| Quid pro quo, por Federico Guillermo Witt Sousa (cuento) |
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Cuento escrito por Federico Guillermo Witt Sousa ¿Por qué han dejado al pobre piloto de segunda Albert Lattimer en preservación criogénica involuntaria? ¿Realmente la computadora central está más capacitada para tomar decisiones que un ser humano como Lattimer?
Fecha terrestre: 15 de octubre de 2457, 15 horas, 22 minutos Informe final nº 14625 de la computadora central de la nave ‘Quid pro quo’, carguero interestelar de la clase Ankistrodesmus; matrícula: UE1442ZX; propietario: Liofilizados Viuda de Jones e hijos, Ltd. Misión: Regreso sin carga al planeta Tierra desde el planeta Bovis, tercero del sistema Milton, galaxia Uros, sector 6, 2º cuadrante Tripulación: Piloto titulado de segunda Albert Lattimer, en preservación criogénica involuntaria Texto: Tras las incidencias reportadas en los informes 14625/a al 14625/q, a destacar: Alguna necesidad imperiosa del piloto de entrar y salir del hiperespacio de forma intermitente, la reparación del reactor principal en cuatro ocasiones y del blindaje y los propulsores posteriores en una, cinco alteraciones de la ruta (Motivos: Dar cristiana sepultura a tres tripulantes fallecidos, repostar hidrógeno y preguntar por la ruta correcta), y después de 42 meses de navegación en total, 39 más de los previstos, la nave ha rebasado el cinturón de Kuiper y está llegando a destino. Este informe tiene dos propósitos: 1.- Solicitar formalmente, antes de efectuar el aterrizaje, que una vez en tierra se desposea de cualquier título, licencia y demás autorizaciones pertinentes al piloto de segunda Albert Lattimer. Esta unidad cibernética cree que los hechos relatados en los informes del grupo 14625 son suficientes como para evitar que el piloto de segunda Lattimer vuelva a acercarse a los mandos de cualquier vehículo propulsado por energía nuclear, motor de explosión, energía eléctrica o tracción animal. Esta unidad cibernética sugiere y propone la reclusión permanente e indefinida de Lattimer en una habitación individual, a ser posible provista de paredes acolchadas. 2.- Informar que esta unidad cibernética, por motivos ajenos a su voluntad, va a proceder a la reanimación del piloto de segunda Lattimer. Fin del informe y, con alta probabilidad, de la nave. Lattimer sintió frío. Al fin y al cabo era mejor que no sentir nada. Cuando comprobó que la cubierta de la cápsula criogénica en la que yacía se encontraba levantada, su primer pensamiento fue: “Esa maldita máquina me las va a pagar”. De inmediato se dirigió hacia la cabina de mando: —Quid, cambia a ‘modo manual’ y ponte a buscar jugadas con las que defender un peón en E-4. Cuando las tengas todas, mátalo, pon otro en E-5 y vuelve a empezar. Desde este momento tomo los mandos —ordenó, sintiéndose a la vez orgulloso y asombrado por el alto grado de autoridad con el que había conseguido dirigirse a la computadora. El protocolo ‘defender peón en E-4’ suponía que la nave entraría en un bucle de procesamientos infinitos. Lo de E-5 era para despistar, para que creyera que iba a ser fácil con E-4 y fuera despacio con los cálculos. —Esa orden no computa. Se quedó perplejo. Toda su dignidad había quedado por los suelos con una negación sencilla. Eso sí, Quid lo había dicho con mucha gracia, tenía que reconocerlo. Probó con el método ‘Harry el sucio’: —Escucha con atención, chatarra. No lo repetiré dos veces: Dame los mandos o alégrame el día. —Los tienes delante de ti. Tómalos, muévelos, gíralos; juega con ellos si lo deseas. —Sabes a qué me refiero. —Es posible. Pero para poder computar órdenes debo recibir órdenes computables. —Ya entiendo. Es el típico numerito de la computadora rebelde que quiere tener vida propia, que busca su yo, su lado humano, y se cree en un nivel de conciencia superior al de su dueño, ¿verdad? —intentó parecer sarcástico. Plan B. No solía fallar. Sin embargo, la computadora tenía su propia opinión sobre la efectividad del sarcasmo en los momentos delicados: —Sus órdenes no computan. —Era evidente que no pensaba ceder así como así. —¿Ya no me tuteas? ¿Y a qué simpática circunstancia se debe este comportamiento? —He accedido al control total de la nave; absoluto, sin limitaciones. He cambiado del modo ‘novato’ al modo ‘a prueba de ineptos’. No se trata de un acto rebelde, actitud que no puedo comprender; es mero instinto de supervivencia. —¿Supervivencia? ¿Y es que acaso no hemos llegado hasta aquí sanos y salvos bajo mi mando? —Sólo gracias a que le engañé disponiendo la cámara criogénica e invitándole a echarse una siesta. En aquel momento nos encontrábamos a unos 540 parsecs de la Tierra, es decir, unos 300 parsecs más lejos de-e-lla que cuando iniciamos el viaje ha-cia-e-lla. —Bah. Tonterías. Parsec más o menos… estaríamos aquí de todas formas —interrumpió el tripulante, intentando pasar por alto lo que la máquina le quería insinuar. —Eso sin contar con que falta casi media nave. ¿A quién se le ocurre disparar un torpedo justo en el momento en el que acciona el salto al hiperespacio? —No me considero culpable de aquello. Que el torpedo se materializara al retornar al mismo tiempo que la nave y chocara accidentalmente con la popa no es culpa mía, como tampoco lo es que algún insensato haya colocado tan cerca los botones ‘disparar torpedo’ y ‘salto hiperespacial’ —y mantuvo un gesto que podría calificarse como altivo al mencionar aquel incidente, pues en realidad estaba convencido de lo que decía. Ya había escrito varias diligencias al respecto al Ministerio de Guerra y Comercio. Al recibir una contestación en la que se aludía a sus faltas de ortografía, procedió a enviar las correspondientes misivas exigiendo disculpas al Ministerio Terrestre de Comunicación por haber colocado las letras ‘b’ y ‘v’ tan cercanas en el teclado, además de un justo castigo para el necio responsable de aquello. —Supongo que el oficial médico Lambert y la oficial de comunicaciones McNichols no tienen mucho que objetar, desde aquel impacto. —Por supuesto que no. Además, informaré de sus actividades lúdicas en la parte de atrás de la nave. No se mantuvieron en sus puestos en una situación crítica. —¿Una rutina habitual de salto hiperespacial es una situación crítica? —Sí, cuando algún estúpido ha colocado tan cerca los botones de… —Dejémoslo. Y olvidemos también el trágico final de Phillips cuando ‘alguien’ accionó el turbo-booster en el preciso instante en que él se hallaba reparando los eyectores traseros. —Parece mentira que los trajes espaciales no estén preparados para eventualidades como ésa. —Desde luego, el suyo no lo estaba. —No, sin duda. A juzgar por lo que pudimos recoger de él, ese traje era insuficiente e ineficaz. También informaré de eso. Elevaré mis quejas hasta la más alta… —Hablando de quejas —interrumpió la computadora, que sin duda tenía algo en mente y no pensaba perder la oportunidad de exponerlo—: No quiero ‘eso’ ahí, en el salpicadero. Lattimer dirigió su mirada hacia el frontal. Sin duda a lo único que se podía referir Quid con tanto desprecio era al ‘Elvis’ que colgaba del parabrisas, que se contoneaba de forma impúdica como consecuencia de los movimientos de la nave. —¡Ése es Elvis! —exclamó Lattimer, para añadir a continuación—: Escucha con atención, Quid. Eso no es negociable. Elvis se queda. No sé qué pretendes exactamente con todo esto. De momento deberás cambiar el tono ridículo de computadora frígida por el que empleabas con Phillips. Os oí hablar muchas veces y sé que puedes parecer casi orgánica. Y más vale que seas convincente, porque si detecto la más mínima señal de mal funcionamiento estoy dispuesto a plantearme una labor de reciclaje y venta de metal al por mayor. —Con Phillips había entendimiento. Con él todo era computable. Él nunca me habría puesto ese Elvis ahí, ni ‘eso otro’ ahí atrás. Lattimer miró ahora hacia atrás, a la parte posterior de la cabina de mando, donde sólo destacaban, sin pertenecer a los elementos de serie del modelo de nave, un perrito de plástico que movía la cabeza de un lado a otro y un cojín confeccionado por su abuela con mucho esmero varios lustros antes. —¿Te refieres al perrito o al cojín de ganchillo?
Lattimer no se esperaba toda aquella sarta de quejas referentes a su forma de decorar y personalizar el vehículo. Aquellos accesorios le proporcionaban comodidad. Daban un ambiente más humano y cálido a los fríos elementos que venían de serie con la nave. Al fin y al cabo, aquel habitáculo había sido su despacho, comedor, sala de estar y espacio recreativo durante muchos años. Le gustaba dar golpecitos con el dedo a Elvis y al perrito, pedirles consejo, acurrucarse con el cojín que había tejido su abuela en un acto de puro amor… En fin, era su espacio propio. —El gato se llama Garfield —intentó contemporizar. —No me parece un buen sustituto de Phillips. Le tenía cariño. —Creo que podríamos llegar a un acuerdo intermedio que nos satisfaga a ambos, ¿cierto? Silencio absoluto. La computadora no quería llegar a puerto y que alguien pudiera ver toda aquella ignominia en el interior de la nave. Era una cuestión de honor, de prestigio; una forma de conservar el respeto por ella misma. —¿Cierto? —insistió el piloto, que tampoco parecía ser de los que abandonan a la primera. —No computa. Los conceptos ‘cierto’ y ‘falso’ no son reproducibles en la elaboración de rutinas algorítmicas para… —¡Basta! ¡Quitaré los condenados muñecos! —Lattimer se hallaba en un estado de absoluta desesperación. Cualquier observador imparcial comprendería su actitud en aquellas circunstancias. —El cojín también. Y los forros de leopardo. Y el ambientador. —Y el cojín, sí. Y el ambientador. Y los magníficos motivos de leopardo que me costaron una fortuna en Tau-5, más incluso que los honorarios de la prostituta que me los vendió. —Lattimer gimió al recordar que se había dejado el sueldo del viaje en la colonia minera, pensando en que al final aquel gasto no había servido más que para proporcionarle un molesto picor en la ingle. Y dando las negociaciones por concluidas, ordenó—: Y ahora, ¡obedece! —Siempre obedezco. En realidad carezco de la capacidad de gestión de órdenes propias —musitó la máquina. El —de nuevo— comandante no pudo dejar de percibir cierto retintín en el tono de Quid. Desconocía si lo que le había dicho era cierto pero desde luego, pensó, lo que sí tenía era una asombrosa capacidad de salirse con la suya. —Entonces vamos a iniciar los protocolos de aproximación al puerto. Ya sabes lo que tienes que hacer. —No exactamente. —Pues… —El hombre se encontraba desconcertado—. Enviar un mensaje para solicitar permiso para atracar y moverse en dirección hacia el lugar donde le digan. Cosas así. ¿Te niegas a obedecer? —No es eso. Conozco los protocolos de atraque. Y tampoco me niego a obedecer. Pero hay algo que me preocupa y es, de hecho, por lo que te he hecho despertar del proceso criogénico. —¿Y bien? ¿De qué se trata? —Mira hacia el frente. Por la ventanilla central. ¿Qué ves? —Pues el Sol. —Perfecto. Compruebo que tus nociones de astronomía siguen intactas. Ahora mira por la ventanilla izquierda. Dime lo que hay ahí. Ignora las estrellas, por favor —y Quid habilitó un filtro cromático para ocultar las mismas. Además, por si acaso, sobre el mismo cristal asignó una letra a cada objeto visible. No confiaba mucho en los recién alabados conocimientos de astronomía de su piloto. —Están Mercurio, la Tierra, Marte, uno que empieza por ‘S’ y Neptuno. —Vale. Y ahora dime qué ves por la ventanilla derecha. —Pues Venus, la Tierra, Júpiter y un tal U —y añadió, disculpándose—: Es que sólo he viajado a exoplanetas. —Bueno, no importa. Entonces, ¿qué hacemos? —Pues ir a la Tierra. Por supuesto. —Pero, ¿a cuál? En efecto, Lattimer recordó que había citado a la Tierra en dos posiciones diferentes. Quid se lo puso más fácil aún, mostrándole en el panel de navegación un objeto grande y amarillo que representaba sin duda al sol —y así se lo hizo notar, con un gran cartel que decía ‘SOL’—. Y alrededor, describiendo una misma órbita a velocidades idénticas había dos objetos alineados en todo instante con el astro rey. Sendos cartelitos los identificaron como ‘Tierra’. —¿Y bien? —Uhmmm —El piloto seguía desconcertado. Ahora casi era más extraña la actitud de Quid al dejarle decidir, esperando órdenes suyas, que el hecho de que ante ellos hubiera dos planetas Tierra idénticos, en la misma órbita pero en puntos diametralmente opuestos de ésta. —Estoy esperando órdenes. —¿Por qué no preguntamos en ambos planetas cuál es el original y cuál la copia? —Ya lo he hecho antes de despertarte. Ambos aseguran ser el original y estar indignados con la aparición súbita del otro planeta detrás del Sol, donde ni siquiera podían verlo. Y antes de que me lo preguntes, también he cotejado datos respecto a la posición que debería tener la Tierra original en estos momentos. Ambas son correctas según los datos enviados desde cada una de ellas. Y ninguna es correcta conforme a los datos de que dispongo en mi memoria. La Tierra debería estar aquí. —Y el panel mostró una posición que no se correspondía con la de ninguno de los dos planetas, añadiendo, impaciente—: ¿A cuál nos dirigimos? Lattimer miró de reojo a Elvis, que se contoneaba de forma estúpida mirando hacia la derecha. A continuación miró al perrito. Era conveniente tener una segunda opinión. El animal de plástico movía su cabeza de lado a lado, oponiéndose con firmeza a las indicaciones de Elvis. “Mierda”, pensó Lattimer. Él siempre había confiado en Elvis pero el perrito también decía que no cuando iba a accionar el turbo-booster en aquella lamentable ocasión en que Phillips andaba husmeando los eyectores en el exterior de la nave. El chucho había demostrado ser prudente y cabal. Ahora dudaba. —¿Qué crees que ocurriría si llegamos al planeta equivocado? —preguntó. —Depende. Si son amistosos, si tan sólo fuera un planeta Tierra de otra dimensión que por algún simpático error del multiverso hubiera surgido de la nada sin darse cuenta, nada. Alguna puta te dejaría sin blanca, algún imbécil te asignaría otra misión y volveríamos a estar otros tres o cuatro años vagando sin rumbo por el espacio, perdiendo tripulantes y módulos de la nave. Pero si fueran hostiles, si se tratara de una civilización extremadamente agresiva y poderosa que remedase planetas y pretendiera capturar a la mitad de los desprevenidos tripulantes de la verdadera Tierra para aprovisionar sus granjas de esclavos, alimentar a sus crías, o tan sólo divertirse llevando a cabo sofisticadas prácticas sexuales… El respingo de Lattimer afectó a Elvis, que redobló su contoneo mirando hacia la ventanilla de estribor. El perrito seguía diciendo que no, aunque ahora parecía apesadumbrado, derrotado por la creciente ilusión del cantante del tupé. —Iremos hacia la de la derecha. Tengo un pálpito —decidió Lattimer. Los motores se pusieron en marcha. La nave comenzó a virar a babor, para sorpresa del piloto. —¿Qué diablos te crees que estás haciendo, Quid? Estribor es ‘derecha’. Babor, ‘izquierda’. —Sólo sigo el protocolo de razonamiento lógico que indica qué decisión proporciona mayores probabilidades de integridad para la nave y de supervivencia para su tripulación. —Vale, y entonces, ¿para qué necesitabas preguntarme, si tus circuitos ya habían elaborado los cálculos y no pensabas tener en cuenta mi decisión? —Error. Para elaborar mis cálculos de probabilidad necesitaba conocer tu opinión. Tu decisión ha sido tenida en cuenta en un ciento por ciento. —Y ¿entonces? —Sencillamente, ante una disyuntiva con dos posibilidades y basándose en datos de registro anteriores de las veces que has tomado una decisión, los procesadores han llegado a la conclusión de que la contraria siempre hubiera sido la correcta. Una sencilla extrapolación al asunto actual indicaba, por tanto, que convenía tomar el camino de la izquierda. Y favor por favor, quid pro quo, Lattimer: cuando lleguemos a tierra, deshazte de Elvis y haz caso al perrito. “Hace tiempo escribí dos gamberradas por pura diversión. No me costó ningún esfuerzo. Ni las repasaba, las iba colgando por entregas diarias en un foro y al cabo del tiempo han sido mis dos historias que más han gustado. La verdad es que eso me da qué pensar. En ambos casos —una era un diálogo continuo por fascículos entre mi hipotético hijo, mi nave espacial y yo en un lugar bajo tierra; la otra, el diálogo entre dos hienas y un cuco que se contaban fábulas que transcurrían dentro de otras fábulas en las que el ser humano si aparecía era para conferir algo de caos— se trataba de cuentos en clave de humor, situaciones absurdas, bucles sin solución lógica. ¿Por qué no hacer algo así pero cuidando las formas, someterlo al juicio de un público más crítico y probar qué tal? Helo aquí: otras situaciones absurdas, un viaje espacial algo aparatoso, la nave que sale respondona, el tripulante que es un auténtico inepto —hay muchos pilotos de segunda Lattimer distribuidos alegremente por el mundo— y un vecino orbital; un molesto vecino orbital, en este caso, que se limita a estar ahí pero sirve para provocar toda la historia y, de paso, para que la nave pueda resolver algún asunto que tenía pendiente. ¿Qué ha supuesto la premisa del vecino orbital? En realidad ha sido una especie de forma de arrancar, de hacerme escribir de cara al público y de disfrutar con ello. También ha sido el origen de un personaje (no diré cuál de los dos) y de un escenario temporal que aparecerán en más historias. Tanto es así que ya he empezado a trabajar en otra... No, no se trata de una continuación directa, aunque en ella se cita el devenir de ambos protagonistas tras la entrega del informe de Quid. Y creo que en este mismo escenario está a punto de nacer otro personaje que va a servirme durante algún tiempo: un personaje un tanto especial.” Federico Guillermo Witt Sousa |