| Aquella diabólica luz, por Maria Eugenia Pereyra (cuento) |
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Cuento escrito por Maria Eugenia Pereyra Una luz que baja del cielo no siempre es de una estrella. —¡Mis ojos…! —¡Me quema los ojos! —¡Estoy ciego! Oigo alaridos por todas partes. Ellos gritan al mismo tiempo, desesperados. Las voces rebotan contra las rocas del acantilado, luego se pierden en el mar. No puedo hacer nada… Yo la había visto. Yo la había visto llegar. Bajó del cielo como un rayo, con una tremenda energía lumínica. Pero descendió despacio. No percibí el sonido de trueno alguno, sólo un largo y ululante siseo llegó hasta nosotros como el de un reptil de tamaño monumental. Veníamos por la parte más alta del viaducto de la Costanera bajando hacia la zona de las playas. Julián frenó en seco, debió verla igual que yo. La potente luz de tono azul descendió verticalmente en forma de un agudo cono. Cortó la atmósfera, el aire, las escasas nubes trasparentes y llegó hasta el suelo. Allí se quedó quieta, amenazante, desafiante, iluminando dentro del círculo formado por su base algo del mar y parte de una pequeña playa. Lo demás, a su alrededor, de manera extraña permanecía en la penumbra. Desde la distancia parecía un enorme reflector. El estrecho haz lumínico, translúcido, etéreo, terriblemente brillante provenía de un punto específico de la lejanía oscura y estrellada del Universo, y aún pendía de él. Nos miramos. Lo acordamos sin pronunciar palabra alguna. Julián aceleró, mayor fue la curiosidad que el temor, y a toda velocidad nos dirigimos hacia la pequeña playa. Desviamos por la primera salida del viaducto y continuamos descendiendo hacia la base del cono. Era de una pasmosa precisión, marcaba una única zona de la arena y del mar… con un enorme y perfecto círculo luminoso. A medida que nos acercábamos, su resplandor crecía, hería los ojos. Era casi tan fuerte como el del Sol, pero de un azul casi blanco. No podíamos sostener sobre ella la mirada por mucho rato, el corazón me daba golpes en el pecho, Julián me observaba de vez en cuando. Estacionamos en la circunvalar. En forma inconsciente, sin tener en cuenta la oscuridad de la noche, le pasé sus gafas oscuras y me puse las mías. Corrimos por la arena hacia esa fulgente rareza y tratamos de penetrar en ella… Pero en el mismo instante de ponernos en contacto con el muy delimitado borde de la luz, fuimos rechazados con violencia. Una poderosa energía con una fuerza inimaginable, semejante a la onda de una explosión, nos lanzó varios metros atrás… —¡Demonios! ¿Qué fue eso? ¿Qué nos golpeó? —preguntó Julián, poniéndose de nuevo las gafas e incorporándose, sin dejar de mirar asombrado el raro fenómeno. —No lo sé… Fue esa cosa, creo —respondí, algo aturdida, mientras me levantaba.
—¡Debemos ayudarlos! No podemos marcharnos sin hacerlo —exclamó Julián, corriendo hacia él. Sin dudar penetró en el cono, antes de que pudiera detenerlo. Para mi sorpresa, esta vez no lo rechazó. Creí ver algo similar a una lengua que surgió y lo arrastró hacia adentro. Sólo observé su silueta triplicándose en ese borde resplandeciente, luego… —¡Mis ojos…! —¡No puedo ver! —¡Maldita luz! ¡Atraviesa mis párpados! —¡No puedo salir! Oigo sus alaridos. Todos gritan, un escalofrío recorre mi cuerpo. Soy cobarde, no entraré allí, Julián es más fuerte que yo, no podría hacer nada… Lo observo arrastrarse hasta el borde, pugna por salir, algo no lo deja, él lo golpea con fuerza como si fuera una pared. Otros hacen lo mismo pero no consiguen abrirse paso, se tapan los ojos con sus antebrazos. Yo los llamo, les hago señas, los veo desde afuera con dificultad, pero ellos no me distinguen. Luego un silencio profundo me asusta… De pronto, el haz de luz adquiere un brillo diamantino y comienza a girar igual que una tromba marina. El excesivo resplandor me ciega, casi no puedo ver a pesar de las gafas. Uno a uno aquellos seres comienzan a elevarse, suben por él como succionados por la potente inhalación de un ser colosal. Pero no van solos. Delfines, pulpos, peces y extrañas criaturas fosforescentes de las profundidades oceánicas ascienden con ellos, por ese translúcido corredor hacia las estrellas… Un fuerte trueno me echa a tierra, la diabólica luz desaparece como apareció. No queda nadie... Sólo la oscuridad de la noche me acompaña. Cae un coco cerca de mí, me sobresalta. Los acantilados siguen allí, la playa está intacta, los pequeños arbustos y las palmeras permanecen en pie. El automóvil continúa estacionado. Las olas susurran, barren la arena como siempre o se estrellan contra la roca. Todo es normal, no ha pasado nada. ¿Dónde está Julián? ¿Dónde está Julián? Grito su nombre, no me contesta. Está escondido, seguro trata de asustarme. —¡Julián! ¡Julián…! Me responden el sonido del mar y el silbido del viento. No quiero ver el cielo, no quiero, me digo a mí misma, esto no es real, no puede ser real. Miro con temor el firmamento. Los lejanos astros chispean en la bóveda celeste, pero aquella gran estrella roja… Nunca la había visto antes. Lanza destellos como si fuera un gran rubí, es enorme… Demasiado brillante… Amenazadora. —¡Julián! ¡Julián…! Un terrible pensamiento comienza a inundar mi mente. Lucho contra él, no es cierto, es absurdo, pero me invade y lo repito no sé cuantas veces, mientras recorro la playa una y otra vez, buscándolo: —A Julián lo raptó el tentáculo cósmico de una estrella roja… Lo raptó el tentáculo cósmico de una estrella roja… Detrás de la reja de la pequeña ventana, la sigo viendo. Esa estrella se los llevó, esa maldita estrella roja. Nadie lo cree, no me importa. Dicen que aquí me quedaré si no dejo de gritar lo mismo, si no digo qué le pasó a Julián y a los demás. Pero lo seguiré haciendo, ahora mismo voy a gritar: —¡Un tentáculo cósmico se los llevó! “Una consigna entregada, un plazo de menos de 24 horas, una pantalla en blanco que brillaba más a medida que se acababa el tiempo, una mente que recorría sus tortuosos laberintos buscando y sin hallar una mísera idea. ¡Qué experiencia tan aterradora! Unos fantasmas que decían: ¿Qué opinarán los doctos Forjadores? Un susto que crecía, unas horas que danzaban frenéticamente desapareciendo y, por fin, dos palabras: Una luz. No, eso no valía, eran parte de la consigna. ¡Qué debut tan desastroso! Los dedos se paralizaban, el corazón latía a un ritmo vertiginoso. Es un relato para adultos, para adultos, para adultos… ¡Diablos! ¿Cómo pensarán? Y faltando dos horas para entregar, salió: Eso, simplemente eso. ¡Qué experiencia tan aterradora pero tan enriquecedora!” Maria Eugenia Pereyra |