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jueves, 29 de julio de 2010
 
 
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El barco, por Paula Irupé Salmoiraghi (cuento) Imprimir E-Mail

Cuento escrito por Paula Irupé Salmoiraghi

Delante del ventanal del oficinista que protagoniza este cuento, el barco pirata navega con las velas desplegadas y sus tripulantes gritan un nombre. ¿Quién sería capaz de dejarlo zarpar? ¿Quién soportaría verlo alejarse en el horizonte y seguir detrás del escritorio?

Me llamo Juan Alejo Suárez, soy oficinista y no escribo más que mensajes de correo electrónico, demandas, reconvenciones, contrademandas, peticiones, actas y escrituras.

No escribo cosas como: "La noche está estrellada y tiritan azules los astros a lo lejos", no las escribo aunque podría, aunque lo deseo, realmente lo deseo. También: "Esa mujer se parece a la palabra nunca" o "Me duele una mujer en todo el cuerpo". También.

Lo que sí hago es mirar el barco. No estoy de acuerdo con los que dicen que no existe o que necesito unas vacaciones o un nuevo terapeuta. Sé que está ahí y que pasa cada tarde por delante de mi ventana. Pasa lento, muy lento, tipo seis de la tarde, cuando ya tengo ganas de salir de mi escritorio, cuando el sol se está escondiendo detrás de los rascacielos y los autos allá abajo, veinte pisos más abajo, empiezan a formar embotellamientos y a llenarlo todo de bocinazos.

El barco, por Carlos Fernández Yo pongo los codos sobre todos mis papeles, la cara entre las manos y me quedo así, mientras asoma su mascarón lentamente por un extremo del ventanal (el izquierdo siempre, del lado del mar) y navega con todas sus velas extendidas y su bandera pirata ondeando en su propio viento, y se va por el lado derecho. Luego suspiro profundamente, sacudo la cabeza como diciéndome a mí mismo que es imposible y sigo con mis demandas y mis actas y todo el trabajo atrasado.

Lo raro es que nunca lo veo volver. No sé por qué supongo que lo veo ir, que ese recorrido ante mi ventanal es la ida y que en algún momento regresa hacia el mar para volver a pasar a la tarde siguiente. No sé si se dirige a algún puerto o a alguna batalla. No he visto nunca a su tripulación.
 
En realidad, en verdad... lo que dije más arriba es mentira. Eso: lo de no haber visto nunca a su tripulación. Lo que pasa es que una cosa es confesar que uno ve un barco pirata que vuela todos los días entre los edificios de una ciudad como ésta y otra muy diferente creer que su capitán te llama por tu nombre y te ha dicho que necesita un poeta a bordo, un cronista, alguien que registre para la posteridad sus aventuras, sus hazañas, que un capitán con pata de palo, parche en el ojo y loro multicolor en el hombro se pone las manos en la boca en forma de cono, se inclina sobre la balaustrada y te grita: "¡Juan Alejo, Juan Alejo Suárez!". También es complicado creer que hay una joven de trenzas negras que canta en la proa y que el timonel te ha guiñado un ojo y prometido soltarte una cuerda para subir. ¿Verdad que es demasiado? ¿Cómo decirles que me dejen sólo mirarlos, que los vidrios espejados son muy resistentes, que se astillarían, que un salto al vacío sería muy riesgoso, que las burlas de mis compañeros serían peores aún? ¿Cómo privarme de la belleza del barco, de sus mástiles erguidos, de sus velas hinchadas, del olor a sal, a pescado, a aire libre que me trae cada tarde? ¿Cómo decirles a los navegantes, sin defraudarlos, sin temer que no vuelvan jamás, que no quiero ir a ser pirata, que soy feliz mirando desde acá, que los admiro, los quiero muchísimo, que vivo para verlos pasar, pero que no puedo ser ni siquiera grumete a bordo?
 
Hoy les hice una pequeña seña, la primera, la única. El único gesto que el barco ha tenido de mí como certidumbre de que los veo, los escucho, los huelo, pienso todo el tiempo en ellos. Apenas moví la mano, apenas sonreí cuando ni el jefe ni Giménez me estaban mirando, cuando Martita había salido a traer café.

Barco, por Juan Raffo Quiero dejar claro que fue sólo un pequeño gesto, que yo nunca les pedí nada, que ni siquiera he intentado imaginar cómo sería mi nueva vida. Pero lo sé. La mujer de las trenzas lo confirmó con la mirada, el capitán lo gritó a viva voz, los marineros levantaron sus brazos saludándome y mostrándome la dichosa escala de cuerdas. Sé que vendrán por mí, que esta noche, cuando todos se hayan ido y yo me quede a hacer horas extra, a terminar de enviar papeles para aquí y para allá, cuando yo esté solo en esta oficina de mierda, el barco vendrá desde la derecha, virará lentamente su proa hacia mí, hacia mi escritorio mugriento y quebrará los vidrios. Toda su quilla quedará fondeada sobre el armazón del ventanal y nadie comprenderá al día siguiente.

Aunque ninguno de mis compañeros me eche de menos y mi jefe sea feliz reemplazándome, he escrito una nota para ellos, quizás los recuerde cuando esconda tesoros, domestique tempestades y me transforme en el juglar épico más famoso de los siete mares. Quizás alguno me comprenda al leer estas breves palabras de despedida:

"Sr. Jefe: Yo no quería abandonar así mi puesto de trabajo, ellos me han obligado. Son piratas, no tienen modales. Yo, en cambio, aún tengo mucho que aprender, aún necesito darle a Ud. explicaciones y este dinero, que ya no necesitaré, para reparar los vidrios. Suyo, atte. Juan Alejo Suárez".
  

“Cuando nuestro compañero Juan Diego entró al taller y se presentó con las líneas que comienzan nuestros cuentos de este ejercicio, vi claramente que era una especie de disculpa, de justificación, pero que se contradecía a sí mismo: decía que sólo escribía una cosa, pero estaba escribiendo otra. Ese hecho contradictorio me hizo tomarlo como nacimiento de un tipo de personaje que siempre ronda mis ficciones: el escritor (o escribiente) que tiene problemas para escribir. Y, ampliando la figura: el que hace algo que tiene problemas para hacer, el que está en un lugar donde no quiere estar, el que tiene miedo de ir allí donde desea ir con todo su corazón. La imagen del barco pirata flotando delante de un ventanal ya estaba en mí hacía años, no sé cuál fue su origen exacto. El barco pirata "me" flotaba adelante desde hacía mucho y ambas cosas cuajaron para que mi oficinista "diera el salto". Con respecto a la experiencia de tallereo, puedo decir que me sorprendió la idea de suicidio que percibieron algunos de mis compañeros y compañeras. Sé que esa idea está allí, pero me causa extrañeza que el salto hacia lo más deseado, hacia la fantasía suprema, el logro supremo de "su-mi" vida, la concreción de la ilusión de ser pirata, tenga tanta carga de muerte. Quiero creer que el mayor deseo y el mayor miedo se conjugan en ese momento supremo, quiero creer que la "muerte" es el cambio y la eliminación de residuos de vida vieja, de personalidad superada, de ocupaciones y elecciones de vida que ya no nos conforman y dejamos para vivir más plenamente. Es lo que yo quiero creer: veo a mi oficinista hecho pirata y sonrío.”

Paula Irupé Salmoiraghi
 
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Taller de creación literaria de habla hispana especializado en ciencia ficción, fantasía y terror




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