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miércoles, 08 de septiembre de 2010
 
 
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Laberintos, por Paula Irupé Salmoiraghi (cuento) Imprimir E-Mail
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Laberintos, por Paula Irupé Salmoiraghi (cuento)
Página 2

Cuento escrito por Paula Irupé Salmoiraghi

Alguien contagia sus sueños recurrentes a sus compañeros de cama. Alguien planea ser el demiurgo en un espacio octogonal que es el centro de múltiples caminos. Alguien será el monstruo, alguien Teseo, alguien Ariadna. O todos ocuparán varios roles antes de la liberación final.

 

Laberintos, por Juan Raffo Pasillo, pasillo, pasillo, puerta. Escalón, escalón, escalón, escalón, escalón, puerta. Habitación con tres puertas. La de la derecha. Otra habitación, otra puerta, otra habitación, otra puerta. El aliento tras de mí, la respiración entrecortada. Pasillo, pasillo, pasillo, pasillo, pasillo, escalón, escalón, escalón, puerta, puerta, puerta, pasillo, puerta, habitación. Más puertas. Escapar, escapar, escapar, escapar. Habitación, puerta, habitación. Huir, huir, huir, el monstruo. Pasillo, pasillo, pasillo, pasillo, pasillo, escalón, escalón, escalón, puerta, puerta, puerta, pasillo, puerta, habitación. Perseguir. Más puertas. Llegar, llegar, llegar, encontrarlo. Escalón, escalón, escalón, escalón, escalón, puerta, habitación. Octogonal. Una puerta en cada pared. El centro. Giro, giro, giro, y el mareo, la caída, la presa, el defensor, giro, giro, siempre, nunca. El miedo, el deseo, la oscuridad de la luz, la luz de la oscuridad, nunca. Nunca lograré elegir la correcta, la correcta, la correcta, la...

El sonido del despertador me arrancó de una pesadilla para tirarme en otra: Las pantuflas, la puerta del baño, la luz, el espejo, el agua de la ducha, las toallas, el perfume, el espejo, el espejo, la ropa, el desayuno a las apuradas. La calle, el auto, las esquinas, los cruces, los semáforos, el estacionamiento, el trabajo y nadie a quien contarle la verdad.

Ninguna de las dos pesadillas era nueva, pero algo en mí ya no lo soportaba, algún resorte se había puesto en funcionamiento, algún tornillo se había aflojado y yo ya no quería seguir haciendo como si nada pasara. Miguel fue el primero, como siempre, en notar que algo no andaba bien conmigo:

—¡Te ves fatal! —me dijo cuando nos juntamos a almorzar. Pero eso no le impidió estamparme un beso que seguramente escuchó hasta la cajera y sacudirme toda la espalda con sus palmadas.

—Ya no lo soporto... —empecé a decir, sin saber si sería necesario explicarle a mi amigo de qué estaba hablando.

Pero no sólo no necesité hacer aclaraciones sino que él me miró a los ojos, luego bajó la vista, acomodó unas miguitas en un recuadrito del mantel rojo y blanco y confesó:

—Yo también la tengo.

—¿Qué? —pregunté, casi grité, buscando su mirada que me esquivaba.

—No quiero que pienses mal, no sé... No entiendo por qué pero, desde hace tiempo ya... Intentaba decírtelo, pero... Bueno, la cosa es que sueño lo mismo que me contaste...

—¿Mi pesadilla de las puertas y las escaleras? —le espeté, como si me hubiera insultado. Muchas veces le había contado aquello a Miguel, en plena madrugada, cuando me veía despertar a los gritos o mientras nos cepillábamos los dientes y su compañía me consolaba de todo. Pero al relatarle mi sueño y sus leves variantes siempre había sentido que mi narración aplanaba las visiones, las sensaciones, las transformaba en un recorrido lineal hacia adelante cuando, en realidad, mi pesadilla estaba lejos de ser tan clara y unidireccional. Nunca había pensado que esa incapacidad mía de narrar más vívidamente fuese importante ni que yo estuviese mintiendo al omitir aspectos más perversos, miedos más oscuros de los que osaba verbalizar. De todos modos, esa imposibilidad de transmitir exactamente mis emociones me fastidiaba, me causaba una angustia para la cual no encontraba consuelo ni asidero. Y ahora Miguel decía que soñaba lo mismo. ¿Tendría él también las percepciones que yo no llegaba a narrar?

—Bueno, che, no te vas a encelar ahora por eso... —intentó bromear él, pero no nos reímos. Luego de un silencio enorme, siguió—: Convengamos en que es un sueño bastante común, "casi de manual", diría mi terapeuta; una pesadilla de encierro, angustia y decisiones que no querés tomar...

—Parece que a vos te pasa lo mismo, ¿no? —dije hiriente y, apenas lo dije, me arrepentí.

—Sí —aceptó él con una humildad que me desarmó, me quitó todas las corazas y me dejó ante él sin pliegues ni rencores—. Hace mucho que sé que todo lo que te pasa a vos me afecta... Aunque... ¿Qué querés que te diga? Esto de los sueños contagiosos me parece demasiado... —y su sonrisa era cómplice y seductora.

—Después del laburo vamos a lo de Sanguinetti, ¿querés? —le propuse fríamente, como para romper esa intimidad que me cohibía.

—¿A lo de quién? —me preguntó, pero yo sabía que él sabía.

—Dale, no te hagas el tonto... Él puede ayudarnos a explicar este... asunto.

—Yo a lo de ese degenerado no vuelvo ni a palos —me gritó.

No creí que la sola mención de  nuestro antiguo profesor de Filosofía pudiera desorbitar tanto a Miguel. (O sí lo sabía y sólo quería ver hasta dónde era capaz de llegar.)

—No grites... —dije en un susurro —. No puede ser tan malo ir a verlo; hace años que no sabemos nada de él, debe estar viejo y encerrado en sus delirios...

—¿Viejo? Los tipos como Sanguinetti jamás envejecen, jamás se vuelven un pobre viejito inofensivo, siempre, aunque se llenen de años, de canas y de arrugas, se mantienen firmes sobre sus piernas y respiran, te miran y te aprietan las manos como si la sangre les hirviera en las venas.

—Estás exagerando... —mentí.

—No. Sabés que a los dos nos producía esa misma impresión, lo hablamos mil veces...

—Éramos muy jóvenes, ha pasado el tiempo... Seguro ya no puede afectarnos.

Seguimos que sí y que no por un buen rato más, pero al final lo convencí de ir ese mismo día.    

La casa de Sanguinetti parecía no haber cambiando en los últimos veinte años, tampoco la vereda roñosa, llena de hojas podridas, caca de gato y venenitos de paraíso que se te pegaban a la suela de los zapatos. Parados ante la verja de hierro oxidada, los recuerdos nos golpearon la cara como traídos por el viento y no supimos si eran buenos o malos, si nos alegrábamos o nos avergonzábamos de aquellos recuerdos o si, realmente, nos avergonzábamos de alegrarnos o nos alegrábamos de avergonzarnos. Miré a Miguel. El mismo Miguel de siempre, mi amigo inseparable, mi confidente, mi hermano, y me vi como en un espejo. Nos tomamos de las manos durante un segundo como hubieran hecho Hansel y Gretel delante de la casita de la bruja y nos soltamos para tocar el timbre.

—¿Le avisaste que veníamos? —me preguntó Miguel y supe que estaba a punto de salir corriendo como cuando jugábamos al ring-raje de chicos.

—Sí, le avisé por teléfono y me dijo que nos esperaba...

—¿Por qué no abre entonces?

—Ya vendrá, tranquilo, la casa es grande... Tiene que atravesar todos esos cuartos, los dos patios, bajar los...

—Por favor, no me recuerdes la arquitectura de esa casa —pidió Miguel y acepté callarme, no seguir metiendo el dedo en su herida que era la misma que la mía.    

Nos abrió, por fin, un muchacho que tendría unos dieciocho años, una mirada que parecía hipnotizarte como haría un carnívoro con su presa, el cuerpo robusto de un animal de carga y el pelo largo, enmarañado y oloroso como el de una bestia en celo.

—Venimos a ver al profesor Sanguinetti —dije, porque algo había que decir.

—Sí, adelante —respondió él, con el ademán cortés de La Bestia delante de La Bella.

Avanzamos por el caminito que separa el portón de la galería, subimos los tres escalones y nos quedamos mirando los malvones y las coronas de Cristo que alguna vez habíamos ayudado a plantar.

—Discúlpenme, estaba terminando con una llamada telefónica —dijo la voz de Sanguinetti antes de que hubiéramos atinado a volver del laberinto de recuerdos de los días y las noches que habíamos vivido en esa casa—. Ah, veo que ya conocieron a Mauro, mi hijo —agregó con una sonrisa.

¿Su hijo? La información tardaba en entrar en mi cerebro y Miguel parecía estar sufriendo el mismo proceso que yo: Tratábamos de pensar apurados, de sonreír, de disimular, de buscar algo inteligente, irónico o burlón que, al ser dicho por alguno de nosotros, nos quitara la turbación, el claro atontamiento en el que nos hallábamos.

A falta de algo maravilloso que decir, sólo balbuceé y a la mitad de la frase ya me estaba odiando:

—¿Qué...? ¿Te casaste? —Y hasta el tuteo quedó fuera de lugar, la frase, el verbo, el tono, la confianza fingida eran incompatibles con lo vivido hacía años y con el olvido en que todos quisimos sepultar, parece que sin lograrlo, aquellos días.

—¿Yo? ¿Casarme? No, para nada —dijo Sanguinetti, siempre dueño de sí mismo y sin ninguna necesidad de dar explicaciones.

Palmeó la espalda atlética de su vástago con genuino orgullo  y el muchachote sonrió con un gesto que no supe si clasificar como maléfico, monstruoso o simplemente consciente de lo que significaba el reconocimiento de un padre como Sanguinetti. Me encontré repentinamente pensando que semejante bestia no podía haber sido parida por mujer alguna, así como era imposible que mi antiguo maestro se hubiese acoplado a ninguna mujer. Mientras atravesaba la primera puerta siguiendo al dúo, me tranquilicé pensando que quizás las cosas habían cambiado y me encontraría en la cocina con una señora servicial y muy ancha de caderas que pudiera reconocer como el envase que había utilizado el viejo para perpetrar sus objetivos, o una dama infernalmente sugestiva cuyo poder femenino hubiera derrotado, aunque fuese por una sola vez, las manías de Sanguinetti.

Atravesamos la sala, el comedor y la cocina sin observar rastros de mujer y la voz del padre interrumpió mis pensamientos, mientras el hijo descorría una puerta plegadiza que no estaba allí hacía veinte años:

—Creo que en la biblioteca vamos a estar más cómodos. —Crucé el umbral con un escalofrío que era a la vez  angustiante y placentero, un sacudimiento que sólo conoce quien ha estado en situación similar a la mía.

Los estantes cubrían las ocho paredes de la sala octogonal, desde el piso de parquet hasta el cielo raso blanquísimo, y sostenían no sólo colecciones perfectamente distinguibles en su monótona hermosura, sino también pequeños libros destartalados, pilas de diarios y revistas, cajas despanzurradas y pequeñas esculturas e imágenes cuya sola presencia hacía desviar la mirada. Hubiera estado meses allí adentro sin decir una palabra, dejándome hipnotizar por cada detalle, por las particularidades de ese mundo construido con elementos tan cargados de energía vital y de significación que eran un mapa del alma de su habitante. Se ve que mi cara me delató, porque el turro de Sanguinetti disfrutó mi estupefacción como siempre disfrutaba mis expresiones de "Sos maravilloso" en el pasado remoto.

El hijo se avivó de que algo pasaba, ambos se miraron y hubo que ir directo al tema:

—Bueno, ustedes dirán... —nos susurró mordaz el padre.

—¿Se acuerda de mi viejo sueño recurrente? —solté sin posibilidad de inventar algún subterfugio que me diera tiempo a ordenar mis ideas.

—¿No vas a tutearme, ahora? —se escapó él, que siempre sabía cómo ganar tiempo.

—Sí, no sé... Se me mezcla el trato del aula con... —No pude terminar la frase.

—No estamos en el aula —me consoló él—, y ambos han dejado hace rato de ser mis alumnos.

—Solía llamarnos discípulos... —intervino Miguel y lo odié por eso que sonaba como un reclamo de cariño, un recordatorio de las viejas complicidades.

—Sí, sí, lo recuerdo muy bien... —Nos sonrió y se quedó pensativo un minuto que nos pareció decisivo como una guadaña sobre nuestras cabezas—. Pero eso fue hace mucho tiempo... y todos hemos cambiado mucho, ¿no? —Pero no era una pregunta, ni era una afirmación, era un tanteo de terreno, y Miguel y yo temblábamos como si el piso de la residencia estuviese construido sobre un volcán.

—Mis pesadillas, al menos, no han cambiado —dije—. Pero eso no sería nada si no se estuvieran volviendo cada vez más violentas y si Miguel no las tuviera ahora también...

—¿Vos me estás diciendo, entonces, que tu vieja pesadilla ha ido evolucionando con los años y que Miguel también la tiene? —Sanguinetti no parecía sorprendido sino ansioso, y se puso a mirar a mi amigo como si fuese un conejillo de Indias. Se me ocurrió que siempre habíamos sido algo así para él.

—Sí, por lo menos es igual a como yo puedo contarla y la angustia es la misma...

—¿Alguien te persigue, Miguel? ¿Sabés quién te persigue? ¿Sabés a dónde tenés que llegar? —Sanguinetti lanzó una pregunta tras otra con demasiada desesperación, la ansiedad de su voz no se correspondía con la objetividad de un científico ante su evidencia. Como un relámpago cruzó por mi mente la idea de que lo que veníamos a contarle era algo que aquel hombre obsesionado había estado esperando, que incluso había planificado y soñado con ver cumplirse con mucha premeditación.

Miguel se miraba los pies, hacía sonar sus dedos y no contestaba. Tuve que intervenir:

—Me dijiste que sólo subías y bajabas, entrabas y salías, recorrías pasillos y elegías puertas como yo... ¿No, Miguel?

Miguel seguía sin contestar.



 
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