| Saltando a la comba, por Víctor Pintado (cuento) |
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Cuento escrito por Víctor Pintado Si la verdad no está nunca en los noticieros que sólo quieren vender publicidad, ni en los falsos religiosos, ni en los alarmistas crónicos, quizás esté en la canción de una niña. Una niña de ésas que todavía dedican su tiempo a saltar a la comba cantaba acerca de un barquero que permitía pasar gratis a las niñas bonitas. Pero a ella no le gustaba ese trato de preferencia.
Después de muchos años, el asteroide volvió a ser visible para el mundo. Sólo iba a estar ahí durante unos días, hasta regresar por donde vino. En realidad no es que se parase y diese media vuelta, todo tenía su explicación. Pero, para que se entendiese, se decía aquello. En esa ocasión, no se dio la media vuelta. Su trayectoria prevista estaba poco a poco convirtiéndose en algo tan inservible como las notitas pegadas a la nevera: “Comprar merluza” Pero ese pescado no se puede comprar, porque el niño ya comió barritas de merluza el viernes en el comedor escolar, y tampoco se le puede recoger, porque de hecho está en su cuarto, presumiblemente estudiando.
La amenaza celeste se acercaba cada vez más. Su tamaño era, en líneas generales, ridículo, pero a través de la tele se veía más grande que el planeta, incluso. Cuando se descubrió que simplemente había tardado dos meses más de lo calculado en volver, nadie se enfadó por los alarmismos. Las iglesias se habían vuelto a llenar. Los curas menos informados pensaban al principio que lo que pasaba era que había un tifón y toda la gente sólo se estaba refugiando de la lluvia. Lo que realmente debió alarmar a la gente fueron las amenazas inexistentes que a partir de ese momento los medios supieron inventar de la nada, para seguir cobrando la publicidad.
Una niña de esas que todavía dedican su tiempo a saltar a la comba cantaba acerca de un asteroide que sentía pasión por la Tierra. Según su canción, navegaba los cielos para engañar a la Tierra y seducirla para, una vez muerta de amor, abandonarla e irse a otros sitios. Nuestro planeta quedaba entonces llorando, pero la Luna, su único amor verdadero, le consolaba bailando un vals alrededor de ella y dedicándole todas sus facetas a lo largo de los años, hasta que el asteroide mezquino volvía a intentar la seducción, esta vez en vano. “En este segundo cuento, paradójicamente respecto al primero ('El Agua de Bacálape'), pensé menos pero escribí más. Y la verdad es que, por ello, unos meses después ya no recordaba ni las fibras que el cuento tocaba. Menos mal que Susi me dijo que el relato le gustó; si no, lo hubiese dejado olvidado entre los archivos.” Víctor Pintado |
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