos artilugios de este kyoketsu shoge, un arma en apariencia inútilmente complicada, pero de inmensas posibilidades combativas en manos de un conocedor.

Sussmann debe la habilidad en el manejo de tan exótico instrumento de muerte a una paranoica costumbre: cada vez que estudia los puntos fuertes de las artes marciales de una cultura, procura también informarse de las de sus rivales, si los tiene. Y cuando visitó Amateratsu, comprendió bien pronto su conocimiento sobre los orgullosos samurais o bushis no estaría completo hasta no adquirir algunas nociones sobre las maneras de pelear de los adversarios que más temían enfrentar estos. Porque, sin las estrictas limitaciones éticas del bushido, nunca podía saberse qué truco sucio iba a ejecutar un ninja en un momento dado…  

Pese a todo su adiestramiento de combate, al sentir el recio halón del lazo corredizo que ahora constriñe como por arte de magia su muñeca, el desconcertado titán reacciona por puro instinto: tirando con toda su inmensa fuerza en sentido contrario, mientras con la gran espada que sostiene aún en la otra mano intenta cortar la fina cuerda en el aire.

Todo según lo calculara Sussmann, así que no ofrece resistencia al tirón, sino que deja que le arranque de las manos tanto la cuerda como el puñal de doble hoja… y hasta contribuye un poco a su propio desarme, suministrándole aún más impulso inicial al arrojarlo.

Con un sibilante latigazo, la pequeña y filosa arma al extremo de la cuerda corta el aire. La fina cuerda se dobla en torno a la ancha espada a dos manos de “Montaña Viva” y, con su momento cinético incrementado por el potente movimiento de péndulo lateral, la puntiaguda corva hoja secundaria del kyojetsu shoge va a clavarse con certera letalidad justo en el vulnerable costado del cuello de toro del Forjado.

Con el asombro en los ojos, como si no se hubiera aún percatado de que está herido de muerte o simplemente no lo creyera, sostenido por su tremenda vitalidad, el titán se mantiene de pie un largo segundo y sigue haciendo fuerza con su espada hasta cortar la fina cuerda del arma ninja… con lo que la kama que le ha intersecado a la vez la carótida y la yugular se mueve lo suficiente para que el primer chorro de rojísima sangre salte y se convierta en una auténtica catarata que salpica por igual el suelo y las amplias vestiduras de varios de los acólitos de la Señora del Placer que acuden a ayudarlo.

Demasiado tarde y en vano: sin decir una palabra, BA-789987391, alias”Montaña Viva”, da un último paso y se derrumba como un rascacielos súbitamente privado del sostén de sus cimientos.

—Ya entiendo por qué usan túnicas de ese color —masculla imperturbable Solomon Sussmann, extendiendo los brazos con las manos abiertas para evitar que el alborozado y atónito Ekuyaa lo manche con la sangre de su vencido oponente que empapa sus ropas—. Bueno, espero que tu diosa me tenga en cuenta todo este rojo que he derramado en su honor… ¿Y ahora qué? ¿Más ceremonias? ¿Tienen que lavarme, peinarme, vestirme, revisarme por si tengo alguna enfermedad contagiosa? —Calla al darse cuenta de que, salvo los ocho que se llevan a rastras y jadeando el monumental cadáver del Forjado, todos los demás acólitos se han arrodillado respetuosamente ante él.

Ekuyaa es el primero en levantarse, y su anterior tono amistoso es ahora puramente reverencial al decirle:

—No más ceremonias, ¡oh, Elegido de la Señora del Placer! Nadie te tocará siquiera. Ahora eres sagrado —y señala al alto palco sobre el anfiteatro, en cuyo espeso cortinaje acaba de abrirse una oscura e invitadora abertura—. Ve, Ella Te espera. Ninguno de nosotros es digno de acompañarte en esta tu ascensión, gran guerrero. Sube tú mismo a encontrar tu destino y el último y definitivo placer de tu vida. Te lo has ganado…

—Lindo discursito —sonríe sarcástico Solomon Sussmann—. Supongo que lo tienen bien ensayado —Va a extender la mano para palmear camaraderil la espalda del joven acólito, pero al verlo retroceder ante la simple posibilidad de su contacto cambia de idea y sólo se encoge de hombros—. Bueno, no importa… Ya hablaremos luego. Si los dos sobrevivimos a esta noche, claro.

Y, silbando despreocupadamente, comienza a subir las gradas hacia Rojo Rubí.



El espacio tras los cortinajes resulta mayor de lo que parecía desde fuera, y está fresco y oscuro. A medida que la vista de Solomon Sussmann se adapta a la penumbra va distinguiendo los lujosos espejos, cojines y tapices que constituyen todo el mobiliario del lugar. Pero no hay nadie esperándolo sobre ellos.

Has venido a matarme, hombre del espacio. ¿Por qué tantos me odian?

Las palabras han resonado dentro de su mente. Pero para un Explorador, aunque sea renegado, la telepatía no puede constituir una absoluta sorpresa. La facultad de transmisión y lectura del pensamiento la han desarrollado independientemente varias sociedades humanas durante los Siglos Tristes. Y es intrínseca a muchas otras no humanas, como la de los cánidos inteligentes de Canem entre los que vivió Solomon desde los cinco hasta los catorce años. Entre otras muchas cosas, ellos lo enseñaron a proteger su mente de cualquier sondeo telepático.

—Sólo soy uno más de los tantos que han entrado aquí con esa idea. ¿Y qué ha sido de todos ellos? Muéstrate, Señora del Placer —pronuncia el Explorador renegado con suave ironía, negándose al diálogo telepático—. ¿O acaso me temes tanto?

No te temo ni más ni menos que a cada uno de tus predecesores —La aún invisible Rojo Rubí insiste en la comunicación mental—. Aunque tú eres distinto. No puedo leerte. Hay algo en ti que no es del todo humano. ¿Es por eso que te enviaron a destruirme? ¿Porque esperan que triunfes donde tantos fracasaron?

Sussmann rebufa, impaciente, y se deja caer con felino abandono sobre uno de los cojines de la estancia.

—Mira, Rubicita, ¿vas a seguir jugando a esto por mucho rato? Tengo cosas más importantes que hacer; me buscan en ocho sistemas, Reconstrucción está sobre mis espaldas, debo casi un millón de créditos de la última carga de cristales de wolframio que me decomisaron esos perros…

No puedo saber si eso es cierto o no. Has vivido entre seres que no son humanos y ellos te enseñaron a cerrar tu mente, pero… ¿Cosas más importantes que el placer absoluto? ¿Más que develar un secreto? No serías humano si pensaras realmente así.

—De acuerdo, me has atrapado. Me muero de curiosidad. Entonces, ¿realmente importa tanto que te cierre mi mente? —pregunta Sussmann indolente—. ¿Solo te muestras y te entregas a quienes puedes leer como libros abiertos? Vaya diosa exigente que eres.

Yo nunca afirmé ser divina. Solo soy la última de los míos. Estaba sola y hambrienta, por eso, cuando los primeros humanos me encontraron, les di placer duradero a cambio del alimento de su libido y de su efímera compañía, y ellos me adoraron. Pero ha pasado demasiado tiempo… y hasta una inmortal puede cansarse. Quizás sea hora de reunirme con los míos, en la nada. Me mostraré a ti, hombre del espacio… No como soy realmente, pues ni siquiera tú podrías soportarlo, sino como tú quieres que sea.

Un tapiz se estremece, se entreabre… y brota Ella.

Hasta un cínico como Solomon Sussmann se queda boquiabierto ante aparición semejante. Solo ahora comprende la magnitud de lo que enfrenta, y por qué Reconstrucción se empeña tanto en destruirla.

Porque lo que camina lenta y sensualmente hacia él no es ya una mujer, sino La Mujer. Lo mejor de cada una en la suma de todas ellas. Lo que todo hombre ha siempre soñado conquistar, poseer y conservar.

Los numerosos espejos multiplican su imagen, permitiéndole apreciarla en todo su esplendor desde diversos ángulos. Tan alta como él mismo, a la vez delgada y exuberante, de piernas largas y cintura estrecha pero también caderas y senos generosos. Vientre ni graso ni musculoso que se pierde en un suave matorral de negro vello, porque ni un centímetro cuadrado de tejido vela la sublime desnudez de su piel bronceada. Solo la lluvia negra de su abundante cabello ondeado, cuyos mechones penden sobre su pecho firme y se enroscan en sus esbeltos flancos.

En cuanto al rostro, es divinamente indefinible. ¿Belleza? ¿Sensualidad? ¿Armonía? ¿Inteligencia? ¿Humor? ¿Decisión? ¿Inocencia? Todas las virtudes compiten unas con otras por el dominio de esa faz de nariz recta y respingona, boca ancha de labios gruesos, pómulos altos, frente amplia, mentón firme y, sobre todo, esos ojos violetas, enormes, expresivos, a la vez pícaros y virginales, traviesos y castos.

Y entre las cejas negrísimas perfectamente dibujadas, brillando en rojo, el rombo traslúcido que delata su intrínseca inhumanidad.

—Ha sido difícil, sin leer tu mente —La voz que brota de los carnosos labios es a la vez cristalina y aterciopelada—. Pero, tras tantos siglos siendo moldeada por los deseos de tu raza, mi sustancia ha aprendido bien qué es lo que más ansían. Dime, Solomon Sussmann, ¿te parezco deseable? —dice, retadora, de pie con los brazos en jarras y las piernas ligeramente abiertas.

Rojo Rubí, por KalaEl Explorador renegado abre la boca, la cierra, vuelve a abrirla y al fin descubre que sólo puede hacer una cosa: irguiéndose con el suave ímpetu de un árbol joven que busca la luz, arroja lejos su ajada casaca sin mangas, apresa a la diosa entre sus brazos y busca su boca generosa con la suya.

Antes de que pueda saber cómo suceden las cosas ya está tan desnudo como ella. Los cuerpos febriles caen y ruedan imbricados sobre cojines y tapices, con libidinoso vértigo. Los miembros se entrelazan como ansiosas hiedras de carne. Y mientras Ella se abre húmeda y acogedora al incontenible ímpetu masculino, las lenguas juegan a la gimnasia del beso, así que solo queda la mente para formar las ¿necesarias? palabras.

—¿Todavía quieres matarme, hombre del espacio?

—Más que nunca, Rojo Rubí. Pero no antes de recibir por completo tu don. He luchado demasiado para llegar hasta aquí. No podría irme sin el premio.

—Milenios viviendo entre ustedes y nunca los entenderé del todo. Son una raza extraña.

—Y tanto que ni siquiera nosotros mismos nos entendemos aún.

—¿Por qué siempre quieren destruir lo que los hace felices?

—Para que nunca más pueda hacer felices a otros. El hombre no soporta ser feliz si a la vez no se siente especial.

—Yo hago a cada uno feliz y especial… por una vez y para siempre.

—Algunos hombres no podemos soportar eso.

—Algunos hombres no pueden soportar tantas cosas que no merecen ser hombres.

—Y tú solucionas esa injusticia… alimentándote de paso.

—Yo soy solo la espada. Ustedes mismos la blanden.

—Es una lástima que no tengamos más tiempo que el instante de un orgasmo compartido. Eres antigua y sabia, me gustaría conversar largo y tendido contigo.

—Siempre puedes unirte a mis acólitos.

—El rebaño no es lo mío, querida. Lo siento.

—Lástima. Podría contarte tantas cosas.

—¿No intentarás nada mejor que esas promesas para detenerme y salvarte? Para haber vivido tanto, muestras un apego curiosamente escaso a tu propia existencia.

—Quizás no quiero detenerte. Quizás no quiero salvarme. Quizás estoy cansada de esa larga, larguísima existencia y durante tantos milenios no he hecho más que esperar a mi liberador.

—Quizás tu liberador ha llegado al fin.

—Muchos han dicho lo mismo, solo para flaquear en el instante supremo. ¿Lo sientes? Ya está llegando. ¿Podrás resistirlo? Lo dudo.

—Lo siento… y no intentaré resistírmele.

—¿Tan fácilmente te rindes a mi placer? Hombre del espacio, esperaba más de ti.

—No intentaré resistirme a lo inevitable. Sumaré mis energías a las de la avalancha y flotaré sobre sus ondas, más fuerte y más veloz que ella. Yo soy mi propósito, y mi propósito es mi vida.

—¿Una letanía? Espera… Esos seres no humanos. ¿Canem? ¿Los cánidos telépatas? Ellos te criaron, de ahí tu fuerza…

—Nunca te has alimentado de uno de ellos, ¿verdad? Su tecnología es primitiva, su mundo helado y hostil… para enfrentarlo no tienen más que sus mentes, sus músculos, sus dientes y su decisión. Una decisión que yo hice mía. Te venceré, Rojo Rubí, ¿lo sientes? Ya llega, diosa, tu última hora. Prepárate a morir

—No importa tu decisión. Yo soy más antigua que cualquier cánido telépata de Canem, más fuerte que cualquier cachorro humano educado en sus hordas. ¿Lo sientes? Ya llega, hombre del espacio, tu máximo y definitivo placer. Prepárate a alimentarme con tu virilidad.

—¡Rojo Rubí! ¡Toma… muerte!

—¡Solomon Sussmann! ¡Dame… vida!


Con un empujón enérgico de sus caderas y sus brazos, un ruido húmedo y un aullido más animal que humano, el Explorador renegado rompe el delicioso y letal vínculo con la mente y el cuerpo de la Señora del Placer. Su simiente brota en un chorro que perla de gotas blanquecinas la piel bronceada del vientre perfecto de la diosa… Y su mano se mueve con la mortal rapidez de una serpiente.

Solo un golpe, en el momento preciso, en el lugar exacto.

Por un instante, los enormes ojos violetas de Rojo Rubí miran atónitos al hombre que la ha vencido defraudándola. Luego intentan girar en sus órbitas para detallar la larga púa central del sai, hundida en el rombo escarlata de su frente casi hasta donde la pequeña calavera plateada adorna la guarda.

¿Cómo… dónde…me… traicionaron… ellos? —Y la voz mental se apaga. Agonizante, sus fuerzas ya no bastan para la telepatía. Entonces todo el espléndido cuerpo femenino parece aflojarse y derretirse, licuándose hasta un gelatinoso y latiente mucílago en un intento desesperado de escapar a su destino. Pero, incluso así, el tridente de kobu-do nipón sigue atravesando inexorable su núcleo romboidal y carmesí, clavándolo al cojín de rico brocado.

Sonriendo triste, Sussmann recupera sus ropas y mira a la gran ameba moribunda, desde cuyo centro lacerado empieza a extenderse una onda de oscura necrosis.

—Es un viejo truco ninja; cinco adornos aparentemente inofensivos, dispersos entre mis ropas. Ensamblados, forman un arma. La mayor parte ni siquiera es metal, sino cerámica ultrarresistente. Por eso tus acólitos no la detectaron. Muere tranquila, Rojo Rubí. No hubo traición. Siempre actúo solo. Y, por si te sirve de algo saberlo, lamento sinceramente que tu agonía tenga que ser así de larga, diosa… Pero comprendes que no había otro modo, ¿verdad?

La informe masa de protoplasma que se corrompe ante sus ojos late frenética, pero es solo un ruido impreciso lo que llega como respuesta a la mente del Explorador renegado. Al fin, con un esfuerzo supremo, una especie de labios deformes se forman en el tejido gelatinoso para pronunciar con voz gangosa y vacilante:

—Crees que me… has vencido… hombre del espacio… pero no es así… volveré… y seré millones… y tú tendrás que…

La corrupción definitiva reseca la improvisada boca y, al segundo siguiente, de la Señora del Placer sólo queda un polvo negruzco y casi impalpable que se dispersa cuando Solomon Sussmann desclava y recupera su sai, colocándolo entre los pliegues de la ancha faja que acaba de ceñirse a la cintura.

Es entonces cuando siente un extraño escozor en el entrecejo y, con una terrible sospecha, camina hasta el espejo más cercano. Entre los dos ojos tiene ahora una extraña marca: un rombo negro, a la vez gelatinoso y traslúcido, y que al tacto se siente a un tiempo cristalino y untuoso.

El Explorador renegado gruñe, intrigado: esto es algo nuevo. ¿Será bueno o malo? Quién sabe; al menos no es rojo como los de los miles de víctimas anteriores del monstruo, que él ha liberado dándole muerte.

Y de momento tiene tareas más urgentes de las que preocuparse. Como golpearse varias veces en rítmica sucesión sobre el pectoral izquierdo, para activar el localizador orgánico indetectable a todo escáner que los de Reconstrucción adhirieron a su corazón y hacerlo así enviar su señal hiperespacial.

Luego se sienta tranquilamente a esperar: cuando lleguen Menisco y los demás agentes, y después de que acaben con los fuyedas y sus naves-ciudades flotantes, ya tendrán tiempo de averiguar qué es lo que significa ese extraño rombo negro en su frente. Si es que significa algo, claro…



Algunos le llaman el Liberador, reverenciándolo. Y cuentan que aunque nació humano, muy pronto dejó de serlo, gracias a las enseñanzas de los Canem… o no habría podido vencer a la legendaria Rojo Rubí. Hay hasta quien cree que es un avatar encarnado de las fuerzas del orden galáctico, y que por eso mismo persigue a todos los descendientes de la Señora del Placer para completar su trabajo.

Para muchos otros sigue siendo simplemente Solomon Sussmann, el Explorador renegado, el solitario y hábil contrabandista del espacio profundo, siempre buscando oportunidades para ganar unos créditos extra, que desprecia la ley galáctica y a sus guardianes de Reconstrucción… Solo que ahora tiene una nueva obsesión: destruir hasta al último de los hijos de Rojo Rubí en que se convirtieron todos los que llevaban la marca de su rombo escarlata cuando la mató a Ella, la original.

Como siempre, su cabeza tiene precio en decenas de sistemas solares y dicen que lo han visto en al menos un centenar, pero nadie sabe nada a ciencia cierta. Las comunicaciones entre los mundos del extenso Dominio Humano se han vuelto tan difíciles desde que cada uno de los innumerables descendientes de la Señora del Placer intenta crear o extender su propio imperio, que ya muchos hablan de un Segundo Ocaso, aunque los agentes de Reconstrucción prohíban utilizar el término so pena de terribles castigos.

Algunos lo llaman el Liberador y lo veneran. Rezan para que acuda a su mundo a librarlos del tentador, irresistible azote de su Señor del Placer particular y creen que puede ser la solución a todos sus problemas. Pero otros creen fervientemente que él es causa y parte de ese mismo problema, y le llaman Negro Rubí… o simplemente El Macho, e intentan evitar a toda costa que se acerque siquiera a los Señores del Placer, temiendo lo que pueda brotar de su sacrílega unión.
 
    

“El Relato de Yoss me hizo pasar dos horas bien entretenidas. En el hay muchas cosas interesantes para dibujar, pero en vista de que se trata sobre un ser llamado Rojo Rubí, La Señora del Placer, y del encuentro sexual entre ella y un aventurero llamado Solomon Sussmann, estaba claro que lo más interesante estaba en esa parte de la historia.

El relato la describe de la siguiente manera:

‘Tan alta como él mismo (como Solomon Sussmann), a la vez delgada y exuberante, de piernas largas y cintura estrecha pero también caderas y senos generosos. Vientre ni graso ni musculoso que se pierde en un suave matorral de negro vello, porque ni un centímetro cuadrado de tejido vela la sublime desnudez de su piel bronceada. Solo la lluvia negra de su abundante cabello ondeado, cuyos mechones penden sobre su pecho firme y se enroscan en sus esbeltos flancos’, ‘… carnosos labios…’, ‘su apariencia multiforme, pero siempre joven, es tan antigua como el Universo mismo’.

‘En cuanto al rostro, es divinamente indefinible. ¿Belleza? ¿Sensualidad? ¿Armonía? ¿Inteligencia? ¿Humor? ¿Decisión? ¿Inocencia? Todas las virtudes compiten unas con otras por el dominio de esa faz de nariz recta y respingona, boca ancha de labios gruesos, pómulos altos, frente amplia, mentón firme y, sobre todo, esos ojos violetas, enormes, expresivos, a la vez pícaros y virginales, traviesos y castos’.

‘Y entre las cejas negrísimas perfectamente dibujadas, brillando en rojo, el rombo traslúcido que delata su intrínseca inhumanidad’.

En este último párrafo encontré la clave que fijaba lo más importante, según mi parecer: El rombo de color rojo rubí, brillando en su frente.

La ferretería:

Empecé haciendo un boceto a ‘mano alzada’ con el ratón, directamente en Photoshop CS3, en la modalidad ‘Speed Painting’. No es que no me guste rayar en un papel antes para tener un boceto a mano, pero he entendido que es parecido a escribir una carta en el papel para luego pasarla en el computador. Además, siempre está ese sentimiento de incertidumbre entre realizar una buena ilustración y fracasar estrepitosamente. En el computador tenemos la ventaja de echar para atrás cuando las cosas vayan mal.

Mientras realizaba la ilustración, dejé para lo último el dibujo del rombo en la frente. Luego, cuando ya no tuve excusas, puesto que me acercaba a finalizar la ilustración, decidí copiar sus labios, que según el relato son gruesos, y rotarlos 45 grados en el sentido de las agujas del reloj, luego los reduje un poco y los coloqué justo entre las cejas. Listo, ya teníamos el rombo…

Tiempo de realización: En la estructura general, sin el rombo, me tardé 40 minutos. Luego, en decidir cómo colocar los labios en la frente y el tamaño adecuado, creo que invertí 20 minutos más. Total, alrededor de una hora. Le apliqué un filtro de acuarela y me maravilló su belleza… Como a Solomon Sussmann cuando vio por primera vez a la Señora del Placer…

Para finalizar quise que la imagen se viera integrada como la portada de un libro. Agregué detalles como el nombre del relato y del autor, diferenciándolos por medio del color y el tamaño de las letras.

También agregué un sello editorial inventado por mí y el nombre de la colección ‘Forjadores’. Por último agregué mi correo electrónico.

Eso es todo. Espero les guste.”

Ramón Siverio - Ilustrador
 
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