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jueves, 09 de septiembre de 2010
 
 
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El narrador en primera persona o la prisión sin rejas de la experiencia, por J. N. M. (artículo) Imprimir E-Mail

Artículo escrito por Jesús Nieves Montero
 
E. M. Forster, el novelista inglés, entre sus todavía vigentes “Aspectos de la novela”, aborda lo relacionado al punto de vista narrativo subrayando la oportunidad que nos brinda la tercera persona, especialmente la omnisciente, para lograr algo que nos es prohibido en la vida cotidiana: conocer la interioridad del otro, sea quien fuere.

Madame Bovary (tomado de Wikipedia)Podemos mentirnos en relación con parejas, hijos, padres, amigos: es nuestro derecho. Sin embargo, más allá de la ficción, apenas si conocemos a los demás por sus comportamientos y palabras y tratamos, cuando tenemos la suerte de acceder a papeles íntimos o confesiones de impacto, de armar un rompecabezas para acercarnos a la persona. En realidad, sólo en la ficción podemos ver cómo Emma Bovary se ilusiona absurdamente con el beso que le da Rodolfo y se entrega como si fuera un idilio eterno mientras Rodolfo, durante ese mismo beso, imagina excusas y escapes a su absorbente amante; todo gracias a la maestría de Flaubert.

La narración en primera persona protagonista hace que el escritor renuncie a estas ventajas y trate de sacar ventaja de su desdoblamiento en un espejo de nuestra percepción en la “vida real”.

El valor del testimonio

No son despreciables los beneficios de la primera persona protagonista. Al comienzo de cada historia, entre autor y lector se sella un pacto que, entre otras cláusulas, incluye el beneficio de la duda por algunas líneas o párrafos acerca de la veracidad de lo que se cuenta. No es meramente un problema de verosimilitud, pues por grande que sea la brecha entre el mundo ficcional planteado y la realidad del lector siempre queda el recurso de lo convincente que sea el autor para presentarlo.

La tercera persona, en particular la omnisciente, puede deslumbrar con sus indagaciones en la conciencia de los personajes más sus comentarios que van bordando desde varios frentes la historia, pero difícilmente puede disimular el artificio.
 
En cambio, el narrador en primera persona, parece estar revestido de honestidad. Decimos: “Eran las cuatro de la tarde cuando vi el primer unicornio volador pasar por mi ventana”. Por desmesurada que nos resulte la afirmación, hay algo de valor en el hecho del “yo lo vi, yo lo presencié, yo fui testigo”. Dependerá luego del narrador mantener su mundo de unicornios voladores, banqueros especuladores o pacíficas abuelas tejedoras con una anécdota interesante y una ordenación dramática de los eventos que sea efectiva, pero, el primer round de esa pelea que debe ganar por puntos —en la novela— o por knock out —en el cuento—, según la imagen de Cortázar, podría estar ganado gracias al narrador, con lo cual se establece uno de las más resaltantes ventajas de esta elección.

La prisión de la experiencia

Prisión (tomado de Wikipedia)Creemos un héroe de ficción. Se trata de un marido ejemplar: valora la fidelidad, provee al hogar, deja espacio a su esposa para su crecimiento personal y profesional. Creemos una antagonista. Se trata de una esposa cuasiejemplar, sicóloga de deportistas de élite, que, dadas algunas circunstancias, termina por ser infiel a su marido con uno de sus clientes. El centro de la historia es la transformación que tendrá el marido después de conocer la situación.

La traición sucede en secreto pero, más allá del hecho de la infidelidad, el verdadero problema en relación con la antagonista radica en que, aunque no puede verbalizarlo, ni siquiera reconocerlo, ella huye de su marido a través de esta relación porque la rutina ha convertido a su hogar en una réplica de su entorno infantil, donde ella fue muy infeliz porque nunca se sintió valorada. Esta información podría ser un potente atenuante al juicio final que haga el marido.

La historia la narra nuestro protagonista. Sí, él nota algunas llegadas tarde de su esposa, también cree haber detectado alguna contradicción en ella, algún cruce de miradas relativamente sospechoso en alguna fiesta. Pero realmente, su trabajo y el convencimiento de ser un buen marido le impide si quiera elucubrar sobre una infidelidad que es llevada con una discreción detectivesca, por motivos profesionales del atleta y familiares de la mujer.
Hasta el momento del descubrimiento, el marido se mantendría como una víctima y la historia, simplemente, carecería de genuino interés humano al quedar como recurso un improbable descubrimiento en flagrancia del deportista y su esposa o, peor aún, un final efectista donde el marido repudia melodramáticamente a su esposa después de que ésta confiesa. El marido, como todos nosotros, está condenado a conocer sólo las palabras y acciones de su esposa, los cuales mira a través del cristal distorsionante de sus prejuicios y nociones. Se encuentra prisionero y no lo sabe.

Beso (tomado de Wikipedia) Es entonces cuando el buen narrador, que sabe que debe dotar al marido de algo más de información, debe acudir a recursos como el descubrimiento de un diario personal de la esposa donde encuentra algunas pistas que le proporcionan indicios de la infidelidad o le recuerdan una conversación que tuvo con su suegra hace muchos años en la que se hablaba de la infancia de la esposa. O un amigo que al pasar vio a la pareja al entrar a un motel y decide compartir el dato. O un recorte de prensa del corazón donde, como leyenda de una foto de los amantes, se preguntan quién será la nueva “amiga” de un deportista soltero y perseguido por hordas de mujeres. Se trata de soluciones dramáticas que no abren de par en par la puerta, pero que permiten disfrutar de las ventajas de la primera persona protagonista sin victimizar al narrador.
 

La primera persona en perspectiva

Perspectiva (tomado de Wikipedia)Es interesante recapitular sobre la siguiente idea: el punto de vista no es un asunto simplemente de la persona gramatical, abarca también, como mínimo, la distancia que establece la voz narrativa en relación con las situaciones y personajes presentados y el marco referencial cultural en el cual se desenvuelve. Sin embargo, al limitarnos a la discusión en torno a la persona gramatical, surge con frecuencia un debate: ¿Es la primera persona la manera “más natural” de narrar?

En realidad, nosotros vivimos las experiencias, por así decirlo, en primera persona, pero como de todo aquello que decidimos contarnos —en recuerdos, reproches o cualquier otro tipo de evocaciones— nos separa un período de tiempo, no podemos evitar el desdoblamiento, con lo cual se produce el efecto de una narración permanente en tercera persona, a la cual recurrimos para narrarnos nuestras vidas.

De cualquier manera, en estos casos, la moraleja siempre es similar: no existe un punto de vista mejor o más natural que los otros, se trata simplemente de ese proceso de adecuación a la historia y los personajes que hacen que el artefacto que es un cuento o una novela funcione a los ojos del lector sin sobresaltos.
 
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