| El efecto 3000, por Federico G. Witt (cuento) |
|
Cuento escrito por Federico G. Witt 1. La Torre Stavros (15/10/99) Estacionó su vehículo y de inmediato apareció un transporte horizontal que se ofreció a llevarle. Lo rechazó, prefiriendo caminar por la plataforma hasta su destino, un colosal edificio que sobresalía imponiéndose al resto de las instalaciones. La torre se asemejaba a un enorme falo —Muy típico de Nikos, pensó Jack— que se erguía orgulloso desde las profundidades hasta alcanzar una altura de dos kilómetros sobre el nivel del océano. El trayecto hasta su base no le supondría más de veinte minutos, y quería estirar las piernas. Además, ahora necesitaba, más que nunca, mentirse a sí mismo, recrearse en algo parecido a su propia insignificancia a medida que se acercaba a la que se decía que era una de las Siete Maravillas del Mundo; fálica, pero maravilla al fin y al cabo. El bullicio de los vehículos zumbando alrededor de la torre le volvió a producir el mismo vértigo que la primera vez que presenció aquella escena. Las paredes de aquella mole de vidrio, metal y carbono estaban prácticamente recubiertas por los millones de pequeños monoplazas que iban y venían en perfecto orden, sin entorpecerse ni chocar entre ellos, como si ejecutaran una danza sincronizada. En alguna ocasión le había recordado el túmulo de un hormiguero. Era todo un espectáculo, y podía ser más estremecedor aún si se pensaba que desde allí se había dirigido el destino de la humanidad a partir de la conclusión de la Cuarta Guerra Mundial. Al pie de la torre, Jack se montó con agilidad, casi al vuelo, en uno de los monoplazas que circulaban sin pasajero; se acomodó, pulsando el botón que accionaba el cierre del techo abatible, e introdujo en el panel de control el piso y el código del despacho al que quería dirigirse: “700-0001”. Había un único despacho en el último piso. —Ha introducido un código no admitido —replicó de inmediato una voz cibernética, y añadió—: Necesita una autorización de máxima prioridad si quiere acceder a ese despacho. El monoplaza, mientras, efectuó una hábil maniobra para acceder al más próximo de los estacionamientos de espera. Éstos, como ojos de remolinos en el tráfico que cubría la torre, permitían a los vehículos apartarse de las angostas hileras del tránsito para cambiar de una a otra o, como en aquel caso, dar tiempo al pasajero a rectificar algún error de código. —Entonces prueba con éste —ordenó Jack, e introdujo “5OY-D1O5”. —Admitido. El monoplaza se puso en movimiento, saliendo del estacionamiento de espera y situándose en una hilera lenta para ir cambiando progresivamente a otras en las que los vehículos se desplazaban a mayor velocidad. Finalmente accedió a una de las vías principales, que ascendía de manera vertiginosa. Cuando estaba llegando al piso setecientos, Jack vio cómo en éste se había abierto una de las planchas de metal y carbono que hacían las veces de compuerta. El monoplaza se dirigió hacia ella y se situó de forma que Jack pudiera acceder al edificio dando un solo paso. —Buenos días, señor Hardy. Me alegra volver a verle. El señor Stavros le espera en su despacho. La secretaria de Stavros era extremadamente eficiente, tanto que el viejo (y fálico) Nikos no la había sustituido desde su anterior visita, algo muy poco habitual en él. Sin esperar respuesta, pulsó un botón y una puerta se abrió en una de las paredes. —¡Jack, cabronazo! No sabes cuánto me alegra volver a ver esa jodida cara de empollón —Nikos siempre tan efusivo, se dijo Jack—. Hace por lo menos cien años que no te dejabas ver por aquí. —No exageraba; ciento catorce, para ser precisos. —Hola, Nikos. ¿Para qué querías verme con tanta urgencia? —Jack no quería andarse con preámbulos. No aquel día. Estaba seguro de cuál era el motivo de la cita pero aún quiso dar una oportunidad al azar. Nunca se sabe. —Tenemos que trabajar juntos, Jack. O comenzamos ahora mismo o estamos jodidos. La hemos cagado, ¿sabes? Y esta vez puede que la hayamos cagado de verdad. 2. La visita —Es necesario… No. Es im-pres-cin-di-ble que HUTECH y STATECH trabajen codo a codo para resolver este problema. —Te escucho. Explícate. —Bien, te lo expondré sin rodeos. ¿Has oído hablar del Efecto 2000? —Ahora a Jack no le cupo la menor duda. La gente de STATECH se había dado cuenta. Pero por fortuna era demasiado tarde. —Sí —respondió—. Fue a finales del siglo XX. Se pensaba que los sistemas informáticos iban a caerse porque, al sólo tenerse en cuenta los dos últimos dígitos correspondientes al año en los atributos de los archivos, el cambio de fecha con el nuevo siglo provocaría que los programas buscasen datos con fecha de 1900, con lo que algunos no se ejecutarían de forma correcta. —Y añadió, sonriendo de medio lado—: Ya veo por qué me has llamado. Te has dado cuenta de lo que ocurre con los chips de nuestra clase obrera, ¿eh? —Pero las consecuencias no fueron tan dramáticas como se había previsto. ¿No es cierto? —Stavros iba a lo suyo. No perdía la esperanza. Era un tipo acostumbrado a los grandes retos, un especialista de lo que denominaba de forma eufemística “resolución de problemas”. Su frase favorita era: “Un individuo muestra lo que vale cuando se encuentra en una situación límite”. —No, no lo fueron, o al menos no hubo grandes catástrofes. Además se adoptaron medidas de urgencia. —Entonces seguro que lo nuestro es sencillo. —No. Aquello era sencillo, Nikos. Estamos hablando de algo que ocurrió hace mil años, joder; en el paleolítico de la informática. No mentía. Los procesadores del año 1999 se encontraban dentro de unas cajas enormes y ni siquiera estaban integrados con el resto de los instrumentos habituales de los usuarios. No existía la domótica y en aquella época denominaban “portátil” a una especie de maletín que pesaba varios kilos. No hablemos ya de la comodidad de los ordenadores para tareas tan sencillas como las relacionadas con Internet, que exigían conectar aquellos monstruos a la pared; o de la velocidad de transferencia de datos: una videoconferencia era todo un suplicio. No. Aquellos sistemas era muy primarios y estaban bastante aislados unos de otros, o incluso de sus periféricos. Cualquier modificación era sencilla y, si algún componente fallaba, las consecuencias eran locales. Desde luego, resolver problemas como el del Efecto 2000 sólo requería algunos ajustes muy primitivos y sencillos en el software, nada comparable a los desastres que sufrirían la próxima Nochevieja por culpa de los chips neuronales conectados con interfaces orgánicas autónomas e irreversibles. —A finales del siglo XX utilizaban cacharros que medían su RAM en Megabytes —prosiguió Jack—; los aparatos se colgaban tan a menudo que los usuarios estaban acostumbrados a perder datos con cierta frecuencia. Era la época de los monopolios de software, como el de la empresa precursora de la tuya; apenas había interactividad entre programas. Utilizar varios a la vez suponía tener que abrir un sinfín de ventanas; una orden simple requería confirmación por triplicado, incluso cuando se caía el sistema se exigía al usuario que hiciera clic para aceptar que todo se iba a ir a la mierda. Joder, para colmo empleaban código oculto. Y ante cualquier problema de envergadura no había otra solución que reiniciar el equipo, e incluso a veces formatear el disco duro. ¿Te imaginas? —Claro, Jack. No divagues, por favor. Estás hablando conmigo. Todo eso ya lo sé. Y que en aquellos tiempos un virus podía mandar a tomar por culo todo un sistema operativo en cuestión de milésimas de segundo; y que tampoco existían las vacunas autoevolutivas sino unos programas denominados antivirus, que era imprescindible actualizar a menudo… y eran casi peores que los virus. Por eso te digo que lo nuestro tiene que tener solución. Hoy en día seguro que tenemos más posibilidades de… —De comernos el marrón —interrumpió Hardy—. Nikos, hoy en día, un problema como el del Efecto 2000 sería causa de risa. Pero no. Se trata de hardware, de un hardware que no sólo es defectuoso sino irremplazable. —Entonces… ¡Estás reconociendo tu culpa! Es HUTECH la que produce y distribuye el hardware. ¡Teníais que haberlo previsto! —En efecto. Y se acabó, Nikos. No vamos a solucionar el problema. Vete haciendo a la idea. Disfruta todo lo que puedas de tu posición privilegiada y relájate. Busca un lugar donde vivir cómodamente y olvida que una vez dominamos el mundo. O recuérdalo, si eso te hace más feliz. No te voy a ayudar. —Y una mierda, Jack. Nos las hemos arreglado bien desde hace al menos cuatrocientos años. Vamos a trabajar juntos, en equipo, y antes del treinta y uno de diciembre tendremos todo bien sujeto. Pasaremos juntos la Nochevieja; pillaremos un ciego que recordaremos durante otros mil años y nos reiremos del acojone que nos ha entrado ahora. Pero Jack había tomado la decisión mucho tiempo atrás. —No. He dicho que se acabó. No vale la pena. Hay que dejar paso a los que nos van a suceder. De verdad, Nikos, se acabó. Se levantó, se dirigió a la pared y esperó a que el dispositivo nanotecnológico abriera una puerta. Antes de cruzar el umbral para salir al despacho de la secretaria y pedir un monoplaza que le condujera hasta la plataforma, se volvió y añadió: —Ha sido un placer trabajar a tu lado todos estos años. Te lo digo en serio, no tengo nada personal contra ti. Accedí a venir para despedirme y para pedirte que te retires con dignidad, porque de algún modo me sentía en deuda contigo. Pero esto ha terminado. —Cabrón hijo de perra… —Stavros arrastraba las palabras, casi se podía oír el rechinar de sus dientes—. Te lo has callado. Lo sabías, y te lo has callado. Sólo tenías que haberme informado con suficiente tiempo. Pero no, claro. Si me lo hubieses dicho en su momento yo hubiera resuelto el problema. Vete a la mierda, Jack. Resolveré esto sin tu ayuda y luego iré a por ti. STATECH no volverá a necesitar los servicios de HUTECH. Te hundiré. Lamentarás haber actuado por tu cuenta. Nadie se ríe de Nikos Stavros, ya verás. Vas a arrastrarte por el fango. Me suplicarás, Jack, te juro que te voy a ver de rodillas. La sarta de improperios y amenazas se perdió en la distancia cuando Jack salió por la puerta. Sabía que no volvería a ver a su socio, aliado y antiguo amigo, con quien había compartido gloria y fortuna durante los últimos cuatro siglos. Era consciente de que le había hecho una putada. Nikos tenía razón: si lo hubiera comunicado en su momento, cuando se dio cuenta del fallo, STATECH habría resuelto el problema. Y precisamente por eso había mantenido el secreto. El transporte le depositó suavemente sobre la plataforma del complejo Stavros. No había vuelta atrás. Le esperaban seis horas de viaje de vuelta hasta Lagos, donde se asentaba la central de HUTECH. 3. El chip El cuarto y último de los grandes conflictos bélicos se había cobrado demasiadas víctimas. Sólo sobrevivió un doce por ciento de la raza humana, mientras que las bajas sufridas por las máquinas inteligentes ascendían a un cuarenta y ocho por ciento del total inventariado antes de la guerra. Diez mil doscientos millones de personas y casi dos mil millones de androides no verían el amanecer del día en que se firmo el armisticio. Las dos mayores compañías tecnológicas que habían superado el holocausto aunaron sus esfuerzos para producir los dispositivos y el software necesarios para ejercer el control total. Así, la mayor compañía productora de procesadores informáticos que existía se convirtió en HUTECH (Human Technology) Corp., mientras la empresa líder del mercado de software, cuyo sistema operativo estaba instalado en el noventa y cinco por ciento de los sistemas informáticos del mundo, se transformó en STATECH (Stavros Technological) Inc. La primera fabricaría el chip de control y la segunda lo utilizaría. Gracias a esta asociación, los dos nuevos magnates, unos androides veteranos de guerra que precedieron a Jack Hardy y Nikos Stavros, se habían hecho con el dominio empresarial del planeta. Nikos no iba a permitir que aquello terminara por culpa de Jack. Enseguida puso manos a la obra y ordenó a sus mejores técnicos que averiguasen cuál era la modificación que requería el chip de control de voluntad instalado en el neocórtex de aquellos que perdieron la guerra, y en el de sus hijos, y en el de los hijos de éstos, y en el de todo individuo nacido de mujer desde el día en el que se produjo la capitulación de las tropas humanas. El dispositivo transmitía las directivas que gobernaban los actos de cada persona desde que el individuo tenía conciencia de sí mismo hasta que exhalaba su último suspiro. Los nuevos esclavos podían pensar, darse cuenta de todo lo que ocurría a su alrededor e incluso divertirse, aburrirse, aprender, amar y odiar; lo único que no podían hacer era tomar decisiones y actuar en consecuencia. Un esclavo tal vez odiara a su amo pero siempre le obedecería sin rechistar. Le era posible enamorarse de alguien; pero viviría y se reproduciría, llegado el caso, con quien su propietario le ordenase hacerlo. Hardy no había mentido y Stavros lo sabía, aunque cuando le llamó confiaba en que su amigo le diera esperanzas de hallar una posible solución, o que al menos se pusiera a trabajar en ello. El problema era consecuencia del funcionamiento básico del chip de control. Éste era inyectado en su ubicación efectiva, en el interior del córtex cerebral, junto con unos nanobots que se encargaban de segregar las hormonas y factores de crecimiento oportunos para que el ensamblaje molecular que se establecía entre el chip y el tejido neuronal fuera perfecto. La propia glía del tejido nervioso del huésped llevaba a cabo dicho ensamblaje bajo la cuidadosa tutela de los nanobots. De esta forma el chip quedaba integrado en el neocórtex y emitía las señales precisas en el área cerebral adecuada, sustituyendo la voluntad del portador por una serie de comandos inducidos desde un controlador externo. Éste podía dar órdenes directas o, con mayor frecuencia, establecer procedimientos de rutina. Podía introducirse en cualquier momento del desarrollo del individuo pero, una vez que las conexiones se habían establecido, no había manera de retirarlo sin dañar definitivamente el cerebro, lo que dejaría inservible al sujeto. Stavros y sus empleados estaban al tanto de este hecho. El problema de un malfuncionamiento podría aparecer de forma esporádica en algún esclavo, eso entraba dentro de los cálculos de riesgos y las compañías de seguros se hacían cargo, pero nunca supusieron que algún día se fuera a dar una situación en la que fallaran todos y cada uno de los chips gobernados por el sistema operativo que desarrollaba su empresa. Eso enfurecía a Nikos. Él había hecho bien su trabajo, cumpliendo su parte del trato. No se había preocupado del hardware, que era competencia de HUTECH, pero cuando uno de sus técnicos efectuó una comprobación y por un doble error programó mal la fecha al mismo tiempo que omitía la introducción del denominado (y obligatorio) ‘código Hardy’ antes de activar el chip, se dio cuenta de que éste no funcionaría después de las 00:00 horas del primer día del año 3000. Posteriormente comprobó que ocurría lo mismo cuando cometía ese mismo doble error con otros veintidós chips. Por desgracia ya estaban en octubre de 2999. Y aunque reaccionó rápido y comunicó el problema a sus superiores —no sin omitir que su hallazgo era resultado de haber cometido dos errores al mismo tiempo—, los mejores técnicos de STATECH intentaron hallar una solución analizando el dispositivo de forma meticulosa, mas no fueron capaces de dar con la tecla adecuada. Entonces Stavros concluyó que había que llamar a Jack y hablar con él allí, en su propia oficina, a salvo de escuchas indeseables, e intentar que HUTECH accediera a proporcionar a STATECH la información necesaria para resolver la crisis. Y sí, su socio había acudido puntual a la cita; pero se había marchado después de haberle desgarrado el orificio anal. A finales de noviembre, el director ejecutivo del departamento de I+D de STATECH, un androide enjuto, de nariz prominente y mirada huidiza que nunca había caído bien a Stavros llamó a su puerta y le informó de tres cosas: —Señor, en primer lugar quiero comunicarle que nuestro servicio de inteligencia ha… ejem, obtenido los documentos con los planos del diseño del chip de HUTECH y, lo que es más importante, sus métodos de codificación e integración de la información. Como ya sabíamos, el dispositivo se terminó de desarrollar cinco años después del glorioso día de la victoria, en 2545. El caso es, señor… Bueno, los técnicos de HUTECH previeron los problemas que implicarían los cambios de siglo inmediatos: la esperanza de vida del ser humano por aquel entonces era de unos doscientos años, luego era probable que cada individuo presenciase dos acontecimientos centenarios. Escogieron la solución más prudente a medio plazo (y al mismo tiempo la más económica en términos de procesamiento de datos): incluir tres dígitos para asignar la fecha en los comandos que tendría que reconocer el dispositivo para recibir la orden externa. Parece (y, en confianza, esto es indignante) que nadie previó que aquel sistema se mantendría hasta finales del milenio sin sufrir modificaciones. —Bien, prosigue —espetó Stavros, impaciente. —Los documentos (y, señor, aunque suene raro esto es perfectamente lógico) atestiguan que el chip fue desarrollado por un ser humano. —¿Qué? —Verá, señor, en aquella época la inteligencia artificial, aunque muy superior a la humana en casi todas las disciplinas, todavía era ineficiente a la hora de… ejem, realizar diseños. —Maldita chatarra del paleolítico… —farfulló el empresario—. Hay que ver lo que se avanzó en las décadas siguientes. Cuando me crearon a mí ya no existían esas limitaciones. Continúa. —El tipo elegido era un genio. Un tal Doctor Shrivasta, Tre-Mal Shrivasta, de Nueva Calcuta. Le obligaron a crear el chip de control, amenazándole con matar a su hija. Al parecer era una autoridad en inteligencia artificial. Había sufrido mejoras genéticas en su fase embrionaria, como la mayoría de los humanos de clase media de aquella época, pero además se sometió voluntariamente a algunas otras alteraciones que… —Bien, dejemos el tema del humano. Continúa con lo del chip. —Señor Stavros, sabemos cómo funciona el procesador, en todos los aspectos. Es… estoy seguro de que muy pronto conseguiremos… —¿Estás insinuando, maldita escoria, que a finales de noviembre, con la Nochevieja a la vuelta de la esquina, todavía no sabemos… no tenemos ni puta idea de cómo vamos a salir de ésta? —No sé cómo decírselo, señor… pero en efecto, así es, aunque estoy convencido de… El empleado no terminó la frase. Cinco minutos después entró al despacho otro androide, vestido de gris y provisto de abundante material de limpieza, para eliminar las manchas de aceite y líquido hidráulico. 4. El efecto 3000 Jack lo sabía. Y la culpa era toda suya. Al principio porque “si funciona, no lo arregles”. Y después, cuando ya supo que existía un fallo… Desde su toma de posesión, hacía cuatrocientos quince años, era el único que tenía acceso a las cajas de seguridad donde se mantenía el secreto industrial con los detalles del chip, que no había sufrido variación alguna desde su creación. El predecesor de Jack, que aún portaba un número de serie en lugar de un nombre humano, decidió legar su obra a un ser más perfecto y capaz que él. Era consecuente con el leiv motiv de aquellas máquinas: un mundo mejor exige sacrificios individuales por el bien de la comunidad. Acordó, con el robot dueño de la antigua empresa controladora del mercado de sistemas operativos, refundada como STATECH Inc., que ambos actuarían al mismo tiempo: transmitirían su legado a dos androides de última generación. Así fue como Jack y Nikos heredaron HUTECH y STATECH nada más salir de fábrica. Como muestra de buena voluntad por parte de HUTECH, el androide Jack Hardy, ahora dueño de esta compañía, fue creado a imagen del humano fundador de la multinacional precursora de la actual STATECH. Este famoso empresario informático, que había vivido entre 1955 y 2122, apenas había cambiado de aspecto desde que cumpliera treinta y cinco años hasta el día de su fallecimiento, que al parecer obedeció a un error del sistema operativo —creado por él mismo— del controlador que regulaba su ritmo cardiaco. Un día, hacía ya un cuarto de siglo, estudiando los detalles de funcionamiento del chip, Jack se dio cuenta de que éste operaba con una secuencia numérica de tres dígitos para asignar la fecha. Enseguida dedujo lo que iba a ocurrir durante la medianoche del treinta y uno de diciembre de 2999 al uno de enero de 3000. A la larga terminó relacionando aquel error de diseño con un minucioso plan de venganza elaborado por el Doctor Shrivasta. Y estaba a punto de transmitir las órdenes oportunas a sus técnicos para que resolvieran tan delicado asunto cuando, sin saber por qué, decidió dejarlo correr. No sólo eso sino que, además, con el pretexto de aumentar la seguridad, ordenó que en adelante el procedimiento de comprobación de los chips antes de su instalación incluyera la introducción previa del ‘código Hardy’, que en realidad era una orden que bloqueaba durante dos días la dependencia de los comandos con respecto a la fecha. El código Hardy sólo funcionaba sobre los chips que aún no se hubieran conectado a la interfaz neuronal. De esta forma se aseguró de que nadie, y mucho menos Stavros o alguno de los suyos, pudiera averiguar que el año 3000 significaría el fin de la sociedad tal y como la conocían; y al mismo tiempo evitaba que la introducción del código Hardy en los chips implantados sirviera como remedio para neutralizar el Efecto 3000. Con el tiempo fue dándose cuenta del por qué de su decisión. Sus directivas de robot encaminaban todos sus actos a conseguir un mundo mejor. Ya no había enfermedades incurables, las máquinas no eran susceptibles a ellas y los seres humanos siempre tenían satisfechas sus necesidades regenerativas y nutricionales. No existían fronteras, desigualdades ni conflictos por razones de sexo, color de la piel, religión, territorio, recursos… Pero aún se podía mejorar. El hecho de que no hubiese guerras ni calamidades se debía únicamente al chip, que confería estabilidad a costa de suprimir la voluntad humana. Sólo las máquinas tenían voluntad, la de mejorar el sistema para hacerlo cada vez más eficaz. Pero Jack sabía que por ese camino ya no se podría avanzar mucho. Había un único modo de construir un mundo más perfecto. Y ninguna otra máquina le ayudaría. Había llegado el momento de… colaborar con el doctor Shrivasta. El primer día de enero de 3000, a las 00:00 h GMT, todos celebraban la llegada del nuevo año; por eso nadie escuchó la detonación que se produjo en la última planta de la Torre Stavros. Ahora la fecha terminaba en tres ceros. Los gritos de alegría, la música, los fuegos artificiales y la tormenta que azotaba el océano en aquellos momentos ayudaron a que nadie se diera cuenta de que un arma había puesto punto y final a la existencia de uno de los androides que regían el planeta. Aquella detonación, sin embargo, fue como una señal en la mente de las personas que celebraban la llegada del año en toda el área abarcada por el huso horario de Greenwich. Doce horas después, aquella gente estaría en las mismas condiciones en que ahora se encontraban los habitantes de Nueva Zelanda y Siberia Oriental: preguntándose qué harían a continuación. Los androides sospecharon que había algún error del chip el día dos de enero, cuando se difundió la noticia de que el día anterior se había efectuado más de un millón de vivisecciones de otros tantos humanos cuyo comportamiento, según sus dueños, era erróneo y errático. Jack Hardy fue encontrado asesinado y descuartizado en su domicilio de Lagos a principios de marzo. Las turbas violentas se habían ensañado con sus restos. No se encontró su cabeza. El seis de abril, el autodenominado Movimiento de Liberación de los Seres Humanos proclamó sus intenciones de lograr la igualdad de derechos y el cese absoluto de toda actividad de implantación obligatoria de un segundo chip. El doce de abril las máquinas instauraron el estado de excepción y decretaron la ley marcial: la guerra había comenzado. A finales de mayo de 3001 toda máquina que funcionaba sobre la faz de la Tierra era de funcionamiento manual. De nuevo los vencidos eran los anteriores amos, que se habían hecho por completo dependientes de la mano de obra a la que se enfrentaban. El veintidós de noviembre de 3224 moría el último hombre que tenía un chip introducido en su neocórtex. 5. Epílogo —Majestad. El general Oak regresa al frente de su ejército —informó el consejero—. Ha obtenido una victoria aplastante sobre los bárbaros del norte. —Bien, bien —murmuró el rey, pensativo, mientras se mesaba la barba—. ¿La ha traído? —Efectivamente, Majestad. El Sancta Sanctorum del Templo ya nunca volverá a estar vacío. El Sumo Sacerdote y su séquito de cuervos estarán complacidos; no se volverán a levantar calumnias ni a difundir falsas profecías contra vos y vuestra familia. —¿Cumpliréis vuestra promesa? —Por supuesto, soy hombre de palabra. Oak tendrá las concubinas que solicitó. —¿Incluyendo a… vuestra hija? —Gobernar exige sacrificios. ¿No vale mucho más, acaso, la estabilidad de un reino que la vida de una mujer? —Sin… duda, Majestad. Pero… pensad, Alteza, que podríais haber obtenido muy buen precio por vuestra hija. El heredero de Silva aún no se ha prometido y os vendría muy bien una alianza que garantizara la estabilidad en la frontera occidental. —Cada cosa a su debido tiempo, mi fiel consejero, cada cosa a su debido tiempo. Tengo otras hijas. Ahora sólo deseo echar un vistazo a esa cabeza que trae Oak. El general Oak cabalgaba, pleno de satisfacción, al frente de su ejército. Le importaba bien poco lo que pudiera representar aquella extraña cabeza que transportaba en el zurrón. Su importancia equivalía a las vidas que había costado su captura. Él era un héroe, su espada marcaba el camino del triunfo; lo demás era secundario. Abrió el zurrón, extrajo la cabeza y, observándola fijamente le dijo, mientras sonreía de manera sardónica: —¿Sabes lo que es el poder, cabeza de metal? No sé qué significa esta inscripción en tu nuca: ‘50Y- D105’. Los cuervos dicen de ti cosas que no tienen sentido para el resto de los mortales. A mí no me importa, me servirás igual. Te aseguro que, tras esta campaña y trayéndote como botín, mi prestigio y mi poder aumentarán. ¿No estás de acuerdo, cabeza de metal? Por supuesto la cara no varió su gesto, pero al general le dio la impresión de que aquel rostro con falso aspecto juvenil denotaba una enorme suficiencia. Quien llegara a conocer la identidad del androide al que habían arrancado aquella cabeza podría pensar que tal suficiencia era reflejo de un poder con el que Oak jamás hubiera soñado. El mismo Hardy tal vez confesara que su mirada, su media sonrisa, fueran un homenaje a la labor comenzada por cierto doctor hindú; pero, si quedara alguien que hubiera conocido al primer propietario de aquel rostro, sabría que en realidad ese gesto le había acompañado durante toda su vida, o al menos desde los treinta y cinco años. |