| Job: una comedia de justicia, o cómo hacerse un festín con la ortodoxia religiosa |
|
|
![]() Robert A. Heinlein Título original: Job, a comedy of justice Año de publicación: 1984 Editorial: Ultramar Colección: Ciencia-ficción nos. 35 Traducción: Domingo Santos Edición: Octubre de 1986 ISBN: 978–84–7386–420–6 “Job: una comedia de justicia” es otra muestra del humor ácido de Heinlein. Básicamente, se trata de eso, de una comedia. Una comedia de ciencia–ficción, aunque sólo pueda apreciarse como tal en la medida en que se recuerde que una de las hipótesis que el autor baraja para sustentar la trama: es la siempre atractiva teoría de los universos paralelos. Sin embargo, a pesar de que la clave escogida por el autor es el humor, pocas veces he leído un libro que me haga pensar tan sesudamente. Asimismo, también he de decir que pocas veces he leído un libro de ciencia-ficción que me haga reír tanto, como éste sí lo hizo. Tal vez, en este aspecto, sólo sea superado por “Bill: héroe galáctico”, de Harry Harrison (que no es otra cosa que una parodia de “Tropas del espacio”, también de Heinlein); o “Marciano, vete a casa”, de Fredric Brown. Alexander Hergensheimer, miembro de una iglesia fundamentalista (nada más ni nada menos que el tesorero de “Las Iglesias Unidas para la Decencia”, y, además, un predicador frustrado), vacacionando en la Polinesia es retado a cruzar un pozo lleno de brasas, teniendo que imitar así a los indígenas que practican su rito para deleite de los turistas. Logra atravesarlo a duras penas, desmayándose al final. Al despertar, comienza a notar “pequeñas” anomalías en la realidad. A partir de ese momento, descubre que nadie lo conoce por su nombre, sino que todos lo llaman ‘Alec Graham’, quien resulta ser un hombre liado en un tórrido y complicado affaire con la camarera del crucero en el cual viaja: Margrethe Svensdatter Gunderson, una bella e inteligente danesa, absolutamente desinhibida y enamorada hasta los tuétanos de Alec. Para Alex/Alec es obvio que algo funciona terriblemente mal, pero tampoco se queja al ver que una de las rarezas de este nuevo mundo al que ha arribado (¡linda figura la del trance de fuego como portal a otra realidad!) es la desfachatada etiqueta social respecto del pudor: en el universo en el cual el protagonista imposta a otro hombre, presuntamente desplazado al universo original de Alex por medio de otra similar caminata sobre rescoldos (¡nunca caminen sobre el fuego!), las mujeres no son para nada pacatas, por lo cual es común verlas pasear en topless, o lanzarse a la piscina completamente desnudas. Y aquí empieza lo realmente desternillante, en la dicotomía interior del protagonista, que a pesar de tanta tentación rondando a su alrededor, se esfuerza (sin éxito, como no podía ser de otro modo), en obedecer las rígidas y más que victorianas pautas morales que le enseñaron en su mundo de origen: un puritano universo dónde impera alguna forma hiperortodoxa del protestantismo pentecostal; dónde no hay aviones, sino dirigibles muy desarrollados; dónde la televisión no existe –¿cómo habría puritanismo de otro modo?–; dónde los diáconos de la iglesia son los jueces, y los peores crímenes se juzgan como “pecados”, castigándolos con la picota pública y el ostracismo social. Alex/Alec termina enamorándose de su camarera, y se balancea entre el remordimiento culposo (de hecho está casado con una frígida y devota esposa en su mundo) y el deseo de dejarse llevar por sus sentimientos (y sus hormonas.) Este continuo diálogo interno del protagonista (que también es el narrador: la novela está contada en primera persona) sirve de excusa al autor para volcar una corrosiva crítica a la ortodoxia judeocristiana; y entre risas, uno termina meditando seriamente sobre algunas cuestiones. ¡No me digan que Heinlein no ha sufrido la persecución del fariseísmo religioso! No me lo creo. Para alguien como yo, que sabe de estas cuestiones (la taxonomía dice que soy “cristiano evangélico bautista”, uno de los especímenes caricaturizados por Heinlein, y esto de las “denominaciones” es uno de sus temas favoritos al golpear duro), es obvio que el autor ha sido víctima de sus maestros de la Escuela Dominical, o ha sufrido a algún pariente que ha sido ferviente pentecostal, puesto que, en ciertos pasajes, maneja algunos códigos que sólo pueden ser comprendidos por lectores que sepan con profundidad cómo es el clima que se vive siendo educado en una familia religiosa ortodoxa. Los temas barajados van desde el diezmo y las estrategias de recaudación (el protagonista es el tesorero, no lo olviden) hasta las desviaciones de doctrina que los protestantes achacan a los católicos y la aversión que hay entre unos y otros. Como los cambios repentinos de universos continúan (de ahora en más, por medio de catástrofes: un imposible iceberg que despanzurra el crucero en pleno Mar Caribe –¿?–, luego un doble terremoto en México, y así sucesivamente), Alec y Margrethe se ven obligados a sucesivas readaptaciones. (La cuestión del cambio monetario de un universo a otro es desopilante.) De hecho, con cada “traslado” deben conseguir alojamiento, dar las explicaciones del caso para no pasar por extranjeros ilegales, hacerse con algo comestible… Todo lo cual les es sumamente complicado de lograr. Es obvio, según la óptica de Alec, que los súbitos cambios de mundos no tienen otra explicación que el inminente advenimiento del Rapto y del Armagedón razón por la cual decide mantenerse lo más “santo” posible (tomándose la licencia que significa su relación con Margrethe, un adulterio que técnicamente no lo es al estar en otro mundo… Sobre todo desde que decide casarse con ella, oficiando él mismo como ministro del sacramento.) Y además se propone con firmeza evangelizar a su amada, quien, como fiel descendiente del pueblo vikingo, espera subir a la Valhala luego de pelear valerosamente en el Ragnarok. Heinlein no podía con su genio: también tenía que hablar de las ciencias ocultas, ya que si iba a denostar al Reino de los Cielos, ¿por qué no volcar sus impresiones acerca de las Tinieblas? Y allí aparecen Jerry Farnsworth y su insólita familia, quienes se revelan en el clímax de la trama. No os diré más que eso.El “paganismo” de Margrethe desespera a Alec, especialmente cuando… ¡sucede el Rapto! De aquí en más (alrededor de la página 300; sí, no estamos hablando de una novella), la historia se dispara en una divertida sucesión de hechos cuya lectura es como un tobogán. ¿Quién podría relataros cómo será el Armagedón, sino Heinlein? ¿Quién más podría mostraros la compleja burocracia angélica del cielo, y lo odioso que pueden ser los ángeles bajo fuertes dosis de stress? La parte final del libro es imperdible. Alec, ascendido a beato, busca a su esposa en un Paraíso atestado (no esperaban que una creyente de Odín fuera salvada, ¿no?), un lugar en el cual San Pedro detenta la licencia para vender Coca–Cola (ni el fin del mundo es capaz de acabar con el capitalismo, según Heinlein.) Para encontrar a Margrethe, Alec mueve cielo e infierno, literalmente. Los acontecimientos que Alec vive en el Averno, y lo hilarante de sus habitantes, son lo bastante divertidos como para no querer interrumpir la lectura. Al llegar al final de la novela, todo aquél que haya leído el relato largo de Jack Vance, “Rumfuddle”, encontrará alguna analogía. Sólo un eco, me atrevería a decir. Las implicancias cosmológicas del desenlace que Heinlein pergeña –un poco previsible, a decir verdad–, asustan… y divierten. Ni hablar acerca de las cualidades que le otorga al Príncipe de las Tinieblas: entran en perfecta consonancia con algunas de las elucubraciones de Ellison y Zelazny. Sorprende la forma en que Heinlein trata a sus personajes femeninos: las mujeres de su novela son todas bien dispuestas, portentos sexuales que se afanan por “atender” (en todas las acepciones imaginables del término) al “pobre” de Alec, que a pesar de querer mantenerse sin mácula, en una muestra fenomenal de lo que es una fe débil o un religioso hipócrita, termina acostándose (o flirteando, de algún modo) no sólo con Margrethe, sino también con la hermana Pat, una monja renegada que es ahora una fina prostituta del Hades, la reencarnada o inmortal Rahab, (la ramera que escondió a los espías judíos en la toma de Jericó) y Egret (o Sibyl, en su forma humana), un trasgo de quince años, con cuernitos, rabo y todo lo demás… (Ese conjunto de curvas que cualquier adolescente bien desarrollada ostenta con orgullo.) Estos encuentros cuasi eróticos están narrados con un delicioso arte picaresco, aunque me gustaría saber qué piensan los partidarios del feminismo de estos personajes (que pueden reducirse a mujeres-objeto) y la forma en que su autor muestra el tema de la fidelidad y la relación de pareja. Recordemos que Heinlein ya es cuestionado regularmente por su supuesta tendencia derechista, algo que muchos creen ver en “Tropas del espacio”. ¿Heinlein fascista y machista? ¿Tendrá algo que ver una cosa con la otra? En general, ambas formas de pensar son afines ¿O debemos volver a la vieja máxima que asegura que el autor no debe pensar forzosamente como sus personajes? Hmmm. No sé. No me atrevo a hacer ningún comentario al respecto. En este punto hay que mencionar algunas cosas: “Job…” ha sido finalista del Premio Nébula 1984 y finalista del Premio Hugo 1985. Esto es un hecho. De igual modo lo son los cuatro premios Hugo que Heinlein ha cosechado a lo largo de su carrera (por “Tropas del Espacio”, “Doble estrella”, “Forastero en tierra extraña” y “La luna es una cruel amante”.) Sin embargo una gran parte de la crítica considera que “Job…” es una muestra de lo más flojo de la escritura de Heinlein. Hay varios argumentos para ello. El primero dice algo como lo que sigue: el autor hace una sátira sin ton ni son acerca de la religión, sin ningún ahondamiento en la profundidad metafísica, lo cual sería obligado al hablar de Dios y de Lucifer. En este aspecto me atrevo a disentir: creo que Heinlein no se propone hacer una obra metafísica, sino sólo satirizar. Y eso es el fin en sí mismo. Pero hay otras objeciones que deberían considerarse y que parecen indicar que esta novela no es una idea feliz: las continuas y fastidiosas digresiones del autor (hay muchos paréntesis, como en esta reseña); la, por lo menos molesta, fantasía machista del sexo fácil; y el aparente gusto por las cadenas jerárquicas y autocráticas de mando (que en “Job…” se vislumbran en la interrelación que hay entre Dios, Lucifer y otros seres divinos de la novela). Particularmente, pienso que estos vicios heinleinianos sobrevuelan toda su obra aunque, en algunas de sus novelas más afamadas, las grandes ideas (que han dotado a la ciencia-ficción de seriedad y peso) se imponen a la controversial cosmovisión del autor. Tal vez en “Job…” escaseen sus habituales muestras de creatividad literaria, lo que hace que afloren esos recurrentes vicios. Concedido. Pero de todos modos me aventuro a recomendar “Job: una comedia de justicia”, un libro que demuestra que la ciencia-ficción no tiene que ser siempre seria, rebuscada, plena de discursos científicos y teorías elaboradas. Baste con que sea inteligente (pienso que el buen humor es una de las formas más elevadas de inteligencia), y con que nos muestre desde “afuera” la realidad de nuestro mundo (que no es ninguno de los que Alec debe transitar, gracias a Dios –si es que Heinlein me permite agradecerle a él–, pero que sí posee características de todos ellos). |
| < Anterior | Siguiente > |
|---|











