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miércoles, 08 de septiembre de 2010
 
 
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La mente no es yo, por Ricardo Germán Giorno (cuento) Imprimir E-Mail

Cuento escrito por Ricardo Germán Giorno

¿Qué harías si tu vida rutinaria y cómoda fuese interrumpida por la llegada de un hombre con dinero y palabras del futuro? No comprender ni una palabra del manuscrito que se nos envía ¿es excusa suficiente para "romper la cadena de mensajes"?

Me llamo Juan Diego Soto Suárez, soy argentino y no escribo más que mensajes de correo electrónico, demandas, reconvenciones, peticiones, actas y escrituras que los eventuales clientes me dictan.

Pero un día fue diferente. Por lo extraño fue diferente.

Recibí una carta manuscrita cuyo significado me sobrepasaba. No es que estuviera escrita en una lengua desconocida: su interpretación iba más allá de mis experiencias.

Recuerdo que vino una persona vestida a la manera malaya y, sin decir palabra, me entregó el manuscrito, adjuntando una buena cantidad de dólares.

Se quedó mirándome, como estudiando mi reacción y luego señaló el ordenador.

Enseguida comprendí lo que me quería decir: debía copiar la carta y mandarla a todos los contactos y listas posibles. Yo disponía de muchas direcciones.

Le dije que no se preocupara, que ya mismo me ponía en movimiento para realizar sus deseos. Él, una vez convencido, se retiró, dejándome en poder del extraño manuscrito y de los dólares. Recién cuando lo vi partir me di cuenta de que cojeaba ostensiblemente.

Pero mi sorpresa recién comenzaba. Se me ocurrió estudiar uno de los dólares y quedé frío: la fecha de impresión decía “abril de 2155”. ¿Había sido timado? Releí el manuscrito. Entonces, una convicción se fue haciendo carne: trataría de compartirlo con todas las personas posibles. Quizá alguien sí lo entienda.

El papel decía lo siguiente:

Amaneciendo al dolor, le grito a la consola de adormilación y contemplo una vez más el peral. No sé por qué la visión flota sobre una mueca de disgusto. Lo decido al instante: encuentro la consola de preñez y le ordeno con voz clara y concisa: ¡Naranja! Debo pronunciar muy bien las palabras, una vez dije: ¡Conejo! y me descubrió una cerdita de ojos soñadores.

Tendré un despertar diferentemente perfumado. La visión futurista me corre hacia atrás, muy atrás, casi hasta cuando sostenía formas pesadas con mis… mis… y que cobraban vida a medida que… que… ¿cómo era?  Otra jornada de desvaríos.

La visita al antes me deja un sabor a muerte en la mente que se agita inquieta buscando ese atajo cotidiano que le permita comandarme.

El pasado me aprisiona, pisotea la mente, que huye a buscar aliados. Una punzada de apetito carnoso me encierra, ahogando uno de los rayos que el tiempo eyecta. Ayer vuelve y abofetea la nuca del malayo rengo, hasta hacer que tome una hoja de papel, que se mantiene blanco gracias a la consola de mantenimiento. Veloz y sudorosa, la mente irrumpe queriendo dictar las consignas del futuro, pero no puede. Pasado se desprende en ese animal que una vez intimé fundido y la somete con ardor.

Ayer me habla y le dicto al malayo:

“Querida  Malatinta:
Te escribo estas líneas sabiendo que jamás las obtendrás, ni siquiera podrás atrapar la sorpresa que nace de la mezcla entre tus dichos y las consecuencias de la lluvia.
No te escribí antes por varias razones, unas más astutas que otras, aunque las principales hayan sido el descarte y la oxidación. Vibrando a un régimen inaudito quiero decirte que ahora tampoco lo estoy haciendo.
Un agujero se abre y por él puedo pasar parte del delito anhelado. Ya que estoy en ayer, me traje a Muoyo y lo estaqué a la consola de convite. A partir de allí se convirtió en una parte importante de la consigna”.
 
El perfume de las naranjas recientes arrebata la hoja blanca y permite incorporar la mente al juego de cuplé. Aceitosa y maléfica después del coito, vuelve los chips en contra. Pero el perfume prevalece y consigo ordenarle ¡jugo! a la consola de consuelo. La chorreante frescura acapara final incierto. Pasado aprovecha ordenándole al malayo que tome la hoja de papel y le dicta:
“Malatinta: Acordeón subido al potro y te regalo por eso. Patento las visiones extremas para que la mentira no extraiga rédito. Perforo el alimento incoloro buscando variarte las consignas. Sublime y pútrida te acaparo, conteniendo el gozo para que el instinto no brille”.
De golpe, Ayer interviene:
“Querida  Malatinta:
Vuelvo sobre los pasos advirtiendo lo efímero del retorno. La decepción, el engaño, la avidez, el consentimiento, la lujuria, se abatieron sobre los Anteriores, pero la consola de consuelo los detiene y les confunde los roles. No te escribí ni te escribo ahora. Gritos estúpidos, que difieren del verdadero, y que quizá jamás lo sientas, no me lo impidieron. Ojalá te penetre la ansiedad por lo rojo, tal como a mí me evadió el verde. Los deseos, que no te llegarán, los vierto sobre la consola de convite, allí, donde Muoyo condensa las venas de la venganza. Quizá pueda alguna vez complacerme, aunque la mente lo duda”.
Nomás dictarla para que reaparezca. La mente acapara los pocos mendrugos esparcidos y me comanda una vez más, trayéndome el raciocinio en brazos de oscuras olas. Me zambullo en la fragancia de la omisión y me dejo ir…

La mente no es yo, por Yu Leo el papel que garabateé. Escribo sobre él, es el último que queda. Cada vez me cuesta más retomar mi cordura. Tan sólo quedan las consolas, que nadan en un mar de negra podredumbre. Casi no hay tierra. Es que las consolas me buscan una pareja que, ahora sé, nunca encontrarán. No habrá nuevos Adán y Eva. Y cuando la energía se apague, se apagarán las consolas y ya no podré recordar que una vez fuimos muchos.
 

Usaré la poca carga de las consolas para ver si logro crear un poco de energía temporal. Mis antecesores nunca lo lograron, pero ya no importa. Lástima, tendré que prescindir del malayo, el último humano medianamente entero.

Es el fin, lo sé, y no puedo hacer nada para evitarlo.


Así terminaba la carta. Recuerden: me llamo Juan Diego Soto Suárez, soy argentino y no escribo más que mensajes de correo electrónico, demandas, reconvenciones, peticiones, actas y escrituras que los eventuales clientes me dictan. Si alguno comprende el significado del manuscrito no tiene más que hacer clic sobre el botón “Responder”. Aquí estoy, esperando.

Muchas gracias y perdonen la molestia.
  

“Pensé que si yo trabajara de lo que trabaja el tipo de la premisa, ¿cuál sería la cosa más extraña que me podría suceder? En seguida supe la respuesta: una carta cuasi inentendible que aparentemente proviniese del futuro. Después sólo fue escribir, dejando que los dedos bailaran sobre el teclado.”

Ricardo Germán Giorno
 
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