Advertisement
Inicio arrow Crónicas de la Forja arrow Nº 3 - Nuestro vecino orbital arrow Los locos días del asteroide, por Laura Ponce (cuento)
jueves, 09 de septiembre de 2010
 
 
Menu principal
Inicio
La Forja
Los Forjadores
Crónicas de la Forja
Noticias
Reseñas
Artículos
Tira cómica
Buscar
Libro de visitas
Ingresar





¿Recuperar clave?
¿Quiere registrarse? Regístrese aquí
Más populares
Licencia
Creative Commons License
El portal de Los Forjadores utiliza una licencia Creative Commons para su contenido. Haz click en el enlace para saber que puedes y que no puedes hacer con el mismo.

Estadísticas
695,169Visitors:
141Visitors today:
720Visitors yesterday:
2,594,314Page views:
686Page views today:
2,024Page views yesterday:
 
2006-10-05Statistics started:
Los locos días del asteroide, por Laura Ponce (cuento) Imprimir E-Mail
Indice de Artículos
Los locos días del asteroide, por Laura Ponce (cuento)
Página 2

Cuento escrito por Laura Ponce

Un misterioso asteroide, una pesadilla recurrente que desencadena una investigación y la búsqueda de una salida para un camino que se repite una y otra vez, como una órbita de la que los personajes no pueden escapar.


A Paula Salmoiraghi, que originó este laberinto para que lo exploráramos juntas.

Asteroide, por Fraga La escalera subía y, al llegar al rellano, doblaba a la derecha. Veinte escalones, treinta y doblaba a la izquierda. Diez más y terminaba en un muro. Bajar: la única salida. Bajé. Seguía bajando. Mucho. Mucho más que diez, veinte o treinta escalones. En línea recta hacia abajo. Y terminaba en un muro. Subir: la única salida. Subí. Ya estaba cansada. A mi derecha se abría un pasillo que antes no estaba allí. Lo tomé. Una puerta. La abrí, entré, otra escalera, bajé, otro pasillo, otra puerta, la abrí, entré, otra escalera, subí, otro pasillo, otra puerta, otra escalera, corrí, trepé. ¿Alguien me perseguía? ¿Quién? Otro pasillo, una habitación. Por fin, una habitación, llena de muebles que me golpeaban las piernas desesperadas. Una puerta igual a las anteriores detrás de la parva de muebles. No otra vez, no otro pasillo, no otra escalera. La abrí, la abrí...

Desperté gritando, agitada y cubierta de sudor por el esfuerzo de correr y apartar muebles a manotazos. Era mi viejo sueño recurrente. Se modificaba con pequeñas variaciones desde hacía años, pero en los dos últimos meses se había hecho más y más frecuente. Ahora llevaba cuatro noches soñándolo idéntico, obsesivo y desesperante. Al principio había sentido miedo, un miedo verdadero y profundo; después angustia, como una sofocación, una falta de esperanza. Ahora el cansancio se había vuelto como una niebla que cubría cualquier otra sensación o idea que yo pudiera tener.

Eran las siete de la mañana. No era demasiado imprudente llamar por teléfono a alguien que me devolviera la sensación de que estaba otra vez en el mundo de todos los días.

—¿Susana? ¿Te desperté? —le dije a la voz amiga que me respondió del otro lado de la línea—. Qué bueno que estés ahí —seguí, a riesgo de parecer más loca de lo que estaba—. Tuve otra vez el sueño, el de las escaleras. ¿Te acordás? Llevo cuatro días soñándolo. No puedo más. ¿Podemos vernos hoy? ¿A las diez? Bárbaro.

El mundo sí existía, sí había amigas allá afuera y sí podía charlar con una de ellas hoy mismo. Me levanté, desayuné, acomodé, lavé y limpié todo lo que necesitaba ser acomodado, lavado y limpiado en mi casa. Cada elemento de mi vida cotidiana era un ancla a la realidad conocida y ordenada.

A las nueve y media cerré la puerta detrás de mí y me encaminé hacia el ascensor. Iba apurada, pero al pasar frente a la puerta del departamento de Daniel aminoré el paso. Si bien él era el único de mis vecinos con el que intercambiaba algo más que un saludo, no nos conocíamos desde hacía mucho ni éramos grandes amigos y, sin embargo, me descubrí deseando que saliera justo en ese momento o encontrármelo esperando el ascensor, para hablar del clima, del trabajo o de cualquier otra cosa. Encontrarme con él siempre mejoraba mi día. Incluso tuve el impulso de tocar timbre, pero al instante me dije que era una desubicada y seguí caminando.

Aunque al llegar a la calle estaba llena de una alegría desmedida por poder salir y ver el sol común y corriente que iluminaba la vereda común y corriente,  noté que no era yo la única que tenía el mirar de loca que surge del mal dormir, de las pesadillas y del miedo a que éstas reemplacen a la realidad diurna. Caminé entre personas que caminaban entre personas que se dirigían, como yo, a cualquier parte. Nadie parecía tener muy claro qué hacía en la calle, a dónde iba o por qué hacía lo que hacía. Por suerte, Susana y yo vivíamos sobre la misma calle, a sólo una cuadra de distancia y solíamos encontrarnos en el pequeño bar de la esquina.

Mi amiga, la que debía consolarme y convencerme de que todo había sido sólo un mal sueño, estaba sentada en una de las mesitas exteriores y  tenía peor aspecto que yo.

—¿Y a vos qué te pasó? —le pregunté, casi retándola por quitarme el protagonismo de la desesperación.

—No iba a contárselo a nadie, pero parece que la cosa es bastante general... —comenzó ella clavándome en los ojos la errática mirada azul.

—¿Qué es lo que no ibas a contarme? ¿Qué es lo que es bastante general?

—Los sueños, Luisa. No sos la única que los tiene —dijo bajando los ojos como si ahora fuera importante evitar competir entre nosotras, igual que cuando jugábamos de chicas o salíamos a buscar novios.

—¿Cómo? —pregunté aturdida.

—Me dijiste que tu sueño se repite desde hace cuatro noches, ¿no? Bueno, a mí me pasa lo mismo y a mis padres y mis hermanos también, y a sus amigos y al portero de mi edificio y a todos los que les he preguntado. Ay, Luisa, por favor, ¿nunca hablás con nadie? ¿Siempre convencida de que todo te sucede sólo a vos?

No era momento para que ella me hiciera esos reproches ni para que yo me ofendiera. Traté de pensar en lo que Susana me decía, pero no pude más que seguir preguntando:

—¿Vos también soñás lo de las escaleras?

—No —aclaró ella con un resoplido—, tengo mi propia pesadilla repetida y cada quien la suya. Lo constante es que hace cuatro noches que todo el mundo ha aumentado su caudal de sueños o su poder para recordarlos y que los sueños son todos angustiantes y repetitivos.

—¿Qué vamos a hacer? —pregunté mirando a la gente que pasaba a nuestro lado con aire obnubilado.

—Yo creo que no podemos hacer nada. ¿No viste las noticias? —dijo ella y sentí que el fastidio por mi ignorancia la haría ironizar nuevamente sobre mi capacidad para comunicarme, mi encierro y mi poca relación con el resto de la humanidad.

—No —tuve que confesar.

—Es el asteroide.

Su voz indicaba que se trataba de una respuesta clara y definitiva, pero para mí no tenía sentido:

—¿Qué asteroide? —me vi obligada a preguntar.

—El asteroide que quieren “capturar” los de la NASA. ¿No sabías que están experimentando para cambiarle la órbita? Surgió una versión de que iban a terminar usándolo como plataforma para armas nucleares y se armó flor de revuelo; hubo manifestaciones frente a las embajadas, se hacen marchas y actos de repudio en todo el mundo... ¿En serio no te enteraste?

—¿Y qué tiene que ver eso con los sueños? —la interrumpí—. Si se viene el fin del mundo y todos están aterrados y por eso tienen pesadillas, la cosa no se aplica a mí porque no me había enterado de nada.

—La cercanía del asteroide altera nuestra psiquis, mujer: él produce nuestras pesadillas.

Solté una carcajada y Susana se ofendió y todos los que pasaban me miraron como si nunca hubieran visto a una loca.

—Ay, querida, contame ahora una de piratas: eso no es posible —dije confiada.

La cara de mi amiga se transformó por completo, había perdido la paciencia. Debí saber que no era momento para hacerme la piola y burlarme de ella que estaba intentando ponerme al corriente de la situación. Me gritó, mientras se levantaba de su silla y apoyaba las manos sobre la mesa, de manera tal que su voz me golpeara en plena cara:

—¡Te la pasás todo el día leyendo el horóscopo, el occidental, el maya, el chino, el tailandés! ¡Te la pasás hablando de los ciclos lunares y la influencia de los astros en lo líquido, lo terrenal, el aire, el fuego y la madera! ¿Y ahora no me creés que un coso que se está acercando a la Tierra cuando debía estar en otra parte influye en nuestra manera de dormir? ¿Eh?

No pude contestar nada; ella tenía razón, pero una cosa es creer que una cree y otra muy distinta tener las pruebas concretas en las manos. Me levanté y me fui sin despedirme. Susana ya me perdonaría, como siempre, pero yo necesitaba saber más.

Me fui a casa y pasé las siguientes cuatro horas metida en Internet, averiguando todo lo que pude sobre el dichoso asteroide. Cuando ya me lagrimeaban los ojos y caí en la cuenta de que estaba entendiendo la mitad de lo que entendía cuando empecé a leer —que ya era la mitad de lo que leía—, me acordé de un profesor que había tenido en la facultad que era aficionado a la astronomía. Nunca habíamos tenido una relación demasiado cercana (a pesar mío) y hacía años que no sabía nada de él, pero todavía tenía su dirección de e-mail.

Le escribí un largo mensaje en el que me disculpaba cada dos párrafos, trataba de no aludir a viejos asuntos conflictivos y detallaba todo lo que, producto del exceso de información y la falta de sueño, estaba fermentado en mi cerebro. Enumeré las más variadas conjeturas y expuse las más locas teorías, incluso la de Susana. Después de enviarlo me quedé mirando la pantalla. Al rato me di cuenta de que estaba como en “piloto automático”. Miré la cama mullida e invitante, pero rechacé su engañosa suavidad, su falsa promesa de descanso. Tampoco quería pensar en que hacía tiempo que no la compartía con alguien. 

Fui a buscar los puchos y algo para comer. Me parece que no estuve mucho en la cocina, pero no estoy muy segura. Creo que me quedé mirando el azulejo que tiene un rayoncito en el borde superior derecho durante un lapso indeterminado de tiempo. De repente, el goteo de la canilla sobre la pileta me sobresaltó como si fuese el tic-tac de un reloj monstruoso.

Al regresar a la habitación, encontré una respuesta en el correo. A decir verdad, me sorprendió. Y me sorprendió que me sorprendiera. Me di cuenta de que había mandado el mail como la acción inevitable, el paso natural después de seguir los otros pasos, y casi no esperaba respuesta. Todo esto era como estar inmersa en una marea pastosa. ¿Eran las pesadillas recurrentes las que me causaban esa sensación inexplicable? ¿Era la falta de sueño? Debe ser el asteroide, me dije, burlona. Pero no tenía gracia.

La dirección que me había enviado mi ex-profesor estaba en el barrio de Colegiales. No conocía mucho la zona pero creí que, guía en mano, no me sería difícil llegar a dónde debía. Me odié por no averiguar antes, por no buscar ayuda, por no animarme a parar el auto en una esquina y preguntar, por dar vuelta en una esquina y en otra y en otra y en otra que era la misma que la primera en la que había dudado si no estaría perdida. Quise ponerme a llorar, volver a casa, esconderme bajo una frazada o una montaña de helado pero, como nunca hago lo que quiero, seguí dando vueltas.

Me vino una especie de alegría histérica al comprobar de pronto, después de tanta vuelta, cruce y avenida, que me hallaba donde debía y no me pregunté cómo había conseguido llegar allí. Estacioné la máquina que suelo conducir en la primera media cuadra que encontré despejada (estacionar entre autos me da vértigo) y busqué la numeración. Creí que me habían robado cuando el número que necesitaba, el 1970, no estaba entre el 1973 y el 1969. No se rían, fue un segundo, después llegué a la conclusión de que la vereda par era la de enfrente.

Aunque se trataba de un chalet y no de un edificio, en la entrada había portero eléctrico. Toqué timbre y una voz masculina atendió:

—¿Sí?

—Buenos días, mi nombre es Luisa Beltrán, vengo a ver al profesor Sanguinetti —dije.

—Un momento, por favor —respondió la voz.

Me sudaban las manos. No podía creer que estaba a punto de volver a ver al hombre que había sido el protagonista de mis fantasías sexuales durante más de una década, al hombre con el que yo comparaba a todos los demás. Y de pronto me sentí completamente fuera de lugar. ¿Qué estaba haciendo ahí? ¿Me había vuelto loca? ¿Ya sería tarde o todavía estaría a tiempo de correr hacia el auto sin ponerme por completo en ridículo? Entonces la puerta se abrió y me quedé sin aliento. Del otro lado del umbral me sonreía un muchacho que tendría unos veinticinco años, una mirada deslumbrante y el cuerpo de una bestia de carga.

—Vengo a ver al profesor Sanguinetti —llegué a repetir, después de aclararme la voz.

—Sí, adelante —respondió él, con el ademán cortés.

—Disculpe, Luisa, estaba terminando con una llamada telefónica —dijo una voz a su espalda mientras yo entraba y veía aparecer al profesor, algo más encanecido, pero básicamente igual a cómo lo recordaba—. Ah, veo que ya conoció a mi hijo —agregó con una sonrisa.

¿Su hijo? ¿Andrecito? ¡Mierda! ¡Cómo había pasado el tiempo! ¿Cuántos años tenía en la foto que Sanguinetti solía llevar en la billetera y sacaba en el momento preciso en que yo creía que se había decidido a avanzarme y olvidar, aunque fuera por un rato, a su familia? ¿Diez, doce? Y sí, habían pasado casi quince desde entonces.

—No se deje guiar por su juventud, Luisa: Ya es ayudante en la cátedra de psicología. Pronto superará a su padre.

Le palmeó la espalda atlética con genuino orgullo, Andrés sonrió y yo creí que me derretiría ante ese dúo. Tuve que hacer un gran esfuerzo para enfocarme en el motivo de mi presencia allí. Me quité los lentes de sol que, estúpidamente, todavía tenía puestos y busqué en mi bolso el anotador al mismo tiempo que decía:

—Disculpen que los moleste, pero este tema me tiene muy perturbada.

Y mientras acomodaba mis notas, empecé a hablar de las pesadillas, de la teoría de Susana, del tiempo que llevaba sin dormir, y de lo que había averiguado en Internet. Cuando volví a levantar la vista, me di cuenta del modo en que me observaban y temí haber puesto demasiado en evidencia el pobre estado de mi mente.

—Creo que en la biblioteca vamos a estar más cómodos —murmuró Sanguinetti padre, señalando hacia la otra habitación.

Los estantes cubrían las ocho paredes de la sala octogonal, desde el piso de parquet hasta el cielo raso blanquísimo, y sostenían, no sólo colecciones perfectamente distinguibles en su monótona hermosura, sino también pequeños libros destartalados, pilas de diarios y revistas, cajas despanzurradas, fotos familiares en portarretratos de madera, lapiceros, ceniceros y portasahumerios. Hubiera estado meses allí adentro sin decir una palabra y se ve que mi cara me delató porque el turro de Sanguinetti disfrutó mi estupefacción como siempre disfrutaba mis expresiones de “Sos maravilloso” en el pasado remoto.

El hijo se avivó de que algo pasaba y, como si no quisiera perder protagonismo en la situación, fue directo al tema.

—La teoría de su amiga no nos es desconocida —dijo.  

—No, claro que no —agregó su padre, después de aclararse la voz con gesto docto—. De hecho, usted parece ser del grupo 2, los que...

—¿Grupo 2? ¿Grupo de qué?

—A eso voy, Luisa: Grupo 2, los que sueñan con laberintos... Mire: Según nuestras deducciones, los grupos son numerosos pero no infinitos, ni siquiera equivalentes a la cantidad de soñadores, ni siquiera un número en proporción directa al número de soñadores. Hasta ahora hemos clasificado cuarenta y ocho grupos puros y algunas variantes de cada uno que no decidimos si incluir por semejanza de ambiente y/o personaje, por emoción o por secuencia narrativa. Observe —y me extendió una carpeta en cuya primera hoja leí: “Sueños recurrentes y soñadores agrupados”.

En las páginas siguientes se describían los grupos. El Grupo Uno: La caída, donde el soñador cae en un pozo sin fondo, o de un edificio de innumerables pisos, o de una escalera infinita. Nunca llega al fondo (nunca antes de despertarse). El Grupo Dos: El laberinto, donde el soñador se encuentra en un ambiente cerrado que cree conocer pero que poco a poco se torna desconocido y amenazante. Puede o no haber sensación de perseguidor (ver grupos 3 y 4, suelen combinarse). El Grupo Tres: El monstruo, donde el soñador es perseguido y atacado...

Cuando finalicé la lectura de la primera página, di una mirada a la página siguiente donde figuraban los grupos del seis al once y aumentaban las notas a lápiz en el margen. Sin ganas de leer las descripciones de los cuarenta y ocho grupos, finalmente tomé coraje y pregunté:

—¿Qué es esto? ¿Qué tiene que ver con el asteroide?

—¿No va a terminar con la lectura de la carpeta? —preguntó Andrés, algo desilusionado.

—Me encantaría —dije intentando sonreír sinceramente—, pero quisiera conocer su teoría para poder comprender mejor el sentido de esta investigación. A propósito: ¿Cuáles son las fuentes de todos estos datos?

—Los propios soñadores, por supuesto —dijeron ambos hombres a coro y mi sensación de que les faltaba un tornillo a cada uno empezó a tomar demasiado cuerpo en mí. Se me habrá notado mucho, porque Sanguinetti padre sonrió didácticamente y procedió a explicar:

—Con otros miembros de la cátedra llevamos algún tiempo realizando un estudio acerca de los sueños recurrentes y el inconsciente colectivo. Y este tema del asteroide, las múltiples y apasionadas reacciones que el experimento de su cambio de órbita despiertan, nos ofrecen una oportunidad única de estudio.

—Pero... —balbuceé confundida.



 
< Anterior   Siguiente >
»
Taller literario
Taller de creación literaria de habla hispana especializado en ciencia ficción, fantasía y terror




Powered by groups.yahoo.com

 
Top! Top!